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jueves, 21 de mayo de 2009

EL HOMBRE DE CARNE Y HUESO



"El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere (sobretodo muere), el que come, y bebe y juega, y duerme, y piensa, y quiere; el hombre que se va y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano.

"Porque hay otra cosa, que llaman también hombre, y es el sujeto de no pocas divagaciones científicas [...] Un hombre que no es de aquí o de allí, ni de esta época o de la otra; que no tiene ni sexo ni patria, una idea, en fin. Es decir; un no hombre.

"El nuestro es el otro, el de carne y hueso; yo, tú, lector mío; aquel otro de más allá, cuantos pisamos sobre la tierra."

miércoles, 4 de marzo de 2009

MUERTE Y RESURRECCIÓN DE DIOS


Muerte

A fines del s XIX, Friedrich Nietzsche decretó: “Dios ha muerto”. Esta afirmación, contra lo que muchos puedan creer, no era para él una buena noticia*: el hombre había quedado sólo en el universo. Con ese Dios, que el hombre había construido a su imagen y semejanza y no a la inversa, se había perdido la única posibilidad de determinar un absoluto desde el que fuese posible regular el comportamiento moral. Y esto implicaba algo incluso más terrible: ya no había un sentido de ser de las cosas, ni una finalidad para nuestra existencia. Y Nietzsche, como todos los hombres, sabía que era imposible existir sin un principio regulador; en fin: sin una razón para vivir. Su respuesta ante este problema, al parecer insoluble, fue sorprendente: el hombre debía ser su propio Dios y asumir la responsabilidad sobre su existencia. Nacía así el superhombre, que sería capaz de elegir cuál sería el sentido que le daría a su vida, sentido desde el que construiría su propia moral.



Resurrección

A principios del s XX y, siguiendo en parte los pasos del filósofo alemán, Miguel de Unamuno afirmó que ningún hombre podía aceptar la idea de morir del todo. Nietzsche podría decirnos que Unamuno no había hecho más que elegir un “sentido provisorio” para su existencia, pero lo cierto es que la afirmación de Unamuno pretendía tener un carácter universal. La elección era, posiblemente, arbitraria, pero venía a subsanar el dolor esencial de nuestra existencia. Nuestra vida no era intolerable porque se hubiera perdido un principio regulador, sino porque se había perdido a Dios en tanto generador de inmortalidad. No otra cosa es Dios, porque, si bien lo vemos, el premio de nuestro comportamiento moral en esta vida es, en toda religión, una vida futura inmortal. Todo hombre cree, incluso muchos ateos, que algo de nosotros (el alma o lo que fuera) sobrevive a la muerte de la carne. Y el que no lo cree, precisamente por no creerlo y aunque lo niegue, lo desea con una pasión incontenible. Ahí estaba para declararlo, una y mil veces citado, Baruch Spinoza: "todo ser persevera en su ser", lo que significa, entre otras cosas, que todo lo vivo quiere seguir estando vivo. Y el hombre sabe que morirá y ese conocimiento, según nos revela Spinoza y nuestro sentido común, es uno con el deseo conciente o inconciente de seguir viviendo. Para solucionar este nuevo problema, el de la falta de inmortalidad, Unamuno resucitó al muerto. Salvo que, como buen superhombre que era, no se conformó con recuperar al Dios de las escrituras, sino que creó un Dios a su imagen y semejanza, uno que le venía "de perillas".     

Paradigmas

Durante mucho tiempo creí, junto con muchos otros hombres, que con Nietzsche había caído un paradigma de razonamiento, por el cual el hombre se permitía pensar un mundo sin Dios. Pero lo cierto es que la idea de un Dios es indisoluble con la de la inmortalidad. Dios no es otra cosa sino un dador de inmortalidad, de modo que nada más se podría hablar de un nuevo paradigma si Dios muriese del todo, es decir, si aceptasemos que, junto con Él, deberíamos renunciar también a la idea de que algo de nosotros perdure tras la muerte. Ser ateo y creer que trascendemos nuestra vida física constituye, en fin, una contradicción en términos.


Afirmación caprichosa (?)*** 

Detrás de esta aceptación de la muerte física como aniquilación absoluto y definitivo del individuo como tal, nada más queda un camino** para el hombre o, si se quiere, para el superhombre: el camino de la Atanatosofía, que es, al fin de cuentas, una síntesis entre ámbos pensamientos. Síntesis, porque es en el afán de inmortalidad donde mejor se encuentra expresada la voluntad de poder y porque este afán no es dejado en manos de ninguna fuerza extraña, humana o divina. Anhelar la inmortalidad y perseguirla por todas las vías, racionales e irracionales, pero no rendirse nunca ante lo que se nos aparece como inevitable, se aparece como gesto fatal ante la existencia. Todo lo demás (incluido el estoicismo; principalmente, el estoicismo) es, en palabras de Unamuno: “escamoteo de profesional de la filosofía” o jactancia de resignado o de cínico.

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*Ni buena, ni mala; era, simplemente, la verdad y, como tal, tenía que ser asumida.
**Un camino nada más, porque la resignación, presupone no asumir la vida.
***Curiosamente, si hubiera escrito "volitiva" en vez de caprichosa. ¿En qué cambiaría?

viernes, 27 de junio de 2008

SHADOWLANDS



Quizás sea la historia en la que mejor vi reflejado el Sentimiento trágico de la vida del que nos habla Unamuno. Narra lo que, con pequeñas variaciones, le pasa a todos los hombres, pero le pasó a uno en particular: C S Lewis, ese catedrático inglés un tanto trsite y un tanto gris que escribiera las Cónicas de Narnias, y que viera morir a Dios en la muerte de su amada...
¡ACCIÓN!

Tragedia, pasado y misericordia. Un acercamiento a la obra de Ross Macdonald

  Nadie debería dejar este mundo sin haber leído a los cuatro grandes autores de la tragedia ática: Esquilo, Sófocles, Eurípides y Ross Macd...