jueves, 8 de noviembre de 2012

JAQUE




....Muchos problemas. Demasiado metido en el mundo. Demasiado incompetente para el mundo.

lunes, 5 de noviembre de 2012

REGALO AZTECA


TUÉRCELE EL CUELLO AL CISNE

 


Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
el alma de las cosas ni la voz del paisaje.
.
Huye de toda forma y de todo lenguaje
que no vayan acordes con el ritmo latente
de la vida profunda. . .y adora intensamente
la vida, y que la vida comprenda tu homenaje.
.
Mira al sapiente búho cómo tiende las alas
desde el Olimpo, deja el regazo de Palas
y posa en aquel árbol el vuelo taciturno…
.
Él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio nocturno.


sábado, 27 de octubre de 2012

DEL SENTIDO COMÚN



,,,,Sentido común, sentido común... ¡Estoy harto de oir hablar del sentido común! ¿No es, acaso, el sentido común el que justificó la venganza encarnada en el Talión, al racismo, al desprecio a la mujer y al extranjero? Cuando un canalla se queda sin argumentos, siempre apela al sentido común. Y es que el sentido común coincide siempre, curiosamente, con la defensa de los intereses de quien lo invoca. El sentido común es el discurso del amo.

sábado, 8 de septiembre de 2012

BRÚJULAS



Con algo de reloj visto en un sueño
y algo de ave dormida que se mueve
JLB

,,,,Toda esa gente culta y psicoanalizada; segura de sí misma y absolutamente honesta; despreocupada de lo que piensen los demás; tan segura de que Dios existe y tan segura de que Dios no existe; sensatas en el amor y en la guerra; toda esa gente, en fin, higiénica, preguntándose qué interés deberían encontrar en el arte… ¿Acaso, sin sentirse perdidos, es posible encontrar interés en una brújula?,,,

viernes, 7 de septiembre de 2012

FRANÇOIS VILLON, POETA Y BANDIDO


Capítulo Primero 

En que françois villon comienza a narrar, pluma currente y, 
casi por azar, los primeros hechos
y circunstancias de su malhadada historia



¡Me cago en Dios! Llevo diez, veinte días tirado en este chiquero sin mover un dedo y no mejoro; a veces el dolor es tan fuerte que preferiría morirme a aguantar un día más así, sintiendo como mis riñones se inflaman de mugre y pus. Para colmo se acabó el aguardiente y ahora no me queda más remedio que escribir (yo, que había jurado no volver a escribir una sola línea); era eso o ponerme a ver como mi cuerpo se iba pudriendo por la gangrena, hinchándoseme la barriga como la de un capón. Me parece mentira estar tirado en esta cama sucia, que alguien se tomará el trabajo de quemar una vez que muera, tan viejo y tan cerca de la muerte que da lástima verme... Lástima a cualquiera, por supuesto, menos a mí, que me he pasado la vida abrazando al odio como a una virgen fabulosamente bella, que viniera a salvarme de mi humana miseria... Pero, ¡qué estoy diciendo! ¡Ahí voy otra vez a hacer la del poeta: no aprendes nunca François; te estás volviendo un viejo imbécil! Sí, es eso, precisamente eso; un pobre viejo imbécil. Y es curioso como la vejez nos vuelve niños de nuevo; hace unos minutos me descubrí, asombrado, mirando como mis dedos jugaban a desarmar un rayo de sol, con esa inocencia que ya creía perdida para siempre, como un gato aburrido después de su siesta. (Salvo que yo ya no sé qué cosa es dormir... ¡Si supierais cómo me duelen los riñones!) ¿Cuánto tiempo llevaba sin pasármela así; tirado en la cama, jugando con los rayos del sol que caen en mi cara desde el vano de la ventana, de un sol que me trae la triste bendición de una tarde que no me tocará gozar? ¿Cuánto llevaba (me pregunto) sin pasármela en ese juego ridículo y, a la vez, tan cautivante? ¿Treinta? ¿Cuarenta años? Todavía recuerdo como gozaba de la holgazanería en mi juventud, cuando fatigaba los infatigables burdeles y tabernas de la ciudad en busca de inspiración, de placer o de un mero placebo a mi hastío...
¡Pero qué torpe soy! ¿Es que todavía no he aprendido a escribir una simple historia? Porque, aunque sepa que nadie va a leer esto y que, muy probablemente, sea yo mismo el que se encargue de echar al fuego estas páginas, ¿no aprendí, acaso, que siempre debo escribir como si alguien fuera a leerme? ¿Cómo podría, entonces, empezar a contar mi vida o, mejor dicho: a contártela (¡qué curioso artificio!), sin antes presentarme, sin empezar, a fuer de buen cristiano, por el principio? Empecemos pues:
Mi nombre, ante Dios y ante los hombres de buena o mala voluntad, es François de Montcorbier. Es probable, sin embargo, que, si sois aficionados a las crónicas delictivas o a cierto tipo de caprichos verbales, me conozcáis más como François Villon. He nacido, como ya he dicho alguna vez, cerca de Pontuesa, en un pequeño suburbio (una tal París, si mal no recuerdo), cuna de algunos de los mejores bribones de Francia, lugar en el que me tocó vivir por algunos años y del que, finalmente, fui desterrado con todos los honores que demandaba mi nunca desmentida alcurnia de truhán y sieteoficios. En cuanto a esos medios de subsistencia, sólo me resta decir, por el momento, que en mi infeliz tránsito por la existencia, me ha tocado ejercer los poco rentables oficios de ladrón y poeta. Poco rentables y, debo admitirlo, poco loables también; en especial en lo que se refiere al segundo de ellos, al que debo, tan sólo, la ejecución de algunas baladas de cierto o incierto mérito, a las que algunos mojigatos osaron (¡mierda con estos riñones!) calificar de impúdicas en su momento. ¡Canallas hideputas! A un paso de la muerte, sólo lamento no llegar a ver el día (inevitable, si es que Dios es en verdad bueno) en que se pene con la horca a los hipócritas, a los alguaciles y a los proxenetas, si es que, por ventura, no son todos estos cerdos de una misma piara.
Así, vendiendo algún que otro envío a borrachos y libertinos (colegas, la mayoría de ellos) y aligerando a los incautos del estorboso peso de sus bolsas, me he ganado el dinero en la vida, escudo sobre escudo y de mazmorra en mazmorra. Para gastarlo (pues ambas son tareas de igual importancia en la vida de todo hombre que se precie) me he proveído de los consecuentes vicios de jugador, borracho y putañero. No hubo una taberna (permítaseme jurarlo), casa de juego o prostíbulo, que estos diminutos pies que el Señor ha pegado a mi cuerpo pecador no hayan pisado incontables veces...
Pero ¿no me estoy adelantado, acaso? ¿No os había prometido antes de estas últimas líneas que habría de empezar esta historia por el principio? ¿Es que no podré cumplir, siquiera, esta ínfima promesa ante Dios y ante los hombres? Dejadme, pues, intentar otra vez mi porfía:
Digamos que mi nombre (para mayor comodidad) es François Villon. Como tal he abierto mis ojos a este mundo (según he dicho ya infinidad de veces) en la mentada ciudad de París. Este lamentable hecho (lamentable para mí y, en igual o mayor medida, para el mundo) se produjo en el año 1431 de la Gloriosa Era de Nuestro Señor Jesucristo. La fecha exacta (que, como bien sabemos, poco importa) se ha olvidado o la he olvidado, que al cabo es, poco más o menos, lo mismo. Por ese entonces, Francia estaba pagando (y sigue haciéndolo) el doloroso precio de la llamada Guerra de los Cien Años, atrayendo más pestes sobre sí que el propio Egipto en época de Moisés. Es muy probable (pienso ahora) que la intensión que tuviera el Señor, por ese entonces, fuera también la de salvar a los judíos, puesto que esos marranos (¡Dios los guarde en sus ghettos!), parecían ser los únicos que tenían algo de dinero en aquellos días de desesperación.
A la peste, que era de por sí espantosa, se sumaban las hambrunas y la injusticia; calamidad, esta última, que debíamos agradecer a nuestros déspotas y que era, a fe mía, el único pan de cada día con el que contaba la plebe por aquellos tiempos.
De mis padres y de esos años de desolación, que tanto y tan buen esfuerzo hicieron por coincidir con mi dorada infancia, poco diré; tan sólo que, felizmente, acabaron... Dejaré caer, pues, sobre ellos, un pesado manto de piedad y, acaso, de anhelado olvido. Además (y debo decir que por fortuna), poco recuerdo de esa época que, sin embargo, y según he oído más de una vez, debería guardar para mí como agraciada y feliz. (Permítaseme decir, entre paréntesis, que, a fe mía, no he conocido un solo hombre que afirme haber sido feliz en su infancia que no sea a su vez un tonto de capirote). Básteme decir que vi por entonces, con más frecuencia y, para espanto de mi ya poco inocente alma, más señales del imperio del dolor y la muerte sobre la tierra que del propio imperio de Dios.
Debo decir, por lo tanto, que la parte no obscena de mi existencia, aquella sobre la que me resigno ahora a escribir desde mi lecho de muerte, comienza a mis once años, hacia 1442 o 1443 (no recuerdo ya muy bien), año en que ingresé, con gran fortuna para mí y para alivio de mis padres, a la comunidad religiosa de Saint-Benoît le Bétourné, dirigida por entonces por el buen doctor en derecho canónico, hijo dilecto de Dios y hermano inmerecido de los hombres, don Guillaume de Villon, cuyo nombre (como debéis haber descubierto ya) adopté después como propio. Este gran hombre, fue para mí la primera y, quizás, la única persona a quien deba agradecimiento y estima en toda mi amarga existencia y también (me avergüenza decirlo) a la que pagué de la peor manera, haciéndole arrastrar el peso imperdonable de mis desdichas y mi deshonra.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

CURIOSIDAD


,,,,,Han muerto todos mis dioses, salvo la curiosidad. Dejé de esperar milagros hace tiempo. El amor y el arte (siempre esquivos) ya no me llenan de ansiedad en la espera. El pecado y el vicio se volvieron tediosos, rancios... La vida vale la pena porque no sé si va a llover mañana, qué canción va a silbar el próximo peatón distraído al cruzarme en la calle, o qué nueva tontería será el monstruo sagrado de la opinión pública. La tristeza es asunto de los otros. 

miércoles, 29 de agosto de 2012

LA LEY DEL CERO

Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere?

Imaginemos, por un segundo, que la vida de un hombre puede ser expresada por una ecuación ––las teorías del juego ya lo han hecho.
Ahora bien, algunas vidas podrían ser expresadas con una ecuación simple (muy simple), accesible a un chico; otras sólo serían expresables con ecuaciones tan complejas, que sería casi imposible entenderlas.
Imaginemos que tenemos a nuestro alcance la más simple y la más compleja de esas ecuaciones y la encerramos entre paréntesis.
Finalmente multiplicamos a las dos por cero. El resultado es el mismo en ambos casos; es el mismo en todos los casos.
El primer cero es la muerte; el segundo (el resultado), el olvido.

________________
Nota del 10 de noviembre de 2015: hay un corolario o verdad implícita que no había notado hasta hoy. A los efectos de la analogía dada, nuestra existencia, en tanto dada en un espacio y un tiempo determinados están, efectivamente, encerradas entre paréntesis.
  

martes, 28 de agosto de 2012

EL IGNORANTE


No hay caso; nunca aprendo. Siempre fui un pésimo alumno.
Fui vencido y no aprendí a rendirme. Fui traicionado y no sé negar mi mano. Fui despreciado y no sé qué cosa es el rencor; vejado, y no conozco la venganza. El ruido insobornable del imbécil siempre acalló mi verdad y no aprendí a cambiar mis argumentos por un grito.
En un mundo de personas muy, pero muy, serias, pierdo el tiempo persiguiendo un sueño… ¡Ah! Por cierto; para colmo de males, también creo en la justicia.
Mi destino es la ignorancia; lo admito y lo celebro.

lunes, 27 de agosto de 2012

DRAGONES


,,,,,Y si no podía encontrar al dragón, era, quizás, porque él era el dragón.

sábado, 25 de agosto de 2012

VOCES



A fugitivas sombras doy abrazos...

Voces, nada más que voces... con eso tratamos de olvidar nuestro miedo al silencio. Absurdo, porque el temor está ahí y siempre vuelve, cambiando sus máscaras habituales por otras más simples, que pasan desapercibidas a nuestros ojos.
Voces... voces y más voces que acaban en el temor de ya no saber quién habla; si somos nosotros o la muerte, si todavía podemos, a pesar de nuestro miedo, seguir siendo nosotros. 

lunes, 20 de agosto de 2012

NICTALGIA



––Linda noche, no?
Miré el cielo como si hiciera falta; un par de estrellas derramando esa luz que los poetas llaman diáfana, una brisa cálida y no muy fría cruzando la playa, la gravitación misteriosa de un mar invisible… ¿Qué más se podía pedir? Lo que se dice una noche hermosa, sí. Pero ¿quién era ese tipo? Y lo más importante: ¿era real?

––Defina real ––dijo Atávico… Pero no; eso fue mucho después; y ese que estaba ahí no era Atávico.

¿Quién era?
Yo apenas lo veía. Era una especie de nube perdida en la penumbra; la caprichosa combinación de un sobretodo, un sombrero anacrónico y un bastón; poco menos que nada ––poco menos que alguien.  
Hice un gesto ambiguo, indescifrable en la oscuridad, y él se quedó a la espera, dando golpes ansiosos en la arena con su bastón.
“No; no lo conozco: eso es seguro”, pensé.

Describir a alguien es practicar una magia pobre y absurda.

Tendría unos cincuenta años. Su sobretodo estaba peinado al estilo de los novelines de espionaje. Tenía un aire equívoco… Quiero decir, que se lo notaba disfrazado y apenas cómodo con su disfraz; como el que trata de seguir con una broma que ya no tiene gracia. En síntesis: todo en él era pobremente teatral. 
––Hoy no tendría que matarse nadie, no cree?
Lo miré con curiosidad antes de responder:
––¿Por qué cree que me voy a matar?
La frase era ridícula, pero su pregunta (su sola apariencia) lo era mucho más... Para colmo, tenía un monóculo ridículo en su ojo izquierdo, que parecía una escotilla cerrada en medio de la cara.

La voz de un extraño en la noche es siempre un poco irreal.

––Escuchó alguna vez eso de “El que piense en suicidarse, que espere el diario de mañana.”
Una orquesta lejana empezó a sonar en ese momento. No sé si era un buen momento, pero estaba ahí ––al menos en lo que a mí concierne.
“¿Eso es Mozart?” pensé ––deseé. A veces deseo demasiado.

 No es posible desear demasiado; la naturaleza del deseo es desmesurada.

Era, por lo menos, algo parecido a la sinfonía Júpiter, pero cantada por voces de pájaros o de locos.
––¿Serán esos los pájaros ebrios de Mallarmé?
(No estoy seguro de haberlo dicho en voz alta).
––¡Qué pregunta! ––dijo el otro y me asusté por un segundo… ¿Sería ese hombre un telépata? ––Por supuesto que conoce eso del diario de mañana ––dijo, para mi tranquilidad y decepción ––La verdad, el que no lo conocía era yo… Me dijeron que lo usara con usted y lo usé… Una especie de santo y seña, vio?
––¿Ver qué? ––dije yo, que estaba hipnotizado por la brisa marina y mi Mozart de pájaros ebrios.
El tipo hizo como si no escuchara, aunque dio un golpecito con su bastón, en el que adiviné cierta frustración y cierto encono. Después adoptó un aire grave y dijo:
––Un hombre escondido en la noche, callado frente al mar… ¿No me va a decir que no llena la imagen de un suicida?

(Los aires graves deben ser huérfanos, porque siempre es preciso adoptarlos).

––¿Escondido? ¿Se supone que los suicidas se esconden?
Al instante me arrepentí de preguntar eso y no algo más inteligente, como: “¿Por qué cree que estoy escondido? O mejor todavía: “¿Usted no escucha el canto de los pájaros ebrios?”

––Yo no creo que esté escondido, mi muy señor mío.
––¿El canto de los pájaros ebrios? ¿Se refiere a esa orquesta de delirio que no existe más que para usted? ¡Oh, sí: maravillosa interpretación de la Sinfonía Júpiter! ¿O es la marcha de San Lorenzo?
––El hombre es el principio de todas las cosas, Monsieur Je-ne-sai-pas, de las que son, etcétera…

––La muerte es escrupulosa siempre ––dijo en tono de filósofo Veda.
Quisquilloso el hombre.
Yo ya me había perdido a esa altura, pero imagino que insistía con su tesis de escondida.
––No ––dije, curiosamente, a la defensiva ––; si hay algo que la muerte no tiene, eso es escrúpulos.
Retrucó al instante:
––La muerte sí tiene escrúpulos; se llaman tiempo.

Una voz extraña me llamaba de muy lejos, como desde un sueño… Quizás desde un sueño.

Mozart había desaparecido; los pájaros habían muerto o se habían ido con su música a otra parte ––es posible, incluso, que ya estuvieran sobrios. La única melodía que flotaba ahora en el aire era el ronquido de aspiradora rota del mar y el mustio silbido de la brisa… En fin; la pésima música monocorde de la naturaleza que, por desgracia, nunca imita al arte.
––¿No va a preguntarme quién soy?
Lo miré tratando de mostrarme indiferente, pero reconozco que no es mi fuerte; lo único vital en mí es mi curiosidad; me desborda y consume.
Era muy difícil ver a ese hombre con claridad, porque un montón de burbujas habían empezado a salir de su monóculo; burbujas traslúcidas que parecían encerrar diminutos arco iris, titilantes y efímeros, que se deshacían en su carrera imposible hacia la noche.
––Veo cosas que no existen ––dije de pronto.
––Ya lo sabemos…
Los puntos suspensivos fueron casi visibles, como gotas de tinta china cayendo en un pentagrama.
––…Y por eso vino a verme ––completé ––Por eso lo mandaron acá.
Como imaginarán, dije “mandaron” en ese tono que es imposible describir, pero que cualquier lector será capaz inferir.

A veces pienso que, de algún modo, los esperaba.

––Sabemos por qué las ve.
––Yo también. Son delirios.
––Delirios nocturnos.
La forma en que pronunció esa frase me alteró un poco ––ese mismo tono inefable cuya descripción acabo de omitir.
––Sí ––reconocí ––nada más aparecen de noche. Son una forma especial de nictalgia.
––¿Nictalgia? ––dijo el otro explotando en una carcajada ––¿De dónde sacó esa palabra espantosa?

Quién sabe porqué, pero sí; los esperaba.

––¿Conoce alguna palabra mejor?
––Mejor no. Conozco la palabra correcta.
No la dijo.
O quizás prefiera decir que no lo hizo.
Si esto fuera una película expresionista o una novela romántica, ahí mismo hubiera estallado una tormenta eléctrica y un rayo hubiera alumbrado la cara de ese tipo, pero nada de eso pasó. 
Al parecer, no sólo la naturaleza no imita al arte, sino que a Dios no parece gustarle el cine de Fritz Lang.
––¿No va a preguntarme mi nombre? ––dijo el sin nombre.
Me puse cínico:
––¿Le dijeron que me lo diga?
Sonrió.
Su monóculo tuvo algo así como un chispazo de luz.
La noche seguía en silencio.
Miró hacia el mar por un segundo en tono dramático y siguió, después, con su guión:
––Si le digo mi nombre es como si no le dijera nada; me dicen o, mejor dicho, me hago decir Deamedio.
Omití todo tipo de comentario.
––Yo le diría el mío ––coqueteé ––pero algo me dice que ya lo sabe… Perdón: lo saben.

La paranoia es el último gesto esperanzado de los solitarios.

Deamedio guiñó su ojo izquierdo y ese peligroso gesto de complicidad hizo que su monóculo saliera despedido de su cara y volara por el aire, trasformándose en un trapecista presuroso, casi ingrávido, hasta quedar suspendido al costado de su cuerpo.
––Vamos a venir por usted mañana ––dijo al final ––Por la noche, por supuesto.
Yo casi no lo miraba. ¿Era otra vez Mozart lo que escuchaba? No: la sirena de un barco.

La decepción es, también, un pájaro ebrio.

––¿No quiere saber para qué? ––insistió Deamedio.
Ya no lo miré. Era mi turno de ser teatral.
––Ya me lo dijo, no?
Me miró perplejo.
Completé:
––Para leer el diario de mañana.

martes, 14 de agosto de 2012

EROS


Post coitum omni animal triste est

Fue increíblemente simple; tanto que cualquier forma de contarlo lo haría artificial, excesivamente complejo––innecesariamente complejo. Las palabras nos tienden a veces esa trampa, como cuando descubrimos que es imposible describir la forma de una piedra o el fragmento de un objeto desconocido y que, para hacer más intolerable nuestra impotencia, recordamos con absoluta nitidez.
Así de simple fue. El abrazo rompiéndose lentamente, dejando escapar un imperioso y conocido olor que los invadió al instante, que parecía denunciarlos, pero que era también una dulce voz de arrullo que los despertaba, haciéndoles recordar que eran ellos los que oían. 
Sólo ella (sentada en la mesa) estaba en parte desnuda, dejando ver su piel blanca y suave, tan fría como el mármol, escondiendo su cara en el pecho de él, ya vestido, que la miraba como desde otro mundo, sintiendo que estaba demasiado lejos de ella como para poder ayudarla.
Le habló, pensando por un segundo que era inútil, que ella no estaba ahí, que estaba lejos, muy lejos, buscando a Juan con los ojos que no se atrevían a mirarlo, que se ocultaban de él, hiriéndolo, arrancándole el alma. 
––¿Estás bien? ––Dijo él al fin, cuando pudo encontrar algo parecido a su voz.
Pero le respondió el silencio, un silencio que la hacía más presente, más dolorosamente presente y que lo hacía, también, más dolorosamente presente a él. 

domingo, 5 de agosto de 2012

SINSALABÍN


,,,,,La magia no consiste en hacer salir conejos de una galera; cualquier imbécil puede hacer eso... La magia, la verdadera magia, consiste en creer (al menos por un segundo) que el conejo salió de la galera.

miércoles, 1 de agosto de 2012

EN TORNO A WILDE



"Todos los hombres matan lo que aman"
(Date por muerta amor, si es que soy hombre)

lunes, 30 de julio de 2012

LA PIARA



Tan lejos que ya no importa...
Arrecifes. James Don

"No se puede pasar", decían. "Es la última parada... aunque se quede dormido, allá lo despiertan". Y me pasé. Llegué sin nada o casi sin nada; con una maleta con unas camisas y una carta de recomendación. Pero lo triste no era haber venido con tan poco, lo triste era saber que no me había olvidado de nada. "Sin nada que perder", como dicen. Por eso el viaje: para probar suerte. ¿Quién sabe? Allá no quedaba nada que cuidar y con un poco de suerte me podía tocar algo diferente. Nada del otro mundo, un trabajo, una casita... algo por lo que valiera la pena seguir metido en este baile. Pero no. Me pasé y tuve que terminar en esta ciudad de la que nadie sabe nada para que me despierte un viejo arrugado y gris.
–¡Vamos, m'hijo, ya llegamos!
Levanté la vista y, comido por la noche, pude leer en el cartel el nombre de la estación: "La Piara".
–¿La Piara? ¿Dónde queda esto?
–En el culo del mundo, m'hijo. Bien en el culo, ––dijo el guarda casi por reflejo mientras mascaba un mondadientes deshecho, como si supiera de antemano lo que yo iba a preguntar.
         Siguiéndolo, bajé del vagón. Caminaba despacio, sin ningún apuro y hubiera jurado que iba evitando las rayas de las baldosas, jugando una suerte de rayuela secreta. Iba rengueando y hacía ruido con un manojo enorme de llaves. En la estación no había un alma. El tren estaba apagado y parecía un gigante dormido. Creo no haber visto bajar a ningún otro pasajero, ni siquiera al maquinista.
–Maestro, - le dije al viejo - sabe que me pasé de largo, no venía para acá...
–Nadie venía para acá.
–¿No sabe...
–Pruebe mañana. A la tardecita sale uno; a las seis.- dijo y se metió en una oficina dentro de la estación. Lo último que escuché de él fue el ruido de las llaves cerrando la puerta de acero.
         Miré a un lado y a otro. La ciudad parecía grande, incluso se veía un grupo de edificios altos, de unos diez o quince pisos, pero estaba silenciosa y vacía. ¿Cómo podía ser tan grande una ciudad de la que no había oído hablar nunca? ¿Cuánto me había pasado? Me pregunté entonces si no sería demasiado tarde para encontrar un hotel abierto. Miré mi reloj: dos y diez. Desalentado, comencé a cruzar las vías hacia la ciudad. En medio me encontré con el reloj de la estación. Lo miré distraído: las agujas de hierro negro marcaban las cuatro. Miré otra vez el mío y comprobé que no coincidían.
–¡Ya empezamos mal!– dije y así, sólo y perdido como estaba, me metí en La Piara.

jueves, 26 de julio de 2012

QUINTA PATA AL FORMALISMO RUSO

Por apatía, por costumbre, por imposición y hasta por temor, estamos habituados a interpretar la realidad de un modo automático, diseñado y perpetuado en función de obtener una utilidad directa de los datos y percepciones a los que accedemos. Para Víktor Shklovski, patriarca del Formalismo Ruso y de la crítica moderna, la finalidad del arte sería devolvernos una visión extrañada del objeto; darnos una visión novedosa, compleja y vital del mundo, lograda a partir de la desautomatización de nuestros mecanismos expresivos.
Ahora bien, para toda acción, existe una reacción; la obra de arte, en tanto concreción de un acto, es causa de un efecto particular en el espectador, un efecto estético al que, la mayoría de las veces, denominamos belleza.
¿Pero cuál es la naturaleza de la belleza estética, de este efecto que se produce en el espectador por influjo de la obra artística? Es curioso que nadie parezca haberse detenido, que yo sepa, ante un corolario casi fatal de la afirmación de Shklovski. Este extrañamiento, esta novedosa, compleja y enriquecida forma de expresión o interpretación el mundo, ha de producir, necesariamente, asombro en el espectador. Una sutil, velada y voluptuosa forma del asombro, pero asombro al fin.
Me despido. Tengo una lectura pendiente; voy a ver si Borges logra sorprenderme otra vez.                

viernes, 20 de julio de 2012

SENSUALISMO


"No confío en un dios que no sepa bailar"
Friedrich Nietzsche
Una de las grandes frustraciones de mi vida ha sido mi torpeza física. Hubiese dado casi cualquier cosa por bailar bien o ser hábil en cualquier deporte o, al menos, por tener una postura y un modo de caminar menos desgarbado, pero no. Al parecer, existe una terrible desavenencia entre las leyes físicas y yo. Como diría Ken Robinson, mi cuerpo parece estar diseñado “para llevar mi cabeza a reuniones”.
Este lamento podrá parecer superfluo para muchos, pero lo cierto es que mantengo una lucha encarnizada contra ciertas doctrinas atávicas, opuestas al sensualismo, que han sido teñidas de un supuesto valor moral.
Yo no sé si el alma existe, pero estoy seguro de que el cuerpo sí. La inteligencia puede ser un don maravilloso, pero sólo si es bien utilizada; la belleza, la destreza y la elegancia, lo son siempre… Todos estos atributos, si son poseídos alguna vez, tarde o temprano nos abandonan. Pero nos queda la posibilidad de admirarlos en los demás; de gozarlos intensamente en aquellos que los poseen y hacen de este mundo un lugar tolerable.
Los dejo con el amigo Baryshnikov, como podría dejarlos con Maradona, Peter O'Toole o Rhona Mitra...

PD del 21/7/12: Un amigo me muestra este video hoy. ¿Casualidad?

martes, 17 de julio de 2012

DIARIO DE FRANCO ALVA



17 de julio

“E cadi, lento cadi”


Después de ocho años y medio en Buenos Aires ––los ocho años y medio más arduos de mi agotadora existencia–– finalmente terminé de cursar mi cuarto año de Medicina. O casi. Todo un logro, si se piensa en lo difícil que es moverse en un ámbito académico sin adquirir, al menos por ósmosis, algún tipo de conocimiento; una inmunidad de casi nueve años no es, entonces, moco de pavo. Sin embargo, es posible que mis últimos tres años vaya a cursarlos en menos tiempo, debido a que mi padre me transmitió ayer, telefónicamente y del modo más vehemente del que es capaz, su firme decisión de omitir todo envío de efectivo a quien suscribe. Y cuando digo “del modo más vehemente del que es capaz”, nadie más que yo entiende a qué me refiero; nadie más que yo puede, a su vez, sentirse más a gusto con el carácter lacónico de ese comunicado ni, verbigracia, con su carácter meramente telefónico.
Mi padre es un Escribano Público Nacional. Es posible que nadie sepa muy bien lo que eso quiere decir; la mayoría de las personas tiene ya caracterizada la figura de un abogado, de un médico, de un arquitecto y, en los mejores casos, hasta de un ingeniero agrónomo, pero la feliz escasez de escribanos conspira en contra de su adecuada tipificación. Sin embargo, no existe una gran complejidad en su naturaleza: imaginen por un momento un abogado o una especie de abogado, al que le fuera conferido el derecho de determinar qué cosa es verdad y qué cosa no. ¿Se hacen ya una idea? ¿Pueden hacerse a la idea de un abogado capaz de determinar que sus mentiras son, por imperio de la ley, de la sacrosanta Ley de los hombres, que sus ramplonerías son, en fin, la verdad jurídica incuestionable? Porque eso es lo maravilloso de la justicia humana: no es la verdad, sino la verdad jurídica lo que la sostiene; la que nos deja sin nuestra casa después de un divorcio; la que nos mete en la cárcel por hacer lo que todos hacen; la que determina que nuestro intolerable calvario, luego de nuestra séptima caída y, ya al borde del temible Gólgota, va a quedar en suspenso hasta después de la feria judicial.
Pero ahora que lo pienso, mi destino podría haber sido peor. De acuerdo a la tradición edípica de nuestra sociedad, se espera que todo primogénito siga el camino de su padre o, al menos, todo padre parece esperar eso, sobre todo, si desprecia el camino que su padre eligió. Es una suerte de venganza velada, oculta detrás de una tradición y a la que, muchas veces, se quiere hacer pasar por una suerte de orgullo de casta. Por suerte, el camino egregio de la escribanía no es para cualquier hijo de vecino y ni siquiera lo es para más de un hijo de escribano. Como ustedes ya saben, el cargo de Escribano Público Nacional, con todo lo que le es anejo, constituye el último vestigio monárquico de nuestro sistema republicano y se hereda, de manera disimulada, tristemente obvia, de padre a hijo, de generación en generación y hasta el fin de los tiempos. Y yo (mientras hago una pausa en mis escritos para encenderme un repugnante mentolado que vaya a saber de dónde saqué), con exquisitos endecasílabos borgeanos, agradezco a “el vano azar y las infinitas leyes/ que rigen este sueño, el universo”, no por haber conocido a Alfonso Reyes, sino por un don más sutil: no haber sido el primogénito de mi padre; por no haber sido Agustín Teodoro de Alva (h), futuro Escribano Público Nacional, matrícula veintiséis mil millones treinta y dos mil y pico, en el día de la fecha (en el día de la fecha: ¡qué expresión tan estúpida!), en la ciudad de Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina y ante la autoridad competente… No haber sido, en fin, el imbécil de mi hermano, con sus actas notariales y su cara de no tener la culpa de nada, de no haber pensado siquiera en hacerlo, de no haber pensado; todo lo cual me libró de seguir los pasos de mi venerado padre, según consta en autos.
Pero lo cierto es que ahora no me queda otra cosa más que buscar un trabajo. Supongo que después de veintiséis años de dulce holganza, de mi dolce vita (más propia de Rabelais que de Fellini), de mis no siempre fructíferas aventuras de casanova impúdico (más propias de Filloy que de Fellini), he de resignarme al destino de buscar un trabajo.
¡Y todo después de oto e mezzo ani!
(Las casualidades no dejan de aparecer cuando uno las busca concienzudamente… ––Omitiré decirles, en buen criollo, por dónde me da ese afán de simetría humano. En medicina le decimos escroto y, lamento decepcionarlos, pero no tiene cinco capas epidérmicas).
Además (pienso ahora), voy a tener que optar ––con todo el desgaste mental y emocional que conlleva esto––, cuál va a ser mi especialización médica. Es una lástima que el destino no conspire a mi favor en este sólo aspecto, que, por alguna razón, considero de relativa importancia. Si yo supiera, al menos (¡ah, si supiera!), si tuviera la certeza indubitable de que todos los Escribanos Públicos Nacionales terminarían siendo, eventualmente, mis pacientes, sin dudas, sin el más mínimo grado de duda, optaría por la proctología.  

TÁNTALO



...––Es esa ansiedad extraña de haber perdido un verso con el que soñamos y sentir que ese verso era el mejor… ¿Se entiende?
...––Me temo que no muy bien.
...––¿Escuchó alguna vez eso de: “Ten cuidado con lo que desees”?
...––Sí. Es una frase muy extraña, no?
...––Por supuesto… Más que extraña es estúpida… O para estúpidos, mejor dicho. Uno tiene que tener cuidado con lo que desea, pero por la razón opuesta; porque lo que uno realmente quiere es lo único que no va a conseguir…
...––Entiendo, entiendo… Recuerdo una frase terrible. No me acuerdo dónde la leí. Hasta es posible que la haya escrito yo: “Esas cosas que se vuelven imposibles cuando uno descubre que las desea.”
...Un brillo extraño en los ojos del otro.
...––Exacto… ¿Le quedó uno de esos cigarrillos?
...––No. Este era el último.

sábado, 14 de julio de 2012

LAS CUITAS DEL (NO TAN) JOVEN EZEQUIEL



“¿Por qué no escribir una novela?” Se dijo Ezequiel. “Lo único que hace falta es inteligencia y paciencia. Yo tengo lo primero y mucho tiempo, demasiado, lo que es un gran sustituto de la paciencia. Pero ¿sobre qué? No, ese es el error; después de Joyce y Proust, la pregunta ya no es ‘¿sobre qué?’, sino ‘¿cómo?’. En primer lugar, el hombre moderno ya no tolera al novelista demiurgo, a esa voz única y todopoderosa que nos guía, dándonos todo lo que necesitamos saber para que su vasto plan funcione. No, eso no... si algo tiene que evitar la novela moderna es eso, el novelista padre, el novelista Dios, el que nunca nos miente, el que nunca nos oculta nada, si no es por nuestro bien, si no es para que su universo tenga una finalidad. El novelista debe estar perdido al igual que el lector y, parafraseando a Wilde, quien quiera dar una salida al laberinto, que lo haga bajo su propio riesgo. El novelista debe ser, también, un ser contingente, alguien que busca también su sentido, su razón primera y que, para que esta nueva novela funcione, debería negarse a convertirse en un filósofo, debería saber detenerse a tiempo. No se trata solamente de un lector activo, sino también de un lector existencialmente adulto, de uno que asuma valientemente la inutilidad del arte, el caos de la novela que lee. Que asuma a la novela como un barco a la deriva, en medio de una tormenta incontenible, sin esperar que esta amaine, sin esperar salvación alguna, porque eso es el mundo. 
“Durante siglos hemos buscado en el arte el consuelo a ese sinsentido. Luego, la vanguardia, jugó con la idea de expresarlo, pero lo hizo con cobardía, jugando a que todo era una simple broma, porque no se asumía como arte, sino como un no-arte. El nuevo novelista debe asumirse como artista y como hombre, pero nunca como un mesías; nunca como el guía que conoce las respuestas y que nos tranquiliza, asegurándonos que todo va a salir bien. Al contrario, debería ser capaz de convencernos, desde la primera página, de que nada va a salir bien. Debe detenerse a cada instante a preguntarle a sus personajes, a la literatura misma (al propio lector, de ser posible), hacia dónde ir, cuál es el precio de haber llegado a donde llegamos. 
“Imagino una novela imposible, sin personajes, sin argumento, tan sólo un autor; un autor preguntándose cómo se escribe una novela; no respondiéndolo, como Unamuno, sino preguntándoselo, preguntándoselo desesperadamente. 
“Así tendría que escribir. 
“¿Habré empezado ya?”

viernes, 13 de julio de 2012

DER WORT




...En alemán hay palabras para todo. ¿Habrá alguna para referirse a un sueño terrible que no deja de ser irónico? Me vendría bien para definir los últimos quince años de mi vida. 

sábado, 2 de junio de 2012

ESOS DÍAS


...El arte es un camino imposible hacia la infancia.

viernes, 4 de mayo de 2012

viernes, 27 de abril de 2012

TRISTE AMOR DE POBRE (SAMBA)


Así....
Con esos pedazos 
que quedan de mí
con esos pedazos 
de sombra que soy
Así voy 
cantando mi canción

Así...
Con esta mirada
que busca otra piel
y anhela otros ojos
de pena y de miel
Así voy
cantando mi canción

Sin saber tu nombre aún
yo sueño contigo
Sin saber tu nombre
yo ya soy tu amigo 

Así...
Mirando a la muerte
en un nuevo adiós
rezando a la Virgen
rogándole a Dios
Así voy
cantando mi canción

Así...
Con esta tristeza
de ya no saber
si estás a mi lado
y no te puedo ver
Así voy 
cantando mi canción

Sin saber tu nombre aún
yo sueño contigo
Sin saber tu nombre
yo ya soy tu amigo

¡Triste amor de pobre!
¡Sin que el tiempo sobre!

Así... Así... Así voy

martes, 24 de abril de 2012

INTERESANTE


interesante adj. Aplícase a aquello que, por el momento, supera nuestra capacidad de comprensión / Dotado de interés, es decir; lo que produce el asombro inagotable de descubrir que el universo de lo cognoscible no es equivalente al universo de lo conocido / Para el necio, nada; para el sabio, todo / Lo opuesto a nuestra intuición, lo alejado de la tranquilidad, el cuervo blanco de la feria / “Todo empieza a tener interés una vez que descubrimos su existencia” André Gide / El peldaño ausente / (:O / Lo dado, sobre todo cuando empieza a estar apartado de lo comúnmente dado / Todo aquello que se revela como finamente humorístico y que no provoca risa / La pieza que pisa dos trebejos y el transeúnte inesperado que patea el tablero, así como la patada en sí, en especial, cuando nos es dada en el culo mismo / La nota fuera de la escala musical que justifica el uso de la escala / El segundo de silencio, previo e inevitable, antes del beso con el cosmos / Todo objeto en el mundo. El mundo.    

lunes, 23 de abril de 2012

DEL ENTUSIASMO Y LOS PEDANTES


Confía en aquellos que buscan la verdad;
desconfía de los que ya la han encontrado
André Gide


Ha de ser triste, muy triste, ir por la vida creyendo que las grandes gestas de los pueblos son, forzosamente, un error. Porque si es triste creer que el Quijote no era más que un loco corregible, mucho más triste, infinitamente triste, es ir por el mundo creyendo que Sancho ––Sancho pueblo–– es un tonto. Le llaman a este mal pedantería y, tristemente, anda muy difundida en este mundo. El pedante desprecia todo tipo de acción por impura; como si esta impureza, esta contradicción y ese poco de locura y de error, no fueran, no solo propios de todo acto heroico, sino también deseable en sí misma… ¡Y todo acto de un pueblo es, por definición, heroico!  
¿Y por qué deseable? Es que hay una enorme sabiduría, quizás intransferible, en no temer a la falta y al error; porque por cada error heroico en este mundo, hay tantos aciertos anejos, que a veces es imposible llevar la cuenta. Porque, si bien es cierto que el Quijote confundió a los molinos con gigantes, también es cierto que liberó, en un bosque de la Mancha, al criado bajo el látigo del labriego y forzó al verdugo a pagarle su salario (Quijote, I, IV) y cierto es que liberó también a los esclavos que iban a los galeotes (Quijote I, XXII) y llamó doncellas a las meretrices de la venta (Quijote I, II). ¿Y es posible hacer todo esto sin confundir, alguna que otra vez, gigantes con molinos? ¿El que pasa impávido ante las aspas de un molino, se detiene después ante el agravio e interviene? ¿No hace falta, acaso, para desfacer tuertos, contar con una fuerza, un impulso, que va más allá de la razón, más allá del sentido común; ese sentido común que se detiene, siempre, a juzgar la ingerencia real de un acto en el mundo? ¿No requiere, en fin, el heroísmo un cierto olvido de la sensatez?
A esta otra fuerza le dan en llamar entusiasmo y los pedantes le temen más que a nada en el mundo; el pedante teme al error y al ridículo, porque su único tesoro, su única arma, consiste en no participar de ninguna creencia, de modo de no estar nunca equivocado… Por eso nunca hay que confundir el escepticismo del melancólico ––de aquel que desespera por no poder creer––, del escepticismo del pedante ––que hace una vanagloria de su no creer––; el primero, busca siempre la verdad, el segundo (aunque lo niegue) está seguro de haberla encontrado.
Los grandes hombres y los grandes pueblos no tienen sentido del ridículo, sino sentido de lo heroico; y el uno ––es hora ya de admitirlo–– excluye, necesariamente, al otro. Aquellos que, con toda justicia, con toda dignidad humana, viven la vida con el temor de no ser lo suficientemente valientes, harían mejor en desprenderse de su sentido del ridículo, antes que del miedo, sin el cual no hay coraje posible; porque el valor, finalmente, no es más que la superación del miedo y no su ausencia.
¡Fuera, entonces, el ridículo! ¡Fuera el miedo al error y a la contradicción! Haríamos bien en montarnos, como aquel loco hidalgo, a un rocín flaco y viejo, en forjarnos una armadura de cartón y hacernos de armas olvidadas, cubiertas de orines (Quijote I, I); en valernos de una bacía de barbero por casco y juzgarlo un soberbio yelmo (Quijote I, XXI); o en armarnos con la rama de un árbol, una vez rota nuestra lanza (Quijote I, VIII).    
Porque andan por ahí ciertos pedantes diciendo que hay pueblos más serios que el nuestro ––pueblos donde no tienen cabida ni Quijote ni Sancho. Nos quieren hacer creer que existen pueblos que no sufren, no sueñan, ni cometen errores; nos quieren hacer creer que existen pueblos que viven bajo el yugo de la Pura Razón, que es la peor de las locuras y la menos pura de las razones. Y yo no creo que existan pueblos así y, si los hay, pobre de ellos; porque serán, sin dudas, muy serios, pero habrán de ser muy poco heroicos.
El supuesto estereotipo de estos pueblos (según estos pedantes) es un tal Hamlet, que se pierde en devaneos interminables y no actúa hasta que ya es demasiado tarde. ¡Pero qué distinto el Hamlet de estos pedantes al Hamlet de Shakespeare, que era un príncipe trágico y melancólico!
Y, como ya dijimos, el escepticismo de los melancólicos proviene de su desesperación de no poder creer; la duda de Hamlet, en fin, nace de no poder tomar por real el fantasma de su padre. Este príncipe no era un pedante, sino un desesperado; no temía al ridículo, porque un hombre que teme al ridículo no se finge loco y, mucho menos, ante sus enemigos. Pero, además, este príncipe actuó… Un minuto antes de la muerte, pero actuó. Y un minuto antes de la muerte no es tarde; mientras el corazón late, nunca es demasiado tarde para actuar. Y no puede haber pedantería en aquel que dice: ¡Hay algo más en el cielo y en la tierra, Horacio, de lo que ha soñado tu filosofía! (Hamlet I, V)  
La grandeza de Hamlet está en su duda y la duda es cosa muy seria… ¡Y hasta los pedantes, que no saben nada, saben eso! El problema de estos pedantes es que son capaces de dudar de todo, salvo de que los demás puedan tener razón y no ellos; y lo que es peor; están absolutamente convencidos de que sus adversarios son incapaces, a su vez, de toda duda… Y cuando se tiene una absoluta certeza sobre eso, sobre el fanatismo de nuestros adversarios, de nada sirve dudar del resto, porque la batalla contra uno mismo ––la madre de todas las batallas–– ya está perdida.
Dijimos que Hamlet era un príncipe trágico y melancólico; y nos faltó decir que es ese aspecto trágico de su duda lo que lo salva; la suya es una duda orientada hacia la posibilidad del propio error, y no tanto hacia el error del otro… ––Otro hombre trágico y, posiblemente, también un poco loco, llamó alguna vez a mirar menos la paja en el ojo ajeno y un poco más la viga en el propio. 
La duda y la reflexión son necesarias y fructíferas, siempre y cuando no se transformen en un calambre del espíritu; mientras no existan sólo para alimentarse a sí mismas, matando la acción futura que tendría que ser su fin. Una duda eternizada es un cáncer vital; como el agua salada, se bebe con ansiedad, pero en vez de aliviar nuestra sed, la empeora, volviéndola intolerable.
Es preferible correr el riesgo opuesto al del escepticismo. La locura del Quijote, por ejemplo, es la locura del entusiasta; no consistía sino en confundir verdades poéticas con verdades fácticas; aquello a lo que Keats mentaba con eso de: Belleza es Verdad; Verdad Belleza… ¿Por qué no habrían de ser ciertas las historias de los caballeros andantes, si suponían un mundo más justo y valeroso? ¿Y quién sabrá si el propio Platón no acabó por creer, realmente, en la Atlántida, de tanto desearla y a fuerza de imaginarla apasionadamente?
Ciertos desequilibrios y cierto grado de ingenuidad, lindantes a la fantasía e, incluso, a la locura, son inevitables y deseables en un hombre… La salud mental es algo bien valioso, a no dudarlo; siempre y cuando no suponga una perfecta adaptación a la realidad; tan perfecta, en fin, que termine pareciéndose, peligrosamente, a la resignación o a la conformidad. Lo único que podemos inferir sobre el primer hombre que habló, sobre el primero que intentó dominar el fuego o valerse de una rueda, es que debe haber pasado por un loco en su tribu, antes de volverse un sabio o un profeta.   
Esa duda de la que hablamos, siempre necesaria, no debe paralizar nuestros actos; y el entusiasmo no es opuesto a ella, como el valor no lo es al miedo, por más que chillen los pedantes que, finalmente, no parecen buscar más que excusas para estarse quietos o ––lo que es peor–– para fingir estar quietos; como aquel Bachiller Sansón Carrasco al traicionar al Quijote… ¡Y al traicionar a Sancho!
Todo error, toda falta, corre el albur de ser subsanable; no así una eterna omisión, sin importar lo loables o sensatas que sean sus razones. Todo acto requiere, en fin, de una certeza, de una convicción, al menos momentánea; y la vida, lo niegue quien lo niegue, exige de actos… Y exige, sobre todo, de pasión, de amor y de entusiasmo… ¡Y hay que seguir andando, aunque ladren los perros y los pedantes!

Ladran, Sancho*

*Esa frase tan famosa que Crevantes nunca escribió