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martes, 17 de febrero de 2009

AMÍLCAR ZORPODÍN


Amílcar Zorpodín nació en Durrës, Albania, el 15 de agosto de 1899. Es hijo de una prostituta y de padre desconocido. Tras una feliz infancia en su ciudad natal, se inscribió en un seminario en Tirana, del que huyó, abandonando su sueño de ser sacerdote, tras una crisis de fe que lo asaltó al enterarse del terrible homicidio de su madre, a manos de uno de sus clientes. Con sólo dieciséis años, se hizo a la mar en un buque de pesca de bandera Búlgara. En 1942, mientras recalaba en el puerto de Klaipéda, fue forzado a enlistarse en el ejército ruso, del que desertó a finales de la guerra. Esta experiencia lo marcaría enormemente, al punto en que nunca más aceptó pescar en los mares boreales. Hasta el día de hoy, a sus 109 años, es grumete de un barco pesquero holandés en las islas del pacífico sur.

* * *
Hasta ahí, lo que un diccionario, o una ficha de inmigración, podrían decir. Otro tanto nos tocó saber a través de nuestro colaborador, Aloir Edef. Durante algún tiempo, creíamos que se trataba de un personaje creado por nuestro joven poeta, tan adicto a la mitomanía y al ejercicio de confundir realidad y ficción, vicio tan tristemente en boga en nuestros días. Mucho nos sorprendió saber del marinero en la librería de Walter el jueves pasado. El mítico Amílcar Zorpodín se nos presentó como si tal cosa, acercándonos los manuscritos de su diario íntimo, que reune páginas de un dulce y ya desusado romanticismo y cuya veracidad sólo podría cuestionar un hombre al que pudiese interesarle más la verdad que la belleza. Por ahora un simple adelanto:

Marzo 27 [¿1936-7?]

El mar escupe su furia sobre el Mediterraneo. Por momentos nos vemos envueltos por un inmenso paladar de sal que amenaza con tragarnos. Sobre cubierta; algo increíble. Veo a Rashid el moro, el hombre más cruel del mundo, llorar sobre el cuerpo inánime del grumete italiano. Me sobrecoge esa imagen: cualquiera hubiera jurado que esos dos hombres se odiaban... Quizás sí se odiaban. Quizás no sea posible vivir sin nadie a quien podamos odiar. Soy el único testigo de esa conmovedora imagen. Rashid crea las lágrimas de esos ojos que ya no podrán llorar y que la fingida lluvia del oleaje devorará para siempre.

* * *

jueves, 21 de agosto de 2008

NAUFRAGIOS


Un pescador, un verdadero hombre de mar, tiene una relación especial con la vida, porque la muerte vive junto a él. El mar es un monstruo dormido, que de un solo zarpazo puede hundir un barco hasta el fondo de su estómago, tragándoselo en una bocanada de agua y furia, apagando la vida de cien hombres en menos de un segundo, con la frialdad con la que un hombre apaga una vela. Y mueren en un segundo, porque la mayoría no llegan a ahogarse, mueren al instante de ser devorados por el mar... "Los médicos le dicen 'muerte por inmersión'", cuenta Amílcar. Uno puede reconocer a estos muertos de un ahogado con sólo verlos, porque el ahogado tiene la cara desfigurada por el miedo y ellos, a lo sumo, mueren con un gesto de sorpresa, de estupor.
Pero eso sólo puede verse si se encuentra al pobre infeliz, porque la mayoría de los hombres que mueren en el mar no vuelven nunca. Amílcar Zorpodín lo sabía y a él mismo le había tocado perder más de un amigo en el mar.
––Uno sabe que ya es viejo––, decía a quien quisiera escucharlo, a quien se resignase a escucharlo, ya borracho y ronco, ––uno sabe que ya es viejo cuando no le alcanza la memoria para contar a los hombres que vio morir en el mar, cuando ya no puede recordar tanto nombre, tanta cara que el mar se tragó delante de uno. La muerte es sucia, muy sucia, m’hijo–– dice el viejo cuando la ginebra lo entierra en lo más hondo, en lo más frío de su tristeza.
Y entonces, si uno sabe ver, ve que esas palabras no son huecas, porque el viejo centenario muerde con odio, como buscándose los dientes que el tiempo le fue robando, al mencionar a la muerte; porque el viejo no se resignaba a morir, a pesar de los años o, quizás, precisamente por los años que ya le encorvaron el cuerpo y le cargaron de sombra sus ojos imposiblemente azules, y de artritis sus huesos y de temor el alma.
Aloir

miércoles, 30 de julio de 2008

EPISTOLARIO


Capitán Zorpodín,
(Querido Amílcar):

¿Habrá otro mar? ¿Cómo saberlo? Sólo sé que es hora de guardar las velas, de buscar un puerto y atracar... La tormenta algún día va a terminar, eso es seguro... Nadie muere por siempre; nadie tiene un alma tan hermosa (¡Qué agridulce ese consuelo!)

¿Por cuánto tiempo atraco? Si hay un Dios, tal vez alguien lo sepa...

Voy a buscar valor en otros sueños, en nuevos engaños que me mantengan vivo. Tal vez un día vuelva a ser valiente; tal vez un día vuelva a alzar mis velas y desafiar al viento.

No me voy con las manos vacías: me guardo el recuerdo de unos ojos que fueron crueles sin quererlo y un adiós que nunca dije; porque no existe un adiós, porque Ella nunca va a irse.

Aloir


Ingenuo Aloir:

No existen los valientes. Todos hacen el papel de tonto alguna vez. ¡Déjese de joder con tanta metáfora! El final del camino es la muerte, pero es uno el que elige qué camino. Hágame caso: menos verso, nene, y menos llanto...

Suyo en el alma,

Amílcar Zorpodín


lunes, 23 de junio de 2008

LA MUJER SECRETA



Amílcar Zorpodín guardaba, escondida, la foto vieja, muy vieja, de una mujer. No se lo había contado nunca a nadie: esa mujer era lo único que Zorpodín no contaba. Pero no importaba, porque ella se le notaba en los ojos, en el alma; porque la tenía tan metida (tan arrancada) que, si uno escuchaba, si uno realmente escuchaba al viejo, la veía atrás de los cielos azules, de los paraísos e infiernos de todos los inmundos y asombrosos mares, de los cien mil idiomas que había aprendido a balbucear con torpeza, de la ginebra y el humo del tabaco, de los lejanos disparos de una guerra absurda e, incluso, detrás de las putas vulgares que también eran ella, que eran ella más que ninguna otra cosa en el mundo... ¡Por que hasta en eso (en encontrarla a ella, a Ella) tuvo suerte el viejo desgraciado, lobo de mar y pescador de nubes!

Se llamaba Sofía y murió muy joven, de neumonía, mientras él pescaba atún al otro lado del mundo y cantaba feliz y bebía y soñaba, eso sí, con volver un día para amarla siempre...


Aloir Edef

jueves, 29 de mayo de 2008

PACÍFICO SUR




Cuando la ginebra lo desbordaba de recuerdos y lo maltraía la nostalgia, a Zorpodín no le daba por recordar Francia o España; no se perdía en los fríos mares de Islandia o Noruega; no encontraba sosiego en la maravillosa Creta o en el bello Marruecos; nada eran para él el suave Mediterraneo o el misterioso mar Báltico... Si él había sido feliz en algún lugar, si realmente había sido feliz alguna vez, lo había sido en Samoa y en Tanzania, en donde su ímpetu salvaje, su corazón de aventurero y de cazador encontraba su poesía exacta.
"A esas islas, m’ hijo, lo único que les falta es el Atlántico, el más vivo de los mares; por todo lo demás, no hay lugar más hermoso en el mundo. Y ahí no hay hospitales ni casinos, no hay cines ni bancos ni bolsas de comercio internacional y lo más cercano a un edificio que usted puede encontrar ahí, nene, es un tótem o una palmera.
"El mar es increíblemente azul, infestado de tiburones y de cangrejos del tamaño de un hombre, y el cielo es una bendición de sol y de belleza, de suaves vientos con el perfume de las sirenas y de violentos tifones que arrasan los puertos escupiendo el aliento de Dios a los cuatro confines... Créame, m’ hijo..." y entonces venía el chasquido, y la pipa se alzaba sobre su cabeza calva, sobre su cara centenaria, curtida como un pergamino por el sol de todos los mares que el azar o Dios sembraron por el mundo" ...si hubiese prostíbulos ahí, si los coños estuvieran, como los cocos, al alcance de la mano, no me hubiera ido nunca. ¡Me pudriría ahí aunque tuviera que pagar con el alma, aunque el precio fuera el mismo infierno! Y ahora, la botella que viene la pago yo. Y va a tener que tomar, señor mío, aunque no le guste, porque no soporto hablar con alguien sobrio cuando se me va saliendo el alma así...
Aloir Edef

jueves, 1 de mayo de 2008

AMÍLCAR ZORPODÍN


Amílcar Zorpodín afirmaba haber llegado a los ciento ocho años por haber sabido elegir a las putas. El secreto de la inmortalidad, según Zorpodín, estaba en algunas mujeres, en esas que “parecen mirar desde más allá del tiempo”, declaración pretenciosamente poética que se volvía muy curiosa en aquella boca desdentada, ya sin labios, pero, incluso así, profundamente voluptuosa, dulcemente lúbrica... Uno podía pasar horas viéndolo mordisquear con sus encías aquella pipa interminable, rara vez prendida, tratando de abstraerse del desagradable río de baba que solía recorrerla, formando enormes gotas que acababan por caer en rápidos chicotazos, y que uno hacía enormes esfuerzos por no mirar.

Los ojos de Zorpodín eran de un azul que no existe en el mundo, de un azul que era más hondo que ese mar que había estado viendo toda su vida, desde tantos barcos que “me sorprende”, decía el viejo, “que todavía haya algo que pescar”. Aquel azul no parecía hecho para el mundo, parecía salir de más allá, del territorio de los sueños y las maravillas. Mostraban la magia que le había tocado vivir al viejo, esa magia que había robado de mil mares, que había vivido en el amistoso abrazo de hombres de mil razas, en el licor de mil pueblos que todavía llevaba en la sangre. Porque Zorpodín vivía en un perpetuo estado de éxtasis, en una ensoñación alcohólica que, a veces, degeneraba en una borrachera cruel. Entonces, al viejo, que parecía haber vivido la totalidad del tiempo, le llegaban, desde más allá de ese inagotable tiempo, los recuerdos que él prefería domados.

No había tenido nunca hijos y quizás eso era lo mejor, porque Amílcar, a pesar de su edad, no parecía tener edad, no hubiera podido ser nunca el padre o el abuelo de nadie. Era inescrupuloso y hedónico. Hacía de la vida un trago de ginebra que apuraba rápidamente, con una violencia que hacía inverosímil su longevidad. Le gustaban las mujeres más que ninguna otra cosa y, también, el alcohol y el tabaco, la noche sobre el inmenso mar y el silencio quejumbroso y mordaz de los burdeles. Y le gustaba, sobre todo ahora, resignado a su célibe infancia centenaria, hacer un extraño chasquido con su lengua una vez que dejaba caer una de esas gemas poéticas, tan características en él, para luego dejar vencerse por el otro Zorpodín, no el poeta chapucero de palabras lentas y antiguas, sino el otro, el que había luchado, inconcebiblemente, en la segunda guerra, el que había conquistado la cima del Kilimanjaro y bebido las aguas del lago Viktoria, el que había compartido fogatas de noche y ginebra con guerreros maoríes en Samoa, con rudos pescadores rusos y pigmeos de piel “casi azul de tan negra”, ese otro poeta anecdótico y vital, más hondo e intuitivo, más profundo y humano:

––...con ojos que miran desde más allá del tiempo...––, decía y, entonces, el chasquido, la pipa saliendo de su boca, los ojos entrecerrados por el humo blanco y espeso y el remate rotundo, siempre chusco ––Eso y el culo grande, nene, el culo bien grande, que no me entre las manos...
Aloir Edef

Tragedia, pasado y misericordia. Un acercamiento a la obra de Ross Macdonald

  Nadie debería dejar este mundo sin haber leído a los cuatro grandes autores de la tragedia ática: Esquilo, Sófocles, Eurípides y Ross Macd...