
....Uno compra una mesa. Si uno tiene sangre en las venas, si uno no es un imbécil que pretende ver pasar la vida sin ilusión, sin arrebato, sin placer y dolor (que son las dos caras de una moneda que se acepta o rechaza)… En fin, si uno tiene algo de hombre, compra esa mesa para que le sirva. ¿Servir para qué? Para comer ahí; para escribir mundos que no existen y deberían; para desordenar los libros que nos desordenan; para que el vaso y el vino se encuentren; para que dos cuerpos se encuentren con violencia, avergonzando al mismo Diablo (ese idiota que no sabe que el amor, el verdadero amor, es peor que la lujuria); para llorar un desencuentro; para putear a Dios golpeándola (putearlo por no existir o por existir y no hacer nada); para esperarla…
....Entonces, viene un imbécil y dice: “Inventé el mantel para cuidar la mesa; porque es el hombre el que sirve a la mesa, es el hombre el que sirve a lo útil: y vale más un metro de pino que un alma.”
....Pasan uno o dos días (que la idiotez es rápida) y otro imbécil dice: “Cuidado: no manches el mantel, que se compra con dinero.” Entonces uno quisiera tomar prestada su mujer y mostrarle para qué sirven las mesas… Pero no; uno está amaestrado ya, y ni hablar de su mujer, que ya es cosa envuelta en tedio… Y, finalmente, uno se cuida de no manchar el mantel que cuida la mesa, que cuida todas sus plegarias… ¡Aunque uno sabe (y bien que sabe) que vale más un alma!
....Mi mesa está, lo juro (y acá ya no hay literatura) mordida por los perros, manchada, herida y mutilada, por las almas que quiero, por las que anhelo, por esa que me falta…
Por eso odio, ODIO, los manteles.
______________
PD (a 6 horas después): Y olvidé lo peor: vino otro e inventó el cubre mantel, que es de plástico y se pega en la piel con una caricia estúpida. (¿Cómo pueden soportar algunos que la mujer que aman toque esa basura?) Un día vamos a despertar para escuchar que digan que el mundo no está ahí para que el hombre toque, para que el hombre sienta: a mí matenme antes..
