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miércoles, 29 de agosto de 2012

LA LEY DEL CERO

Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere?

Imaginemos, por un segundo, que la vida de un hombre puede ser expresada por una ecuación ––las teorías del juego ya lo han hecho.
Ahora bien, algunas vidas podrían ser expresadas con una ecuación simple (muy simple), accesible a un chico; otras sólo serían expresables con ecuaciones tan complejas, que sería casi imposible entenderlas.
Imaginemos que tenemos a nuestro alcance la más simple y la más compleja de esas ecuaciones y la encerramos entre paréntesis.
Finalmente multiplicamos a las dos por cero. El resultado es el mismo en ambos casos; es el mismo en todos los casos.
El primer cero es la muerte; el segundo (el resultado), el olvido.

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Nota del 10 de noviembre de 2015: hay un corolario o verdad implícita que no había notado hasta hoy. A los efectos de la analogía dada, nuestra existencia, en tanto dada en un espacio y un tiempo determinados están, efectivamente, encerradas entre paréntesis.
  

jueves, 3 de septiembre de 2009

DE LA INFINITA VIDA Y EL HOMBRE


Elpino: -¿Cómo puedes desear una vida infinita?

Filobio: -¿Cómo puedes desear una vida finita?

Elpino: -¿Puedes garantizar tal infinitud?

Filobio: -¿Puedes garantizar tal finitud?

Elpino: -¿Qué clase de extensión es esa?

Filobio: -¿Qué clase de límite es ese?

Franco: -A lo nuestro señores: ¿Juegan, o se van al mazo?

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*De la infinita vida y el hombre, un diálogo apócrifo.

miércoles, 9 de julio de 2008

ATANATOSOFÍA, ANHELO Y BÚSQUEDA DE INMORTALIDAD


¿Qué es un nuevo blog? Quizás, demasiadas cosas; la nueva cara de una vieja obsesión, la semilla de otros insomnios, un placebo insípido que a veces, sólo a veces, llega a ser dulce, esperanzador… Pero sobre todo, un nuevo blog es una nueva aventura. Uno de los inolvidables personajes de Adolfo Bioy Casares se quejaba diciendo que “era un héroe completamente inadecuado a las catástrofes que le ocurrían.” Siento algo cercano a la felicidad al decir que no puedo adherir a esta amarga declaración, no en lo que se refiere a la Atanatosofía, al inagotable e incontenible anhelo y búsqueda de Inmortalidad. No puedo imaginar una aventura más adecuada para ninguno de los hombres que soy o que seré, ni para ningún otro hombre que sea enteramente hombre…

sábado, 5 de julio de 2008

LA INMORTALIDAD POR LA OBRA



Tras la muerte, la obra del artista teje, por un instante, la ilusión de su inmortalidad. Ilusión débil y efímera, que no tarda en desvanecerse, como toda ilusión... Un tópico poético no muy usado y que es ejecutado aquí con elegancia y maestría.
Over Time, corto en homenaje a Jim Henson, el creador de los muppets, esos títeres un tanto ingenuos que poblaron ayer la infancia de mi generación y pueblan hoy nuestra agradecida nostalgia.

jueves, 1 de mayo de 2008

AMÍLCAR ZORPODÍN


Amílcar Zorpodín afirmaba haber llegado a los ciento ocho años por haber sabido elegir a las putas. El secreto de la inmortalidad, según Zorpodín, estaba en algunas mujeres, en esas que “parecen mirar desde más allá del tiempo”, declaración pretenciosamente poética que se volvía muy curiosa en aquella boca desdentada, ya sin labios, pero, incluso así, profundamente voluptuosa, dulcemente lúbrica... Uno podía pasar horas viéndolo mordisquear con sus encías aquella pipa interminable, rara vez prendida, tratando de abstraerse del desagradable río de baba que solía recorrerla, formando enormes gotas que acababan por caer en rápidos chicotazos, y que uno hacía enormes esfuerzos por no mirar.

Los ojos de Zorpodín eran de un azul que no existe en el mundo, de un azul que era más hondo que ese mar que había estado viendo toda su vida, desde tantos barcos que “me sorprende”, decía el viejo, “que todavía haya algo que pescar”. Aquel azul no parecía hecho para el mundo, parecía salir de más allá, del territorio de los sueños y las maravillas. Mostraban la magia que le había tocado vivir al viejo, esa magia que había robado de mil mares, que había vivido en el amistoso abrazo de hombres de mil razas, en el licor de mil pueblos que todavía llevaba en la sangre. Porque Zorpodín vivía en un perpetuo estado de éxtasis, en una ensoñación alcohólica que, a veces, degeneraba en una borrachera cruel. Entonces, al viejo, que parecía haber vivido la totalidad del tiempo, le llegaban, desde más allá de ese inagotable tiempo, los recuerdos que él prefería domados.

No había tenido nunca hijos y quizás eso era lo mejor, porque Amílcar, a pesar de su edad, no parecía tener edad, no hubiera podido ser nunca el padre o el abuelo de nadie. Era inescrupuloso y hedónico. Hacía de la vida un trago de ginebra que apuraba rápidamente, con una violencia que hacía inverosímil su longevidad. Le gustaban las mujeres más que ninguna otra cosa y, también, el alcohol y el tabaco, la noche sobre el inmenso mar y el silencio quejumbroso y mordaz de los burdeles. Y le gustaba, sobre todo ahora, resignado a su célibe infancia centenaria, hacer un extraño chasquido con su lengua una vez que dejaba caer una de esas gemas poéticas, tan características en él, para luego dejar vencerse por el otro Zorpodín, no el poeta chapucero de palabras lentas y antiguas, sino el otro, el que había luchado, inconcebiblemente, en la segunda guerra, el que había conquistado la cima del Kilimanjaro y bebido las aguas del lago Viktoria, el que había compartido fogatas de noche y ginebra con guerreros maoríes en Samoa, con rudos pescadores rusos y pigmeos de piel “casi azul de tan negra”, ese otro poeta anecdótico y vital, más hondo e intuitivo, más profundo y humano:

––...con ojos que miran desde más allá del tiempo...––, decía y, entonces, el chasquido, la pipa saliendo de su boca, los ojos entrecerrados por el humo blanco y espeso y el remate rotundo, siempre chusco ––Eso y el culo grande, nene, el culo bien grande, que no me entre las manos...
Aloir Edef

Tragedia, pasado y misericordia. Un acercamiento a la obra de Ross Macdonald

  Nadie debería dejar este mundo sin haber leído a los cuatro grandes autores de la tragedia ática: Esquilo, Sófocles, Eurípides y Ross Macd...