viernes, 7 de septiembre de 2012

FRANÇOIS VILLON, POETA Y BANDIDO


Capítulo Primero 

En que françois villon comienza a narrar, pluma currente y, 
casi por azar, los primeros hechos
y circunstancias de su malhadada historia



¡Me cago en Dios! Llevo diez, veinte días tirado en este chiquero sin mover un dedo y no mejoro; a veces el dolor es tan fuerte que preferiría morirme a aguantar un día más así, sintiendo como mis riñones se inflaman de mugre y pus. Para colmo se acabó el aguardiente y ahora no me queda más remedio que escribir (yo, que había jurado no volver a escribir una sola línea); era eso o ponerme a ver como mi cuerpo se iba pudriendo por la gangrena, hinchándoseme la barriga como la de un capón. Me parece mentira estar tirado en esta cama sucia, que alguien se tomará el trabajo de quemar una vez que muera, tan viejo y tan cerca de la muerte que da lástima verme... Lástima a cualquiera, por supuesto, menos a mí, que me he pasado la vida abrazando al odio como a una virgen fabulosamente bella, que viniera a salvarme de mi humana miseria... Pero, ¡qué estoy diciendo! ¡Ahí voy otra vez a hacer la del poeta: no aprendes nunca François; te estás volviendo un viejo imbécil! Sí, es eso, precisamente eso; un pobre viejo imbécil. Y es curioso como la vejez nos vuelve niños de nuevo; hace unos minutos me descubrí, asombrado, mirando como mis dedos jugaban a desarmar un rayo de sol, con esa inocencia que ya creía perdida para siempre, como un gato aburrido después de su siesta. (Salvo que yo ya no sé qué cosa es dormir... ¡Si supierais cómo me duelen los riñones!) ¿Cuánto tiempo llevaba sin pasármela así; tirado en la cama, jugando con los rayos del sol que caen en mi cara desde el vano de la ventana, de un sol que me trae la triste bendición de una tarde que no me tocará gozar? ¿Cuánto llevaba (me pregunto) sin pasármela en ese juego ridículo y, a la vez, tan cautivante? ¿Treinta? ¿Cuarenta años? Todavía recuerdo como gozaba de la holgazanería en mi juventud, cuando fatigaba los infatigables burdeles y tabernas de la ciudad en busca de inspiración, de placer o de un mero placebo a mi hastío...
¡Pero qué torpe soy! ¿Es que todavía no he aprendido a escribir una simple historia? Porque, aunque sepa que nadie va a leer esto y que, muy probablemente, sea yo mismo el que se encargue de echar al fuego estas páginas, ¿no aprendí, acaso, que siempre debo escribir como si alguien fuera a leerme? ¿Cómo podría, entonces, empezar a contar mi vida o, mejor dicho: a contártela (¡qué curioso artificio!), sin antes presentarme, sin empezar, a fuer de buen cristiano, por el principio? Empecemos pues:
Mi nombre, ante Dios y ante los hombres de buena o mala voluntad, es François de Montcorbier. Es probable, sin embargo, que, si sois aficionados a las crónicas delictivas o a cierto tipo de caprichos verbales, me conozcáis más como François Villon. He nacido, como ya he dicho alguna vez, cerca de Pontuesa, en un pequeño suburbio (una tal París, si mal no recuerdo), cuna de algunos de los mejores bribones de Francia, lugar en el que me tocó vivir por algunos años y del que, finalmente, fui desterrado con todos los honores que demandaba mi nunca desmentida alcurnia de truhán y sieteoficios. En cuanto a esos medios de subsistencia, sólo me resta decir, por el momento, que en mi infeliz tránsito por la existencia, me ha tocado ejercer los poco rentables oficios de ladrón y poeta. Poco rentables y, debo admitirlo, poco loables también; en especial en lo que se refiere al segundo de ellos, al que debo, tan sólo, la ejecución de algunas baladas de cierto o incierto mérito, a las que algunos mojigatos osaron (¡mierda con estos riñones!) calificar de impúdicas en su momento. ¡Canallas hideputas! A un paso de la muerte, sólo lamento no llegar a ver el día (inevitable, si es que Dios es en verdad bueno) en que se pene con la horca a los hipócritas, a los alguaciles y a los proxenetas, si es que, por ventura, no son todos estos cerdos de una misma piara.
Así, vendiendo algún que otro envío a borrachos y libertinos (colegas, la mayoría de ellos) y aligerando a los incautos del estorboso peso de sus bolsas, me he ganado el dinero en la vida, escudo sobre escudo y de mazmorra en mazmorra. Para gastarlo (pues ambas son tareas de igual importancia en la vida de todo hombre que se precie) me he proveído de los consecuentes vicios de jugador, borracho y putañero. No hubo una taberna (permítaseme jurarlo), casa de juego o prostíbulo, que estos diminutos pies que el Señor ha pegado a mi cuerpo pecador no hayan pisado incontables veces...
Pero ¿no me estoy adelantado, acaso? ¿No os había prometido antes de estas últimas líneas que habría de empezar esta historia por el principio? ¿Es que no podré cumplir, siquiera, esta ínfima promesa ante Dios y ante los hombres? Dejadme, pues, intentar otra vez mi porfía:
Digamos que mi nombre (para mayor comodidad) es François Villon. Como tal he abierto mis ojos a este mundo (según he dicho ya infinidad de veces) en la mentada ciudad de París. Este lamentable hecho (lamentable para mí y, en igual o mayor medida, para el mundo) se produjo en el año 1431 de la Gloriosa Era de Nuestro Señor Jesucristo. La fecha exacta (que, como bien sabemos, poco importa) se ha olvidado o la he olvidado, que al cabo es, poco más o menos, lo mismo. Por ese entonces, Francia estaba pagando (y sigue haciéndolo) el doloroso precio de la llamada Guerra de los Cien Años, atrayendo más pestes sobre sí que el propio Egipto en época de Moisés. Es muy probable (pienso ahora) que la intensión que tuviera el Señor, por ese entonces, fuera también la de salvar a los judíos, puesto que esos marranos (¡Dios los guarde en sus ghettos!), parecían ser los únicos que tenían algo de dinero en aquellos días de desesperación.
A la peste, que era de por sí espantosa, se sumaban las hambrunas y la injusticia; calamidad, esta última, que debíamos agradecer a nuestros déspotas y que era, a fe mía, el único pan de cada día con el que contaba la plebe por aquellos tiempos.
De mis padres y de esos años de desolación, que tanto y tan buen esfuerzo hicieron por coincidir con mi dorada infancia, poco diré; tan sólo que, felizmente, acabaron... Dejaré caer, pues, sobre ellos, un pesado manto de piedad y, acaso, de anhelado olvido. Además (y debo decir que por fortuna), poco recuerdo de esa época que, sin embargo, y según he oído más de una vez, debería guardar para mí como agraciada y feliz. (Permítaseme decir, entre paréntesis, que, a fe mía, no he conocido un solo hombre que afirme haber sido feliz en su infancia que no sea a su vez un tonto de capirote). Básteme decir que vi por entonces, con más frecuencia y, para espanto de mi ya poco inocente alma, más señales del imperio del dolor y la muerte sobre la tierra que del propio imperio de Dios.
Debo decir, por lo tanto, que la parte no obscena de mi existencia, aquella sobre la que me resigno ahora a escribir desde mi lecho de muerte, comienza a mis once años, hacia 1442 o 1443 (no recuerdo ya muy bien), año en que ingresé, con gran fortuna para mí y para alivio de mis padres, a la comunidad religiosa de Saint-Benoît le Bétourné, dirigida por entonces por el buen doctor en derecho canónico, hijo dilecto de Dios y hermano inmerecido de los hombres, don Guillaume de Villon, cuyo nombre (como debéis haber descubierto ya) adopté después como propio. Este gran hombre, fue para mí la primera y, quizás, la única persona a quien deba agradecimiento y estima en toda mi amarga existencia y también (me avergüenza decirlo) a la que pagué de la peor manera, haciéndole arrastrar el peso imperdonable de mis desdichas y mi deshonra.

2 comentarios:

Diana H. dijo...

Ahora lo leo desde... Praga.
Puede pedir algo mas de un lector? Si, que use tildes y signos en forma correcta: lo lamento, hago lo mejor que puedo con este teclado.
Saludos desde la tierra del gran Franz.

Fede dijo...

Praga. Una ciudad difícil de olvidar.

PD: ¿Grande en qué sentido?