viernes, 29 de agosto de 2008

DULCE ES EL FRUTO DE LA ADVERSIDAD


“Del dolor se aprende”, afirma el refrán popular*. Es triste confirmar, otra vez, que las fórmulas de la resignación tienen siempre un sabor agridulce. Cada nuevo dolor nos hace esperar menos, de modo que uno puede aprender a desear menos y evitar un dolor innecesario. Es cuestión de economía, de sensatez. Pero ¿ser mediocres en el deseo, lo único que realmente depende de nosotros, es, entonces, la lección a aprender? Se nos podrá decir, también, que con cada nuevo golpe nos volvemos más insensibles al dolor. Eso suena un poco más prometedor, si no fuera porque dolor y placer son las dos caras de una misma moneda. Volvernos insensibles a uno, tiene por precio ser insensibles al otro. Y, quiéranlo o no, esta filosofía de la fortaleza espiritual, tiene siempre algo de despecho, de rencor. No dudo que el dolor tenga mucho que enseñar, pero dudo que sea algo que queramos aprender o aceptar. Al menos, dudo que sea algo que yo quiera aprender o aceptar.

Creo que es preferible, pese a todo, mantener la esperanza. Se trata de una esperanza (como toda esperanza) ingenua e infundada; la esperanza de que no importa cuántas veces nos toque vivir el dolor, mientras nos esté deparado el placer en algún momento. Y no tiene sentido sopesar los pro y los contra, porque entre más veces hayamos sufrido, más valor tendrá el goce, más inmenso, más inconmensurable se verá a nuestros ojos, por obra y gracia de la bendita relatividad mal entendida. Y porque, como decía el maese Shakespeare:

“Dulce es el fruto de la adversidad”**

ERGO: Sólo es posible aprender del dolor, si le tememos. Los valientes, que desdeñan el temor, desdeñan, también, las enseñanzas del dolor. Y esperan… esperan impacientes, un nuevo desafío.

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*“Al que madruga, Dios lo ayuda”/ “No por mucho madrugar se amanece más temprano” ¿Cómo puede creer alguien que va a encontrar sabiduría en los refranes?
**Curiosamente, el personaje que dice esto en “As you like it”, se llama Federico.

domingo, 24 de agosto de 2008

INNOVACIONES OCULTAS



Ansiamos la renovación, la innovación, pero la perseguimos de un modo equivocado. Los grandes cambios, los más profundos cambios en la sensibilidad estética de los hombres, se dan de un modo tímido, casi secreto y suelen ser paulatinos. A tal punto es así que, muchas veces, somos incapaces de reconocerlos o, incluso, de juzgarlos como tales una vez nos son expuestos. Alguna vez, más con ánimos de escandalizar que de debatir, de sorprender, más que de convencer y, acaso, de ejercer la sofística más que de pensar, afirmé taxativamente que la innovación era el más pobre de los recursos creativos. Si bien no pienso realmente así, creo que la afirmación sirve como tirón de oreja a muchos innovadores de oficio, que harían bien en aprender las escalas antes de pretender salirse de ellas. Es muy fácil rebelarse en contra de normas a las que nunca nos vimos sometidos; burlar cánones a los que nunca supimos responder. En especial, cuando el canon de nuestro tiempo consiste, precisamente, en rebelarse.*

Nuestro tiempo ha visto enormes innovaciones formales y temáticas en la poesía; el mundo de las posibilidades creativas se volvió mucho más amplio desde Whitman y el simbolismo francés, pero yo sigo creyendo que el más sorprendente cambio en (hacia) nuestra sensibilidad no fue logrado por ningún escritor, sino por algunos lectores, y consiste en el paso de la declamación al tono íntimo. Homero escribía para ser declamado o cantado en el ágora, Verlaine, exige una lectura silenciosa, personal e íntima. Ninguna estructura formal envejeció; seguimos gozando de Quevedo y Cervantes y, muchas veces, los sentimos más contemporáneos que ciertos contemporáneos. Sólo que los leemos de otro modo; sin la voz engolada del radioteatro, sino con la serenidad reflexiva que nos exige nuestra sensibilidad.

El ejemplo que tomé de YouTube, es la lectura del Soneto 18 de William Shakespeare hecha por un amigo de la casa, Mr Peter O’Toole, cuya traducción es, más o menos esta:
¿He de compararte a un día de verano? Tú eres más hermoso y más templado: tempestuosos vientos sacuden los queridos capullos de mayo, y los pastos del verano tienen vida demasiado corta. En ocasiones muy caliente brilla el ojo del cielo y a menudo está su complexión de oro oscurecida, y toda belleza desde la belleza a veces declina, por el azar o el curso cambiante de Natura, estropeada; pero tu eterno verano no se marchitará ni perderá posesión de esa belleza que tienes, ni alardeará Muerte de que andas a su sombra, cuando en eternas líneas para siempre muestres: mientras los hombres respiren o los ojos vean, mientras, vive esto, y esto te da vida a ti.
Shakespeare nunca lo hubiera recitado así.
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*El gol de la mano de Dios a los ingleses es sorprendente porque lo hizo el hombre que mejor usaba sus pies. Cuando lo hace el 4 de Defensa y Justicia, resulta grosero y exigimos la tarjeta amarilla.

viernes, 22 de agosto de 2008

DE LA EXISTENCIA DE LA INTUICIÓN O ME HIRVE LA CABEZA


¿Existe la intuición o se trata de una excusa para asumir como innegables nuestras presunciones? La incertidumbre es, para todos, muy dolorosa, asfixiante, ¿es la intuición un artificio para liberarnos de ella, un autoengaño necesario para evitar sufrir?

Las mujeres suelen afirmar, no sólo que la intuición existe, sino que, además, están favorecidas con este don en mayor medida que los hombres. Yo tuve, más de una vez, indicios que me llevaron a creer que esto era cierto, pero tengo mis dudas. A veces, creo que son macanas de las minas para enojarse a pesar de que nos hayamos limpiado, cuidadosamente, el rouge. Pero de existir este don, afirmo que es el más envidiable que pueda existir; sinceramente, creo que seríamos mucho más felices (o al menos, mucho menos desdichados) si pudiéramos percibir claramente lo que el otro siente; yo nunca veo la pared hasta que me da en la nariz y empiezo a creer que esta idiotez intuitiva es una tara imperdonable.

En el arte todo es más sencillo; siempre hay un orden, un cosmos perseguido; cuando veo a Denis Qwaid dejar la banda de capitán del equipo en el banco de suplentes y caminar cabizbajo hacia las gradas, entiendo que se resignó a que nunca va a llegar a ser mariscal de campo en las ligas mayores. Pero en la vida real esas señales no existen y las otras señales, aquellas más groseras que los demás nos envían, son construidas en base a signos o asociaciones de ideas que parecen claros para el que los envía, pero que, en muy raras ocasiones, lo son para el que debería recibirlos.

Para muchos de nosotros, la única forma de acceder a lo que los demás sienten o piensan es escucharlos, pero el problema es que lo que los demás dicen es lo que pueden o quieren decir y no lo que realmente quieren dar a entender. En ese caso, la falencia intuitiva se torna muy peligrosa, porque aquello que los otros callan o mienten para protegernos o evitar herirnos, termina por lastimarnos más que la brutalidad de lo explícito.

Lo peor de todo es que para suplir esa falencia, haría falta una inteligencia prodigiosa que no poseo. Por eso me gustaría transformar la pregunta retórica del comienzo de este post en una pregunta directa: ¿Existe la intuición? ¿Cómo se desarrolla? ¿Realmente se habrá resignado Denis Qwaid?

jueves, 21 de agosto de 2008

NAUFRAGIOS


Un pescador, un verdadero hombre de mar, tiene una relación especial con la vida, porque la muerte vive junto a él. El mar es un monstruo dormido, que de un solo zarpazo puede hundir un barco hasta el fondo de su estómago, tragándoselo en una bocanada de agua y furia, apagando la vida de cien hombres en menos de un segundo, con la frialdad con la que un hombre apaga una vela. Y mueren en un segundo, porque la mayoría no llegan a ahogarse, mueren al instante de ser devorados por el mar... "Los médicos le dicen 'muerte por inmersión'", cuenta Amílcar. Uno puede reconocer a estos muertos de un ahogado con sólo verlos, porque el ahogado tiene la cara desfigurada por el miedo y ellos, a lo sumo, mueren con un gesto de sorpresa, de estupor.
Pero eso sólo puede verse si se encuentra al pobre infeliz, porque la mayoría de los hombres que mueren en el mar no vuelven nunca. Amílcar Zorpodín lo sabía y a él mismo le había tocado perder más de un amigo en el mar.
––Uno sabe que ya es viejo––, decía a quien quisiera escucharlo, a quien se resignase a escucharlo, ya borracho y ronco, ––uno sabe que ya es viejo cuando no le alcanza la memoria para contar a los hombres que vio morir en el mar, cuando ya no puede recordar tanto nombre, tanta cara que el mar se tragó delante de uno. La muerte es sucia, muy sucia, m’hijo–– dice el viejo cuando la ginebra lo entierra en lo más hondo, en lo más frío de su tristeza.
Y entonces, si uno sabe ver, ve que esas palabras no son huecas, porque el viejo centenario muerde con odio, como buscándose los dientes que el tiempo le fue robando, al mencionar a la muerte; porque el viejo no se resignaba a morir, a pesar de los años o, quizás, precisamente por los años que ya le encorvaron el cuerpo y le cargaron de sombra sus ojos imposiblemente azules, y de artritis sus huesos y de temor el alma.
Aloir

domingo, 17 de agosto de 2008

TRES PESADILLAS


La piba del parche

La primera imagen del sueño es la de una larga mesa en donde veo sentados a varios amigos. Están cenando y noto que estamos en una fiesta, quizás un casamiento. La mesa está hecha con tablas y caballetes y el mantel es de papel. Después aparece ella; pasa por delante y me desarma. Tiene una cara muy triste, trágica. El pelo es muy negro y le cae en flequillo sobre la frente. Lleva una remera de manga larga que tiene estampado un dibujo en el pecho en lila y violeta. Pero nada es más cautivante que el parche negro sobre el ojo que es, también, un poco grotesco, al estilo de los piratas de las películas. Me cruzo delante de ella y hago un movimiento extraño para evitar que se siente junto a alguien que creo que va a gustarle más que yo. No sé si en el sueño ella lo nota. Me quedo al lado suyo y hablamos un poco, no sé de qué. Entonces, nos cuenta algo muy triste a todos (un desengaño) sin inmutarse, como si contara el argumento de una novela. Nadie parece conmoverse con esa confesión, como si fuese un comentario fático. Después hay un vacío; un quiebre en la continuidad del sueño. Estamos parados en medio del salón, mientras los otros bailan y ella llora y sale corriendo. Corro detrás de ella y violentamente, dolorosamente, descubro que estoy soñando, que nada de eso es real. La veo bajar por una escalera fastuosa de mármol blanco hacia un hall palaciego, que contrasta mucho con el clima humilde del salón del que venimos. Yo siento una gran angustia porque sé que voy a despertar, que no voy a poder alcanzarla. Entonces la tomo de un brazo, gira, pone su cabeza en mi pecho y llora. Yo le juro algo, no sé muy bien qué y la beso. Después despierto. Durante muchos años llevé en mi bolsillo el dibujo que hice de esa cara.


Los leones

Estoy en el asiento de acompañante de un viejo Falcon que tenía mamá cuando era chico. Estoy cerrando la guantera y veo que mi mano es la de un pibe. Me veo a mí mismo desde la mirada del conductor y veo que tengo 10 o 12 años. Otra vez veo la guantera y miro hacia mi izquierda; la que maneja es mamá. Vamos por una autopista muy rara, con enormes muros de concreto a los costados. Delante nuestro, un enorme puente (que es también un edificio enorme) une los muros de cada lado. Encima de ese puente-edificio se asoma la cabeza de un enorme león que me asusta; tardo un segundo en darme cuenta de que está momificada, muerta. Pero los ojos son demasiado humanos y eso me deja intranquilo. Pasamos por debajo del puente y mamá estaciona el coche en medio de la autopista, detrás de una larga fila. “Acá trabaja papá”, me dice. Salimos del coche y veo que sobre el muro de la izquierda están parados, sobre una enorme grada, otros leones iguales, no sé muy bien cuántos; también están disecados. Sólo se ven sus cuartos delanteros; el resto se pierde detrás de un nuevo muro de concreto. Subimos por una larga escalera y vemos a papá, que empieza a hablar de la importancia de ese edificio, de lo que se hace ahí. Veo, sin sorpresa, que mientras habla se queda calvo. Me doy cuenta de que está mintiendo o de que lo que dice no me importa y asomándome por la ventana le pregunto por los leones. (A partir de ese momento mamá ya no está, estoy solo con él). Sin gran interés, me dice: “No están muertos: mirá” y abre otra ventana desde la que puedo ver atrás del muro. La imagen es muy violenta, porque los cuartos delanteros de los leones son terribles, poderosos y los cuartos traseros son endebles, raquíticos. Papá deja caer una hoja seca de árbol sobre uno de los leones; la hoja cae en el viento con movimiento pendular, como una pluma y, cuando cae sobre la cadera de uno de los leones, veo como sus piernas empiezan a temblar por el peso de la hoja. Entonces, todos los leones empiezan a gemir. Papá desaparece del sueño y con tristeza veo que los leones se arrojan desde lo alto del muro hacia la autopista; me doy cuenta con dolor que lo que veo es un suicidio. Los leones, entonces, son perfectos; los cuartos traseros son también poderosos ahora, y se vuelven hermosos. Pero también pasan a tener sólo dos dimensiones, como si estuvieran dibujados sobre papel y no caen pesadamente, sino del mismo modo que la hoja seca, como si fueran plumas. Detrás del muro superior, donde queda el agujero en donde estaban atrapados los leones, abajo, muy abajo, veo a un hombre gordo de bigotes vendiendo choripanes desde un puestito en una calle y esa visón, tan contrastante con el resto del sueño me angustia y despierto.


Sueño que despierto

En ese tiempo entraba a trabajar a las 6 de la mañana y tenía que levantarme a las 5. Mi trabajo era espantoso (el mismo que tengo hoy) y me acosté muy tarde, con miedo de quedarme dormido porque no tenía un despertador. La pesadilla es muy simple; sueño una y otra vez que despierto y voy al trabajo, pero algo en determinado momento me revela que sigo dormido (unas veces, descubro que hay demasiado sol para la hora que es, otras, descubro que apagué un despertador que no tenía, o veo que el paisaje que veo desde el colectivo es irreal, etc) Me esfuerzo por despertar una y otra vez y cada vez que descubro que sigo soñando siento más angustia, porque siento que es más tarde, cada vez más tarde. Cuando finalmente despierto, siento mucho miedo por unos minutos, miedo de estar todavía dormido y no despertarme nunca.

sábado, 9 de agosto de 2008

BEIJING 2008 (OTRO POST INTEMPESTIVO)


BEIJING. ENVIADO ESPECIAL: Una cultura milenaria y misteriosa, oculta siempre a los ojos de occidente, una flor prohibida abriéndose a nuestros ojos. Interminables dinastías, cosmogonías, religiones, filosofía, revolución, arte… He ahí China que se abre, por fin, al mundo y nos muestra lo que, por siglos, esperábamos ver: 15.000 gimnastas en escena en una precisa coordinación; cada hombre en su sitio, bien aprendida su parte; un ejército de terracota vivo (¿vivo?); un espectáculo imperial, fastuoso, feudal; una maquinaria perfecta, inhumana… Cada hombre en su sitio y cada sitio en su hombre, para que lo que pase no sea el hombre, sino la cosa*, para que no exista el menor peligro de que la fiesta se transforme, efectivamente, en una fiesta.

¿Por qué nos fascinará tanto la idea de suprimir nuestra identidad, de renunciar a lo imprevisto, de comportarnos como microorganismos, como hormigas? ¿Por qué (me pregunto con cierto temor) me fascinará tanto, incluso, a mí? Y todo para rendir tributo al deporte que es, precisamente, el amor a lo imprevisto, a lo individual, a lo heroico. ¿Será que queremos convertir, también, en eso al deporte? ¿Será por eso, por ejemplo, que el fútbol se parece cada vez más al metegol y que el público se preocupa tanto en ensayar la ola?

Para mí el deporte va a seguir siendo siempre esa colección de cosas imposibles: saltar más de 8 metros, correr 100 metros en menos de 10 segundos… En fin, lo que los griegos (que inventaron las Olimpíadas) llamaban hubris, una palabra con exagerada fama de intraducible, que significa: “querer cagar más alto que el culo, ser uno su propio Dios aunque a Dios no le guste, no aceptar límites ni capitulaciones, ser un hombre y no una hormiga… Tirar un caño cuando todo el mundo espera un centro, cuando el mediocre exige un centro.”
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*“¿Qué cosa?” “Maravillosa” Un chiste un poco amargo, porque la cosa es siempre un gran misterio. A veces le dicen Dios, otras Justicia, Moral y Buenas Costumbres, Orden y Progreso, Ley Natural… Tenga el nombre que tenga, uno debe sacrificarse a la cosa; sacrificar la identidad, el deseo, el alma, lo que haga falta, lo que la cosa exija.

jueves, 7 de agosto de 2008

CORTESÍA


El compositor Johannes Brahms era un hombre cordial, pero, aún así, solía sorprender a quienes lo trataban con salidas francamente groseras. Él mismo, al despedirse de una reunión social, solía sintetizar esta dualidad con la siguiente frase: “Si he omitido insultar a alguien, me disculpo”

...A PRIMERA VISTA



En nuestra adolescencia, con el descubrimiento de nuestra sexualidad, comenzamos a construir la imagen de la persona deseada. Aunque, tal vez, la palabra imagen no alcance a describir esa suerte de huella o modelo que no siempre es visual. Muchas veces buscamos olores, miradas, caracteres, virtudes e, incluso, vicios o defectos. Es posible que el resto de nuestras vidas no hagamos más que buscar llenar ese vacío.

No sólo creo en el amor a primera vista; estoy convencido de que es el único modo de amor posible, no porque nos enamoremos de alguien al instante, sino porque ese alguien viene a llenar ese espacio, a hacer objetivo ese ideal. De algún modo, incluso antes de conocerlo, ya lo amábamos.

Creo que la mejor analogía es el humor. Hay cosas que, simplemente, nos hacen reír. Podemos tardar en entender, podemos resistirnos a la tentación, pero, tarde o temprano, la risa y el amor estallan en nosotros. Para bien o para mal, se nos imponen, nos vences irremediablemente. No existe, por lo tanto, un ir enamorándose, solamente personas más o menos rápidas para entender los chistes, o, acaso, más o menos valientes en notarlo, en reconocerlo. Para esas personas queda un consuelo: “El que ríe al último, ríe mejor.”

La secuencia (un poco larga, lo sé) pertenece a la película “El marido de la peluquera.” La vi por primera vez en la adolescencia, cuando estaba empezando a tratar de entender de qué se trataba el tema este de las mujeres. Por eso, es posible que todo lo anterior no valga sino como una verdad personal, como mí verdad. Hoy, después de tantos años, creo que siempre fui el personaje de Jean Roquefort, nada más que con un poco menos de suerte. ¿Pero qué quieren que les diga? Aunque mi suerte siga siendo esperar en la escalera, preguntándome si Ella lo sabe, si le importa, la idea es demasiado poética para renunciar a ella… Prefiero creer que todos tenemos nuestra peluquera.

Kierkegaard, según supe hace un tiempo, decía que si todos los hombres, salvo él, ganaran el Cielo, aun desde el Infierno iba a aplaudir la misericordia de Dios. No sé si Dios existe (ni me importa), pero sé que el amor sí. Hoy vengo, entonces, a aplaudir su maravillosa obra y a cortarme un poco el pelo, aunque no haga falta todavía.

martes, 5 de agosto de 2008

ABRACADABRA


Siempre creí (sigo creyendo) que un truco de magia no está completo hasta que no nos dicen cómo se logra la ilusión. Hay quienes afirman que esta revelación aniquila la magia. Yo creo que ese riesgo no existe, porque la única magia posible, la única magia real, es puesta por nosotros, por nuestro deseo de suspender nuestra credulidad, de aceptar el artificio. ¿No están hartos del tipo de la segunda fila que se queja diciendo: “Mirá si la carta va a desaparecer en serio; es todo mentira: seguro que ese René Lavand se la mete en la manga”? ¿No están hartos de que ese tipo se sienta engañado, de que se sienta inteligente? ¿No están hartos, en fin, del cinismo? El cinismo es la prueba viviente de que nada va a lograr conmovernos si no permitimos que lo haga.

Quejarse de que Paul Newman use un doble, de que Lorca haya escrito “La casada infiel” siendo homosexual, de que el guitarrista estudie armonía en vez de aprender de oído, es no entender la magia.

Por supuesto, toda revelación es, también (bien ejercida) una forma de arte, un guiño a la inteligencia del espectador y todo exceso en el ocultamiento es una forma de mezquindad. Pienso ahora, por ejemplo, que pocas cosas me han conmovido y halagado tanto como saber (a su debido tiempo) el trabajo que se había tomado alguien para seducirme; los curiosos y, a veces, cándidos mecanismos que habían sido puestos en funcionamiento. ¡Y qué dulce el fruto de ese engaño!

domingo, 3 de agosto de 2008

MEMENTO VIVES


¡Acuérdate de que vives y apronta tus ejércitos! La guerra está perdida, la batalla no… Eleva estandartes de alegría en tus murallas; apura el vino del placer y desprecia el del dolor; cambia el cuidado de los besos esquivos por la espera de otros besos; destierra de tu casa el amargo olor del tedio; limpia tus ojos de locura y de miedo para vestirlos otra vez de luz… Busca respuestas en el forzado insomnio, no el nepente de los débiles...

Aunque las horas del dolor sean lentas, aunque a tu mesa se siente otra vez la muerte, aunque no haya razones: Insiste… Insiste hasta que el mundo se canse o se avergüence de no complacerte. Mientras corran los relojes, mientras sientas el tic-tac sediento, amenazante, no te rindas. ¡Acuérdate de que vives!

I'M A LOSER



“Las 100 canciones más famosas de los ’90”, prometía el sitio de la inagotable red de redes. Alguien se tomó el trabajo de cortar-pegar sobre el buscador de Youtube aquellos títulos inolvidables; cada nueva canción traía un estribillo memorable, una nueva anécdota (a veces inconfesable) y esa mezcla de tarareo y berrido de quien no habla muy bien inglés pero no quiere quedarse afuera. Se movieron algunos piecitos para seguir el ritmo y hasta hubo algunas miradas cómplices. Todo parecía muy divertido… salvo para mí, que no conocía ninguna de esas canciones. Solamente una:

"Soy un perdedor...
I’m a loser, baby,
So why don’t you kill me"


El vino melancólico ocupó en mi juventud el lugar de ciertas aventuras para las que ya es muy tarde. ¿Por qué me esfuerzo tanto en ser un triste? No sé, pero mantengo la esperanza de despertar un día y haber cambiado. Quisiera dejar de buscar imposibles, de condenarme al dolor. No porque quiera resignarme a la mediocridad, sino porque empiezo a creer que lo hago a propósito, que encuentro cierto solaz en la autocompasión.
Con los años aprendí que uno no debe esperar que el mundo le provea alegría o bienestar; es uno el que debe construirlos, pelear por esa ficción arbitraria: conquistarla. Tal vez un día logre hacer lo mismo con el placer y hasta llegue a ser feliz, antes de que sea tarde para toda aventura.

viernes, 1 de agosto de 2008

POR QUÉ ODIO LOS MANTELES


....Uno compra una mesa. Si uno tiene sangre en las venas, si uno no es un imbécil que pretende ver pasar la vida sin ilusión, sin arrebato, sin placer y dolor (que son las dos caras de una moneda que se acepta o rechaza)… En fin, si uno tiene algo de hombre, compra esa mesa para que le sirva. ¿Servir para qué? Para comer ahí; para escribir mundos que no existen y deberían; para desordenar los libros que nos desordenan; para que el vaso y el vino se encuentren; para que dos cuerpos se encuentren con violencia, avergonzando al mismo Diablo (ese idiota que no sabe que el amor, el verdadero amor, es peor que la lujuria); para llorar un desencuentro; para putear a Dios golpeándola (putearlo por no existir o por existir y no hacer nada); para esperarla…

....Entonces, viene un imbécil y dice: “Inventé el mantel para cuidar la mesa; porque es el hombre el que sirve a la mesa, es el hombre el que sirve a lo útil: y vale más un metro de pino que un alma.”
....Pasan uno o dos días (que la idiotez es rápida) y otro imbécil dice: “Cuidado: no manches el mantel, que se compra con dinero.” Entonces uno quisiera tomar prestada su mujer y mostrarle para qué sirven las mesas… Pero no; uno está amaestrado ya, y ni hablar de su mujer, que ya es cosa envuelta en tedio… Y, finalmente, uno se cuida de no manchar el mantel que cuida la mesa, que cuida todas sus plegarias… ¡Aunque uno sabe (y bien que sabe) que vale más un alma!
....Mi mesa está, lo juro (y acá ya no hay literatura) mordida por los perros, manchada, herida y mutilada, por las almas que quiero, por las que anhelo, por esa que me falta…
Por eso odio, ODIO, los manteles.
 

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PD (a 6 horas después): Y olvidé lo peor: vino otro e inventó el cubre mantel, que es de plástico y se pega en la piel con una caricia estúpida. (¿Cómo pueden soportar algunos que la mujer que aman toque esa basura?) Un día vamos a despertar para escuchar que digan que el mundo no está ahí para que el hombre toque, para que el hombre sienta: a mí matenme antes.
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