
Mucho se ha hablado de las imprevisibles consecuencias de la causalidad, tan difíciles de determinar en la vigilia, cuya complejidad hace que muchos de sus aspectos se nos escapen. Sí nos es posible determinar su camino en el mundo de la creación, donde todo cuanto existe está, al menos en apariencia, dado a nuetros ojos. Eso pasa, por ejemplo, en el mito.
Tomemos por caso la guerra de Troya. Como saben los que han leído a Homero, esta guerra no tenía por finalidad el dominio del comercio marítimo, como los ilusos historiadores se empeñan en afirmar, sino el recuperar a la esposa de Agamenón, la famosa Helena (la mujer más bella del mundo), de las manos de su raptor, el joven Paris, hijo de Príamo, rey de Troya. ¿Y qué mejor razón para una guerra que una mujer, en especial, si es la más bella del mundo? ¿Pero por qué se enamora Helena de Paris? Si bien es cierto que Paris estaba dotado de gran belleza, no fue sino por arte de Afrodita que Helena se enamoró de él. ¿Y por qué la diosa favoreció a Paris? Los memoriosos recordarán el casamiento olímpico entre Tetis y Peleo, al que no fuera invitada la diosa Discordia, la que, haciendo honor a su nombre, se presentó de improviso, trayendo consigo una manzana de oro de gran belleza, que arrojó sobre la mesa en que se hallaban sentadas Afrodita, Hera y Palas Atenea, diciendo: “Para la más hermosa.” La ‘manzana de la discordia’, fue pretendida, obviamente, por las tres diosas, por lo que Zeus tuvo la poco feliz idea de crear un concurso de belleza, para el que el desdichado Paris fue elegido como juez. Las tres diosas, temerosas de su decisión, intentaron sobornar a Paris ofreciéndole los dones propios de su dominio celeste. Paris (como todo hombre que se precie de tal) desdeñó la sabiduría ofrecida por Palas y las riquezas e imperios ofrecidos por Hera (que por otro lado ya poseía), dejándose seducir por el cohecho de Afrodita: el amor de la mujer más bella del mundo...
Ahora bien, pudiendo dar por cerrado el orden causal, nos permitimos ir un paso más allá. ¿Qué era esta manzana de oro que encendiera la codicia y los celos de las diosas, cuya disputa dio lugar al famoso ‘Juicio de Paris’ y a la histórica guerra narrada por Homero? Las manzanas de oro, presentes en muchos mitos de la antigüedad, eran frutos míticos descubiertos por los viajeros en los confines orientales del mundo, en las lejanas tierras Chinas. No sólo existentes en el mito, estos frutos, del tamaño de una manzana, pero cubiertos de piel y carne dorada, eran desconocidos en Grecia, por lo que los viajeros se referían a ellos como a “manzanas doradas” o “manzanas de oro”.
Así, remontándonos en la compleja cadena causal, llegamos a la conclusión de que la guerra de Troya, la guerra de mayor trascendencia cultural de la historia, fue por culpa de una naranja.
¿Cuántas manzanas de discordia, amigo lector, habrá detrás del más inexplicable de nuestros actos?