
Vueltas y vueltas da en mi cabeza, en esta tarde un poco tediosa y mustia, esa cita un tanto cruel de André Gide: “Con buenos sentimientos se escribe pésima literatura.” ¿Suena cierta sólo porque es irónica, sólo porque es cruel? Realmente no lo creo. Un poco harto de los artistas políticamente correctos de técnica mediocre, de improvisados estéticos “profundamente humanos”, me pregunto ¿por qué razón confundimos con tanta facilidad la emoción estética con la sentimental o moral? Es decir: ¿Por qué creemos que la sinceridad y la honestidad son valores estéticos? ¿Por qué nos resulta tan difícil diferenciar una cosa de otra? A nadie se le ocurriría pensar que la obra de Heráclito tiene un mayor grado de verdad por estar escrita en verso. ¿Por qué, en cambio, pensamos que un poema es mejor, en tanto objeto estético, porque exprese mejor una supuesta Verdad Moral?
Tiendo a creer, incluso, que la emoción paraliza al creador. Los peores versos se escriben bajo el influjo de grandes pasiones. Que estas pasiones sean indispensables para la creación posterior, es algo que no me atrevo a negar, pero se escribe mucho mejor una vez superadas. Pienso ahora, también, en el apasionado Verlaine y en dos de sus más famosos versos:
Tiendo a creer, incluso, que la emoción paraliza al creador. Los peores versos se escriben bajo el influjo de grandes pasiones. Que estas pasiones sean indispensables para la creación posterior, es algo que no me atrevo a negar, pero se escribe mucho mejor una vez superadas. Pienso ahora, también, en el apasionado Verlaine y en dos de sus más famosos versos:
A nos qui ciselons les mots comme des coupes
Et qui faisons de vers émus très froidment*
Et qui faisons de vers émus très froidment*
Fríamente conmovidos… Con un pie en la experiencia del dolor y otro en la genialidad estética, en el dominio de su (de nuestro) arte: así se escribe. Lo que hace al poeta no es la experiencia del dolor, ni su candidez humana, ni su sinceridad, sino de qué modo se vale de ellas, cómo las vuelve material de su creación, a través de su dominio sobre el material de su creación (el lenguaje) y sobre los mecanismos creativos propios de su género.
Y, al fin de cuentas, un hombre verdaderamente apasionado (y todo artista debería ser de este tipo de hombres) no va al velorio de su madre a escribir versos, sino a llorar; como Dios manda o, mejor dicho; como la ausencia de Dios manda. Después, si encuentra la manera digna de honrar ese dolor (y sólo si la encuentra), lo hace. Entonces, sólo entonces, ese dolor puede acceder a la categoría de lo artístico.
Y, al fin de cuentas, un hombre verdaderamente apasionado (y todo artista debería ser de este tipo de hombres) no va al velorio de su madre a escribir versos, sino a llorar; como Dios manda o, mejor dicho; como la ausencia de Dios manda. Después, si encuentra la manera digna de honrar ese dolor (y sólo si la encuentra), lo hace. Entonces, sólo entonces, ese dolor puede acceder a la categoría de lo artístico.
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*A nosotros, que cincelamos las palabras como copas/ Y hacemos los versos muy fríamente emocionados