
De todo interrogatorio es posible obtener la verdad del reo, siempre y cuando sepamos de antemano qué verdad deseamos obtener. Cierta tarde, el compositor Héctor Berlioz fue arrestado en Niza por sospechas de conspiración. Su suspicaz captor, cuyo insigne nombre no salvó la celosa historia, lo interrogó de este modo:
–¿Es usted pintor?
–No, señor;soy músico.
–Sin embargo, se lo ve por ahí con un libro de bocetos ¿Está haciendo planes?
–Sí, para una obertura de "El Rey Lear". De hecho, ya terminé la instrumentación...
–¿Quién es ese Rey Lear?
–Ay de mí, un pobre y viejo rey inglés.
–¡Inglés!... ¿Y esa palabra: "instrumentación"?
–Un término musical.
–Otra vez la misma excusa. Bien, señor, sé perfectamente que nadie compone sin piano, vagueando por la playa con un cuaderno. Dígame dónde desea ir y se le extenderá un pasaporte: usted ya no puede permanecer en Niza.
–Muy bien, volveré a Roma y, con su permiso, seguiré componiendo sin piano.