sábado, 1 de agosto de 2009

BOB


Ayer un amigo me preguntó la vida de quién me hubiera gustado vivir. Lo cierto es que esta pregunta recurrente entre amigos siempre me dio mala espina. A todos nos toca vivir una vida y eso de andar envidiando la de aquellos que decidieron vivirla con pasión y hacer algo importante con ella, me parece un gesto cómodo y un poco ruín. En fin, dije que envidiaba a Bob Beamon. "¿A quién?" Preguntó mi amigo con cierta deconfianza, suponiendo que le hablaba de algún escritor británico del siglo XVI.


17 de octubre. Un Hotel de México DF.

Imagínense a un muchacho negro de Long Island, aficionado a las bromas y a las mujeres hermosas, en un hotel de México DF festejando su cumpleaños número 22. Es 1968, se vivían entonces a pleno las épocas del black power y la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Quizás por eso, Bob, a pesar de ser casi imberbe, lleva una barba un poco ridícula, al estilo de Patrice Lumumba y gusta de esos gestos de aparatosa arrogancia conque los nietos de esclavos buscan equilibrar su herencia de siglos de humillación. Tiene un cuerpo hermoso y fuerte; besa a su chica y la conoce reiteradas veces en el sentido bíblico de la palabra. Son estas, también, las épocas del amor libre y la experimentación con los sentidos promulgada por el rock y Timothy Leary, un tipo blanco y un tanto aristocrático. Quizás por eso la leyenda agregue marihuana y alcohol a esa noche de la que muy poco se sabe, una noche que no era muy diferente a otra si no fuera porque Bob, al otro día, muy temprano, tenía que competir en la prueba de salto en largo de las Olimpíadas de México.


18 de octubre. Estadio Olímpico de México DF.

Ahí estaba, parado a su lado, el gran favorito soviético, Igor Terovanesyan, dueño de la increíble marca mundial de 8,35 m. También estaba el británico Lyn Davis, el campeón olímpico. Miró a cada uno de los saltadores a su alrededor (todos ellos mucho más famosos que él) y se preguntó qué estaba haciendo ahí. Bob tenía una gran marca, pero no había saltado muchas veces por encima de los ocho metros. Ese día, en la ronda de clasificación, apenas había podido pasar los 7,65 m para llegar a la final. Lo cierto es que él había empezado jugando al básquetbol en la Universidad y llevaba poco tiempo practicando atletismo. Le gustaba mucho, pero le molestaba un poco el rigor que exigía y le molestaba ver hoy la cara de su entrenador, molesto, porque había sabido de su pequeña fiesta.

Por fin le tocó saltar. Lo hizo con el entusiasmo y la concentración de siempre, pero su carrera fue un poco más rápida que de costumbre: temió por eso que su salto fuera nulo o no poder controlarlo, pero todo salió muy bien, aunque se sintió un poco extraño en el aire. Al caer, supo al instante que ese había sido el mejor salto de su vida. Le sorprendió, sin embargo, ver que el juez permanecía quieto, sin medir su salto. La razón era muy simple: el mecanismo oficial de la pista no estaba preparado para medir una distancia tan larga. Debieron ir a buscar una cinta métrica común. Los segundos pasaban. Miles de personas en el estadio de México esperaban el resultado; miles de personas en el mundo lo hacían. Bob, miraba con fingida tranquilidad, desde un costado de la pista.


Un fin para una historia

8,90m. Eso decía el cartel oficial. Parecía una broma, pero no lo era. Bob corrió por la pista. Cayó en el piso. Lloró. Quizás pensó en algún momento feliz de su no tan lejana infancia, en los amigos de su barrio, o quizás, simplemente no pensó en nada. Lo cierto, lo único cierto, es que había un nuevo campeón olímpico y un nuevo récord mundial, que superaba en 55 cm al anterior, cosa que no había pasado nunca. Se habló del salto del siglo, se aseguró que nadie nunca iba a poder superarlo, Lyn Davis, resignado a perder su corona olímpica, afirmó que Bob había "destruido la disciplina" Fue el día más glorioso de la historia del atletismo moderno.


Otro final

Suele decirse que Tragedia es Comedia más tiempo. También podría decirse que Gloria más tiempo es igual a cotidianeidad, a rutina y medianía. Será por eso que me gustan los destinos como los de Bob, glorias momentáneas, efímeras: me gustan los hombres destinados a brillar enormemente en una disciplina inofensiva y (por qué no decirlo), inútil y que después, desaparecen como por arte de magia. Todos los actos humanos, a mi entender, tienen el valor de la pasión que ponemos en ellos. Bob, con su barba rídicula y su fuerza de titán, nunca volvió a ser el mismo después de ese increíble día. En los siguientes dos años, no pudo saltar nunca por encima de los ocho metros. Dejó el atletismo por un tiempo porque "ya no había razón para seguir". Jugó entonces al básquetbol, sin pena ni gloria. Después volvió al atletismo con nuevo entusiasmo, pero no pudo pasar de los 8,22 m y se retiró definitivamente.

Hoy, a los 62 años, trabaja en un complejo deportivo en Miami, donde seguramente ayuda a bajar de peso a cubanos exiliados y banqueros judíos retirados. El 30 de agosto de 1991, en la final del mundial de atletismo de Tokio, casi 23 años después, su compatriota Mike Powell saltó 8,95 m en otro día increíble. Pero eso (quizás) es otra historia.

2 comentarios:

Walter Leonardo Doti - (Gurkha intelectual) dijo...

Estoy más que seguro que esto no lo escribió Ud.

Fede dijo...

¿Cómo se dio cuenta?