
Este blog nació hace poco más de un año con un post obligado de presentación en el que confesaba mi dificultad para llevar a cabo cualquier acto. En fin, una suerte de prólogo aparentemente tímido, que llevaba implícito el compromiso de no abandonar esa nueva empresa así como así, sin presentar batalla a mi pereza y a mi temor al fracaso.
Ya cumplidas las formalidades del caso, tuve que decidir sobre qué iba a escribir mi primer post hecho y derecho. Tenía una absoluta libertad creativa y hasta tuve la suerte de heredar lectores de otros blogs amigos. Todo estaba a mi merced. Y yo no podía dejar de pensar una cosa: "¡Qué espanto! ¿Y ahora qué?"
Porque todos estamos seguros (quizás demasiado seguros) de que tenemos mucho que decir... ¡Hasta que nos permiten hablar! Cuando eso pasa, nuestra seguridad desaparece, porque ya no podemos decir que no vale la pena hablar porque nadie escuche, ni podemos, tampoco, responsabilizar a nadie de lo que hagamos o dejemos de hacer. Todo pasa a estar enteramente en nuestras manos. Y esa responsabilidad, muchas veces agobiante, tiende a paralizarnos.
Para escapar de esa trampa, decidí escribir lo antes posible y, como pasa siempre que hablamos sin pensar mucho, me descubrí haciéndolo sobre algo inesperado. Al post lo titulé "Yo quería ser Kung Fu" , y resultó en un devaneo un tanto melancólico en el que confesaba mi afición por esa serie de mi infancia e invitaba a mis lectores a confesar qué personaje o personajes habían marcado para siempre sus tardes de leche y vainillas. Y sobretodo, los invitaba a pensar qué encontrábamos o qué aspecto de nuestra personalidad proyectábamos en ellos.
¿A qué viene todo esto? Hoy acabo de enterarme de la muerte de David Carradine; alguien que, sin conocerme, fue mi amigo. Hasta qué punto su personaje influyó mi vida es algo que nunca voy a saber, pero no puedo evitar sentir cierta tristeza y cierto renovado afecto. Tampoco puedo dejar de imaginarlo despidiéndose, mientras camina descalzo hacia el sol poniente en un desierto infinito. Ni puedo dejar de soñar con un mundo (este o cualquier otro) en que pueda encontrarlo o reencontrarlo, un mundo en el que podamos reencontrarnos todos.