
Ocio, humor, literatura, pelusas de ombligo, revisionismo cultural, filosofía de potrero, perejilismo intelectual, chismografía anacrónica, musicología hipoacúsica, helenismo en pantuflas y otras incontinencias verbales...
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miércoles, 3 de junio de 2009
EL LADO DE LOS TOMATES

Más que post,
un naufragio mental
domingo, 21 de septiembre de 2008
VALHALLA
Valhalla o Walhala: Del antiguo escandinavo Valhöll “casa de los muertos”. En la mitología de los vikings, palacio del dios supremo Odín, en la ciudad sagrada de Asgard reservado al alma de los elegidos. Tiene quinientas cuarenta puertas y sus muros están hechos de lanzas y techado con escudos. Sólo son llevados a él por las valquirias los muertos en batalla. Allí, son despertados cada día por el gallo Gullinkambi para celebrar terribles batallas en las praderas de Asgard como forma de entrenamiento para Ragnarök. Por la noche, recuperados de sus heridas (o resurrectos, si es que han muerto en combate), vuelven al palacio Valhalla donde gozan de grandes banquetes de jabalí y beben el hidromiel junto al propio Odín. ............................................................
Reconocí a Sven, mi amigo, entre los otros guerreros por su bruñida espada. Sus ojos eran del color del mar y de la casa de los pájaros. Nuestras miradas se cruzaron y reímos ciegos de júbilo. Me lancé sobre él y hundí mi hacha en su cabeza; brotó su sangre como un vómito y lo oí bromear alegremente en su estertor y morir.
Esta vez vencí yo; beberé en su cráneo y por la noche nos reiremos juntos de su suerte. Mañana se abrirán otra vez los muros del Valhalla y Sven buscará su revancha, cuando anuncie el gallo la hora de la danza de las espadas.
martes, 17 de junio de 2008
QUINTA PATA AL MITO DE EDIPO

El niño, el adulto, el viejo… “El hombre”, respondió Edipo. En estos días esa respuesta (y ese enigma) me estuvo dando vueltas por la cabeza una y otra vez; hoy sé por qué.
El mito de Edipo expresa mejor que ningún otro la afinidad del mundo helénico por el determinismo. Todos conocemos la historia y su significado; cada uno de los pasos que dio el de los pies heridos para alejarse de su horrible destino, fueron los que lo llevaron, precisamente, a cumplirlo. El destino es ineluctable.
¿Qué había, entonces, detrás de ese deseo de huir? El propio mito nos presenta a Edipo como al más sabio de los hombres. ¿El más sabio de los hombres podía creer que fuera posible evitar lo inevitable? Ciertamente hay cierta nobleza en oponerse a lo que sabemos o creemos fatal, pero ¿puede existir convencimiento en la posibilidad de imponernos?
“¿Cuál es el único ser que anda en cuatro, luego en dos y luego en tres patas?” Acertar la respuesta presupone entender lo que ese ambiguo oráculo, Oscar Wilde, decretó alguna vez: El hombre bautizado en Alacalá de Henares ya era (ya es) el que vio inutilizada su mano en el combate de Lepanto, el rehén moro, el autor del Quijote, y el que moriría en Madrid el 23 de abril de 1.616. Acertar la respuesta presupone saber que el destino no puede ser burlado. En el fondo, Edipo no creía en la posibilidad de escapar y eso fue, irónicamente, lo que le permitió vencer a la esfinge y condenarse.
Pero el destino, contra lo que pueda pensar el distraído lector, no teje trampas. El oráculo que vaticinó su suerte a Edipo, no adivinaba lo posible, leía el destino como nosotros leemos el de aquel otro hombre que enloqueció por leer demasiados libros de caballería, sabiendo que era ya (es ya) el de la triste figura, el que cofunde molinos y gigantes, el vencido de Sanzón Carrasco, el que muere en la Mancha junto a su escudero Sancho…
El mito de Edipo expresa mejor que ningún otro la afinidad del mundo helénico por el determinismo. Todos conocemos la historia y su significado; cada uno de los pasos que dio el de los pies heridos para alejarse de su horrible destino, fueron los que lo llevaron, precisamente, a cumplirlo. El destino es ineluctable.
¿Qué había, entonces, detrás de ese deseo de huir? El propio mito nos presenta a Edipo como al más sabio de los hombres. ¿El más sabio de los hombres podía creer que fuera posible evitar lo inevitable? Ciertamente hay cierta nobleza en oponerse a lo que sabemos o creemos fatal, pero ¿puede existir convencimiento en la posibilidad de imponernos?
“¿Cuál es el único ser que anda en cuatro, luego en dos y luego en tres patas?” Acertar la respuesta presupone entender lo que ese ambiguo oráculo, Oscar Wilde, decretó alguna vez: El hombre bautizado en Alacalá de Henares ya era (ya es) el que vio inutilizada su mano en el combate de Lepanto, el rehén moro, el autor del Quijote, y el que moriría en Madrid el 23 de abril de 1.616. Acertar la respuesta presupone saber que el destino no puede ser burlado. En el fondo, Edipo no creía en la posibilidad de escapar y eso fue, irónicamente, lo que le permitió vencer a la esfinge y condenarse.
Pero el destino, contra lo que pueda pensar el distraído lector, no teje trampas. El oráculo que vaticinó su suerte a Edipo, no adivinaba lo posible, leía el destino como nosotros leemos el de aquel otro hombre que enloqueció por leer demasiados libros de caballería, sabiendo que era ya (es ya) el de la triste figura, el que cofunde molinos y gigantes, el vencido de Sanzón Carrasco, el que muere en la Mancha junto a su escudero Sancho…
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