Cierta vez, uno de sus alumnos le pidió a Manuel de Muguino que le diera a entender escuetamente a qué venía todo el asunto ese de la metafísica.
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--¿Oyó decir--, le dijo, entonces, el profesor--, eso de que "todo depende del cristal con que se mire". Pues bien, el eureka de toda metafísica bien podría ser: "¡Al fin he roto todos los cristales!"
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Una tarde en mi despacho, mi secretaria me hizo saber que había recibido la visita de un hombre "un tanto extraño". No sabiendo de quién se trataba e, imaginando una presencia indeseada, debo admitir que me hice esperar más de la cuenta. Grande fue mi sorpresa y mi bochorno al ver después que mi visitante no era otro que el mismísimo Muguino. Avergonzado, sólo atiné a ensayar una disculpa un tanto torpe.
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--No se preocupe, Nicolás--, me dijo el profesor haciendo gala de su consabida cordialidad--. No sé por qué a la gente le molesta tanto esperar: se parece tanto a no hacer nada.
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Todo el que haya visitado la casa de Manuel de Muguino, sabe muy bien que lo único invariable en su desvencijado y por demás desordenado escritorio, era un cartelito de cartón minúsculo, en el que podía leerse la siguiente sentencia de su puño y letra:
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"El que no pueda o no quiera ver el mar, nunca entenderá el curso del río"*
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*Extraído del libro: "Muguino y yo", de Nicolás Platero. Bs As, 1977.
*Extraído del libro: "Muguino y yo", de Nicolás Platero. Bs As, 1977.
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