
Niccolò Paganini era un tipo muy extraño. Nadie le niega que haya sido un verdadero virtuoso del violín, peeeero... Había cosas que daban que pensar. Para empezar, tenía una apariencia mefistofélica: era delgado, alto, de cara angulosa, mirada sombría y manos enormes, de dedos curvos y largas uñas. No se llevaba muy bien con la gente y era fama que un halo siniestro lo envolvía. Para colmo, solía decirse (quede esto entre nosotros) que había hecho un pacto con el mismo Diablo para conseguir su talento.
Por supuesto, todos estos hechos podrían ser explicados por cualquier sinvergüenza. Cualquiera de estos trasnochados podría afirmar, por ejemplo, que era tradicional atribuir convenios con el Maligno al primer tipo que pudiera tocar algo medianamente complejo sin sudar*. En especial, si se trataba de un violinista. Sobretodo, después de que a uno de ellos, un tal Tartini, se le ocurriera la poco feliz idea de dar a conocer que el Diablo le había dictado en un sueño su "Trino dil Diavolo", una de las piezas más famosas para este instrumento.
A partir de este punto, argumentar cualquier tontería se vuelve tentador. Para empezar, se puede decir que, simplemente, era flaco y feo. El tamaño enorme de sus manos, a su vez, bien podía tener una raíz genética. Muchas personas padecen de aracnodactilia, una enfermedad caracterizada, precisamente, por el crecimiento desproporcionado de las extremidades**; el propio Rachmaninoff padeció está enfermedad, que explicaría, de paso, cierta facilidad mecánica en la ejecución de un instrumento. Respecto a sus uñas: es imposible que las de la mano izquierda fueran largas, ya que le hubiera resultado imposible pisar correctamente las cuerdas del violín. En cambio, que las uñas de la mano derecha fueran largas (según estos pelafustanes) sería fácilmente explicable: Paganini fue también uno de los primeros compositores y concertistas de guitarra que registre la música. En cuanto a su mal humor (nos dirán), bien podría atribuírselo a su misantropía y, en lo que hace a su talento como violinista, a que se había quemado las cejas haciendo escalas.
Pero nosotros, por supuesto, no aceptamos tales paparruchadas... Obviamente, este sujeto vendió su alma al Diablo. Como sabemos, no existe otra manera de aprender a tocar el violín.
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*Recordemos acá, como al pasar, a Robert Johnson, el músico de blues que, era fama, había dado su alma a cambio de dominar su guitarra.
**Algunas personas llegan a tener manos de medio metro de largo.