jueves, 24 de julio de 2008

LITERATURA


Voy a hacer una confesión. Fuera de su delicado afán de dibujarle un sentido a la vida, de reestablecer un orden perdido o imponer uno que nunca existió, lo que más me gusta de la literatura es que hable de mí. Como lector, me siento libre de satisfacer mi egoísmo estético, de conmoverme con una buena historia o de un buen poema, por lo que tiene de revelador sobre mi forma de concebir y, sobre todo, de sentir el mundo.

Ahí están, en su mundo inviolable, todos los hombres que fui, que me tocó ser, la mayoría de las veces, contra mi voluntad. Ahí están las dos caras de lo tortuoso, el dubitativo, el irresoluto Hamlet, el cruel y torturado Macbeth y el Soneto XXIX de Shakespeare, que canta a un mundo que fue y, a la vez, nunca fue mío y la cesuda insensatez de Benedicto de Padua… Ahí están el Capitán Ahab, persiguiendo a Moby Dick, ese monstruo esquivo e invencible, incluso a precio de su vida y su alma; el soberbio Gilgamesh, que descubre que va a morir un día al presenciar la muerte de su amigo y decide acabar con la muerte; esa espantosa renuncia que Stevenson pone en la boca de Olalla; la renuncia del Cyrano de Rostand; los admirables personajes de Bioy y el de Dante (que es y no es Dante), inmersos en mundos de pesadilla o de ensueño, pero cuyo único cuidado es una mirada, una voz; los mundos precisos, dolorosos, de Borges, ese hombre triste y demasiado sensible, que sólo tuvo por escudo la ironía; la serena desesperación de Wilde al recorrer los dos lados del jardín, su ingenio, su salvaje hedonismo y el contrato infernal de Dorian Gray; los versos imposibles de Keats, que sólo escribió y murió (como todos) y que no son de este ni de ningún otro mundo; el temperamento heroico de Edipo, cuyo orgullo lo lleva al destino que su orgullo intentó torcer; Héctor en la Ilíada, el más valiente de los troyanos, que no teme a ningún hombre y huye, aterrado de Aquiles, el invencible; las citas de France, de Gidé, de Shaw, de Borges, de Groucho; Alfonso Reyes, que tradujo los 12.000 hexámetros de la Ilíada en alejandrinos de rima consonante, para recuperar su tono épico en un libro que nadie leyó… el infierno de Verlaine

6 comentarios:

Idea dijo...

¿Puedo confesarle algo? Me conmovió su tierna confesión, le ha dado una nueva dimensión a la literatura, además de servirme como punto de partida para plagiar a todos los que ya dijeron que lo que había que decir, puedo usarla como herramienta para conocerlo a usted, y conocer al otro ¿no es acaso la única tarea importante que tenemos por delante?

Fede dijo...

Idea:

Sep

nadie dijo...

Reconforta bastante saber que lo que uno intuía era cierto. Tanto que la ironía se vuelve innecesaria.

Walter L. Doti dijo...

Muy buen texto. Precioso, diría.
Igualmente yo hubiera agregado:

"...el profesor Robert Langdon, que desperdició su vida - que ya era un desperdicio - en la búsqueda del Código que le otorgara el falso secreto de Da Vinci. Aquel caballero, que siguió adelante a pesar del óxido de su armadura. Y un eterno burro pequeño, peludo y suave..."

No todo el mundo es tan selecto para leer.

Carolina dijo...

Para mi la literatura es abrir la puerta de un mundo dentro del mundo y a la vez entrar a un mundo nuevo dentro de uno mismo. Un universo que aun no se conoce, que con cada libro se reinventa.

Walter: no lo entendí, y aun asi me dió risa!

Darth Tater dijo...

Oiga, ¿de verdad ha leído a todos esos autores? Chispas, yo nunca he leído a Alfonso Reyes, y éso que es mexicano... me da envidia, ¿cómo le hace? ¿a qué hora tiene tiempo? ¿y el dinero para comprarlos y el espacio para guardarlos? ¿o tambièn tiene una librería como el señor Doti?