“Las 100 canciones más famosas de los ’90”, prometía el sitio de la inagotable red de redes. Alguien se tomó el trabajo de cortar-pegar sobre el buscador de Youtube aquellos títulos inolvidables; cada nueva canción traía un estribillo memorable, una nueva anécdota (a veces inconfesable) y esa mezcla de tarareo y berrido de quien no habla muy bien inglés pero no quiere quedarse afuera. Se movieron algunos piecitos para seguir el ritmo y hasta hubo algunas miradas cómplices. Todo parecía muy divertido… salvo para mí, que no conocía ninguna de esas canciones. Solamente una:
"Soy un perdedor...
I’m a loser, baby,
So why don’t you kill me"
I’m a loser, baby,
So why don’t you kill me"
El vino melancólico ocupó en mi juventud el lugar de ciertas aventuras para las que ya es muy tarde. ¿Por qué me esfuerzo tanto en ser un triste? No sé, pero mantengo la esperanza de despertar un día y haber cambiado. Quisiera dejar de buscar imposibles, de condenarme al dolor. No porque quiera resignarme a la mediocridad, sino porque empiezo a creer que lo hago a propósito, que encuentro cierto solaz en la autocompasión.
Con los años aprendí que uno no debe esperar que el mundo le provea alegría o bienestar; es uno el que debe construirlos, pelear por esa ficción arbitraria: conquistarla. Tal vez un día logre hacer lo mismo con el placer y hasta llegue a ser feliz, antes de que sea tarde para toda aventura.