“Los buenos
compositores roban; los malos, toman prestado” sentenció cierta vez el genio de
Bonn, a quien difícilmente podamos acusar de mediocre. No sabemos, a
ciencia cierta, en qué consiste la creatividad, pero algo dentro nuestro parece
gritarnos a voces que no se trata más que de una forma elegante y compleja del
plagio.
Ocio, humor, literatura, pelusas de ombligo, revisionismo cultural, filosofía de potrero, perejilismo intelectual, chismografía anacrónica, musicología hipoacúsica, helenismo en pantuflas y otras incontinencias verbales...
viernes, 3 de abril de 2020
domingo, 22 de marzo de 2020
INTELIGENCIA Y ESTREÑIMIENTO

He notado que ciertas personas ponen cara de estreñidas para pasar
por sesudas. Imagino que esto se debe a que no saben cómo se ve una persona inteligente. Quizás crean que la inteligencia no existe o, peor: que la inteligencia no
consiste más que en adoptar esa postura antes de repetir lugares comunes.
jueves, 13 de febrero de 2020
MARGINALIA
....Por más que nos resulte incómodo, quizás sea hora de reconocer que la cultura no deja de ser más que un vano y laborioso subproducto del tedio.
jueves, 21 de noviembre de 2019
APOCRICIDIOS: ARTURO CANCELA
DE CÓMO EL CAMPEÓN MUNDIAL DE AJEDREZ SE REENCUENTRA CON LAS CALLES DE BUENOS AIRES, DONDE ES JAQUEADO POR UN ALFIL Y SU PROPIO CABALLO, ADEMÁS DE SUFRIR LA CÓLERA DE UN POCO HOSPITALARIO AGENTE DE LA LEY
Alekhine, sin un rumbo cierto, se había abandonado en el bullicio de la ciudad, absorto en el análisis de una variante de defensa siciliana que lo tenía a mal traer. Ni siquiera era consciente de estar sobre el asfalto cuando se encontró jaqueado por un gigantesco alfil blanco. La enorme pieza se había materializado de la nada; el ruso tuvo tal sobresalto que dio uno o dos pasos hacia atrás en medio del tráfico y hubiera caído bajo los cascos de un caballo si su jinete, un vigilante malhumorado y un poco ebrio, no le gritaba a voz en cuello:
........–Oiga, otario. ¿Quiere que lo deje como cinco e’ queso?
........–Par Dieu! –gritó Alekhine y, dando un salto digno del primer bailarín del Bolshoi, se subió a la vereda.
........Ausente por completo, no escuchó el resto de los insultos del vigilante, preclaros incluso para su pobre español de dragomán trotamundos.
........No salía del asombro por lo que acababa de pasar; no porque fuera consciente del peligro que había corrido de ser atropellado, sino porque no podía explicarse cómo aquel alfil intempestivo había burlado su defensa… ¿Qué había sido de su siciliana? El jaque debía llegar de b5... ¿dónde estaba, entonces, su peón de d2? Y lo más extraño de todo es que el caballo que casi lo había matado no podía ser otro que su propio caballo de dama; obviamente lo había movido a c6 para interponerse al alfil, pero cuándo había hecho tal cosa… ¡y dónde se vio que un caballo ataque a su rey?
........Todo ese lastre absurdo, demencial, había salido a flote en el naufragio de su mente, ausente todavía de todo lo que lo rodeaba, antes de que el ruido de la calle lo devolviera al mundo, a la humillante mirada de escarnio de los transeúntes porteños.
........“¿Un caballo real?” se preguntó entonces el ruso, como si no acabara de creer que tal cosa pudiera existir, como si ese fuera el primer caballo que viera en su vida. (Aunque, a decir verdad, lo cierto es que no lo había visto; apenas si había distinguido una sombra fugaz, que dejó una estela de pardo y azabache impresa al borde de su campo visual.) Algo se alborotó entonces en su cabeza: si ese caballo había sido real ¿era ese alfil gigantesco real también? No, no podía ser… Estaba seguro de que eso era imposible; no, por supuesto, que aquella mole inexplicable existiera, sino que no podía tratarse de un verdadero alfil. Como para todo ruso, para Alekhine no constituía ningún misterio que el alfil representa a un elefante en el tablero, dado que ambas cosas compartían un mismo nombre en su idioma; podía serlo para un loco francés, para un obispo inglés, o incluso para Capablanca, porque el español conservaba la palabra original árabe para la pieza y la había modificado, en el uso, hasta llegar a la palabra que designaba a los torpes y poco agraciados paquidermos mausofóbicos, de enormes probóscides, que habían llevado al ejército de Aníbal a arrasar Roma hacia el segundo o tercer siglo antes de nuestra era.
........¿Qué vería Capablanca ahí donde el veía un elefante? Alekhine no se detuvo mucho tiempo en esta pregunta; como a todo políglota, el asombro implícito en el hecho de que un idioma puede condicionar y, de hecho, condiciona el modo en que uno ve el mundo, no solía asaltarlo a menudo, ni con la fuerza con que puede hacerlo a un filósofo, o a un niño, es decir, a un filósofo, cuando descubre otro idioma fuera de su lengua materna. Además, esa pregunta, posiblemente, nunca tendría una respuesta y ni siquiera recordaría haberla hecho un segundo después; la imagen de un busto marmóreo de Aníbal (un lejano recuerdo o, quizás, mero fruto de su sofisticada imaginación), terminó imponiéndose en su mente decimonónica, más afín a la historia y al naturalismo por su formación enciclopédica, que a las especulaciones de carácter lingüístico. Por mera asociación, los elefantes del general cartaginés no tardaron en mezclarse, en su memoria, al no menos famoso Jumbo, el rey de los elefantes, aquel magnífico espécimen de Abisinia que había asombrado a Europa a fines del siglo pasado, poco antes de su nacimiento, y sobre el que hasta su padre le había hablado alguna vez, con ese desapego afectado con el que todo snob aprende a disimular su interés. Pero eso que estaba frente a él no era un elefante, no se parecía en nada a un elefante, y ni el enorme Jumbo tenía el tamaño de esa mole absurda, que, como buen alfil, fingido o no, proyectaba su diagonal de sombra sobre la calurosa histeria de la ciudad.
........Se trataba de un edificio color tiza, sin ventanas, balcones ni gárgolas, en forma de prisma alargado, coronado por una pirámide minúscula, casi imperceptible desde su perspectiva, demasiado cercana…
........“¡Un obelisco!”, se dijo el ruso. Sí, era eso: un obelisco. Pero ¿qué hacía un obelisco en medio de Buenos Aires? Ahora reconocía la avenida central y algunos de los edificios que empezaron a corporizarse a su alrededor le empezaban a resultar familiares. Se sentía en condiciones de afirmar que ese monstruo, que apenas si podía pasar por el colmillo de un paquidermo, no estaba ahí en 1927, cuando había visitado la ciudad por primera vez para arrebatarle el título a Capablanca.
........Aquella presencia inusitada era un verdadero misterio. Hasta donde Alekhine sabía, los argentinos eran, en su mayoría, una raza latina, no egipcia, y Buenos Aires se caracterizaba por el corte neoclásico de su arquitectura.
........Aquella presencia inusitada era un verdadero misterio. Hasta donde Alekhine sabía, los argentinos eran, en su mayoría, una raza latina, no egipcia, y Buenos Aires se caracterizaba por el corte neoclásico de su arquitectura.
........Algo siniestro se debía ocultar tras esa construcción abstrusa. ¿Y si todo era una trampa del maestro cubano? Quizás los argentinos le guardaban rencor y se habían unido a su enemigo para engañarlo. Una idea genial, del tipo de ideas que sólo la paranoia o el ajedrez podían inspirarle, irrumpió entonces en la mente del ruso con la misma fuerza que la primera jugada de un final artístico. ¿Y si ese no era un obelisco? Su primera impresión había sido la de estar ante una pieza de ajedrez que lo amenazaba. ¿Y si no se trataba de un alfil, sino de un Canciller o un Arzobispo, uno de aquellos engendros que el cubano había creado para completar su desquiciada variante de ajedrez? Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar que el Arzobispo sumaba las posibilidades de movimiento de un caballo a los de un alfil, por lo que era capaz de dar mate por sí sola a un Rey refugiado en una de las esquinas del tablero. ¿Y no se había movido la muerte, un segundo antes, como alfil y caballo a la vez? Podía sonar como una locura, incluso para él mismo, pero ¿quién podía negar, acaso, que había estado a punto de morir en Buenos Aires, esa esquina austral de un tablero, hecho de negras noches y de blancos días, ese confín apenas civilizado y real del mundo?
........Los transeúntes de la 9 de Julio seguían mirándolo como a un loco. De nada le hubiera servido a Alekhine explicarles que él no era un loco, sino un ajedrecista y que todo ajedrecista que se precie, era, por extensión, un artista. ¿Cómo podía explicarles a ellos, en un idioma que apenas si balbuceaba, la sutil distancia entre uno y otro? En pleno éxtasis, en pleno alboroto místico, sólo sabía dos cosas a ciencia cierta: que no podía quedarse ahí sin riesgo de ser arrestado por los coléricos representantes de la ley, llevado a un psiquiátrico o linchado, y que, de manera imperiosa, urgente e impostergable, necesitaba un trago.
sábado, 9 de noviembre de 2019
KARINTHY, O UNA IDEA INSISTENTE
En la última novela de Abelardo Castillo uno de sus personajes afirma,
de manera más que convincente, que uno sólo puede encontrar aquello que siempre
buscó. No muchas páginas después, su polemista consigue convencer al lector de
la tesis opuesta (acaso más poética): uno sólo puede encontrar aquello que
nunca buscó.
Me pregunto cómo, más allá de la maestría técnica de
Abelardo, las dos tesis pueden producir el mismo efecto revelación,
qué hace que ninguna se imponga sobre la otra en la intuición del lector. Creo
que una de las razones es el modo capcioso en el que memoria y olvido se
confunden.
Esto me recuerda, como diría Arturo Cancela, una
fidedigna aunque inverosímil anécdota: cierta vez me encontré en Plaza Rocha
con un usado curioso: Viaje en torno de
mi cráneo, novela o bosquejo de memorias (hoy diríamos “literatura del
yo”) de Frigyes Karinthy. André Gide decretó hace casi un siglo que todo se
vuelve importante una vez que sabemos de su existencia; yo no sabía de ese libro unos días atrás y lo había juzgado inhallable,
así que salté sobre él como si se tratara del último salvavidas del Titanic.
¿Había buscado ese libro? Gide nos diría que, sin saber quién era Karinthy, yo no hubiera reparado en su libro y que, si mi
interés por él hubiera surgido después, no recordaría haberlo visto. No es imposible que haya estado enfrente mío varias veces, siendo, como era, invisible.
Lo cierto es que hoy, dos o tres años después de la
primera lectura de Viaje en torno de mi
cráneo, se me dio por hojearlo otra vez, y me encontré un párrafo subrayado
en lápiz por mí: “Si uno se hiere por la mañana en el dedo meñique, durante
todo el día notará con sorpresa que precisamente el dedo lesionado choca en
todas partes y contra todo: probablemente se trate de una ilusión, pues los
demás días debe chocar igual, sólo que no te das cuenta.”
En fin, que las asociaciones que me llevaron a este
ejercicio, y a retomar la prosa de Karinthy y encontrar una cita que quizás
buscaba o quizás no, no sean, probablemente, algo nuevo, aunque no tengan tampoco el sabor de lo recuperado. ¿Son un lento decantar inconsciente? ¿Son una suma
o mezcla de recuerdos y olvido? Quizás sólo encontramos cosas que buscábamos,
pero que no sabíamos que buscábamos; o encontramos cosas que no buscábamos
hasta que aparecen, hasta que el objeto encontrado desencadena el juego de
asociaciones que lo vuelve significativo y deseado.
miércoles, 20 de marzo de 2019
EL GATITO DE CHAIKOVSKI
¿Por qué este gato? ¿Y por qué no? Para empezar, está
buenísimo, y el que diga que no le gusta, miente. Puede haber, por supuesto,
algo de pedantería y de chauvinismo en la elección, no me atrevería a negarlo.
Pedantería en citar a uno de esos compositores bien o mal llamados “clásicos”;
y chauvinismo, claro está, en la elección del género. Pero lo cierto es que no
sé nada de Chaikovski ni de los hermanos Ábalos. De hecho, es mi incompetencia
en materia musicológica, por si no lo notaron, lo que me lleva a este torpe
ejercicio de literatura del yo, a hablar (para decirlo en buen criollo) no
tanto del asunto en cuestión, como de mi propio culo.
Podría haber elegido The Man Who Sold the World y
hubiera logrado hacer lo que, no sin dificultad, hice siempre: fingir que no
soy un convidado de piedra en la fiesta del rock, que de entre todos los ñoños
posibles, ni siquiera me tocó ser ese que sabe los años en que se editaron los
discos de Yes y Deep Purple. Porque por ahí viene un poco la mano: la música es
importante en mi vida, pero no es ese ángel omnipresente que parece ser para el
resto de los mortales. Disfruto mucho al escucharla, pero la verdad es que lo
hago muy de vez en cuando y que, cuando lo hago, el rock no tiene preeminencia
sobre Piazzolla, Jobim o (ahí vamos con la pedantería) Bach o Tárrega.
Quizás haya un dejo de rebeldía en la elección, es
cierto, pero prefiero pensar que, al aceptar la pauta que me proponía Coverama,
lo hice asumiéndola como un gesto creativo y por eso no pude evitar la
tentación de poner en tensión las reglas de juego. Al final de cuentas, todo
acto creativo se desarrolla en ese territorio de tensión y no tiene sentido
fuera de él; si sabés que el barco no se va a hundir, vayas a donde vayas, no
vale la pena zarpar. Y toda vez que definimos un conjunto del siguiente modo:
“x tal que x es un cover”, el gato de Chaikovski nos trae más dolores de cabeza
que el de Schrödinger. Primero, porque la palabra “cover” presupone el mundo
del rock y segundo (y más importante), porque se supone que en todo cover el
tema versionado es más que conocido, puede identificarse fácilmente y es citado
por completo y no fragmentariamente. Nada de eso se cumple en este hermoso ejercicio
de los hermanos Ábalos… Y sí, soy de esos ñoños que usan la palabra
“hermoso”.
Seamos francos: tampoco es que me puse a pensar en
cómo los iba a jorobar o cómo iba a hacer el papel de ciego en país de tuertos.
Hay algo de azar en esto; de azar y de capricho. Y es que el hecho creativo es,
también, y, esencialmente, un capricho. Durante mucho tiempo quise escribir
algo para este blog, pero no encontraba la música adecuada. Y no encontrar la
punta del ovillo, por supuesto, me fue encaprichando cada vez más. En fin, que
todo lo que precede a esta última duda, quizás no sea más que la
racionalización de ese momento extraordinario en que grité “¡El gatito de
Chaikovski!”, con ese tono de júbilo infantil que debió usar Arquímedes, allá
lejos y hace tiempo, cuando descubrió que el agua desplazada en su bañadera
correspondía al exacto volumen de su culo.
¡Adentro!
sábado, 2 de marzo de 2019
BARRIL SIN FONDO
.....Si el sentido de la existencia y del mundo mismo son un enigma, resolverlo quizás entrañe un enorme peligro. Todo enigma, en un sentido estrictamente lógico, pierde sentido al ser resuelto, deja de ser como tal. Entendido el mundo de ese modo, su dilucidación teleológica implicaría, por ende, su aniquilación.
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