miércoles, 3 de septiembre de 2008

ANTICIPACIONES



Nunca entendí la excesiva admiración que produce el género de ciencia ficción en las personas. Entiendo que nos asombre la llamada literatura de anticipación, pero ciertas anticipaciones pecan de obviedad. Afirmar, por ejemplo, que Julio Verne concibió los viajes estelares me parece, por lo menos, exagerado: el querido Cyrano, Kepler, Da Vinci, Francis Bacon… los mismos griegos y babilonios soñaron con estos viajes mucho antes; el hombre los soñó en cuanto tuvo tiempo de mirar el cielo, porque la luna, si bien se piensa, nunca se ve mucho más lejana que la montaña de la cual asoma y, quizás, no lo sea*. La luna, para el hombre antiguo, tenía el tamaño de una moneda; una moneda imposible, sin reverso**. Todos los hombres supieron que un día habría un Yuri Gagarin y un Neil Armstrong. Los automóviles, los robots, las máquinas de pensar y las prótesis mamarias, siempre estuvieron en el terreno de la imaginación del hombre.

No niego la posibilidad de la anticipación, pero creo que (al igual que la innovación) tanto es nuestro deseo de encontrarla que, cuando realmente aparece, resulta muy difícil distinguirla. Arriesgo un ejemplo: no, mejor otro día… Me da fiaca.

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*El chauvinismo, del que suelo pecar, y mi cariño y admiración por Bioy, no me van a dejar en paz hasta que recuerde que “La invención de Morel” y “Plan de evasión”, no hacen sino anticipar lo que hoy conocemos como realidad virtual.
**A veces creo que si la luna no hubiese existido, la matemática euclidiana no hubiera existido tampoco, ni el idealismo, tan nefasto a ojos del señor Doti. ¿A qué concebir un universo bidimensional o ideal, tan ajeno a la experiencia cotidiana, si no fuera por la luna, símbolo de lo ideal y de lo inasible? Léase “El disco” de Borges, en su libro “El libro de arena” (1.975)

6 comentarios:

Fede dijo...

Por cierto: lean a Verne, nunca dejen de leer a Verne. ¡Qué no nos joroben más Proust y sus secuaces con esas novelas donde no pasa nada! El modelo es, siempre será, la Illiada, Las mil y una noches... Cuando un chico se va a dormir quiere que le cuenten una historia, no un sofisma, o la inteligente reconstrucción de la sociedad victoriana, ni la introspección en la psicología del burgués parisino de la Segunda República. Si un libro empieza describiendo una ciudad, al tacho y kerosén... No imagino un mejor comienzo que "Había una vez..."

Idea dijo...

Jaja, ¿no es un poco intolerante su alegato? porque si uno ya no es un chico que está a punto de irse a dormir, sino más bien un grande que hace rato duerme poco, tal vez la inteligente reconstrucción de la sociedad victoriana o la psicología del burgués parisino de la Segunda República resulten encatadoras para esas horas de insomnio.
Ahora que eso sí, yo con la literatura de ciencia ficción ni para los ratos del baño, allí siempre es mejor el techo con sus tonalidades de humedad o las Caras de la modernidad pasajera y circunstancial.

Idea dijo...

Érase una vez... ¿no le complace?

Alexis Socco dijo...

¿También deberían caer en el saco de su propuesta las obras de Orwell o Huxley?

Eugenia dijo...

Creo que no debemos dejar nunca de tratar anticipar ni de tratar de innovar. Como dice Borges, los momentos no son infinitos y se repiten, y seguramente alguien pensó antes lo mismo que pensamos ahora nosotros. Pero la cuestión tal vez pase por constuir a partir de esas ideas, sin pensar ya en si son novedosas o generen innovación, algo que valga la pena. Y como usted dice, seguramente encontremos lo que buscamos y no nos demos cuenta.

Gracias por su comentario sobre mi cuento en mi blog, es un honor para mí que usted halague un escrito mío.

Besos.

Walter L. Doti dijo...

Los mejores cuentos de ciencia ficción son aquellos en los que los elementos anticipatorios no importan tanto. Si Bradbury es famoso no lo es por su descripción de naves espaciales sino por la sagacidad con que retrata el alma humana en situaciones límites.
La fascinación de la que Ud. habla surge de la siguiente manera: la gente afecta a las cuestiones tecnológicas - gente que no tiene el hábito de la lectura ni se vincula con el aburrido mundo de los libros - a veces cobra conocimiento de algún autor que habla en sus narraciones de temas que tocan tangencialmente temáticas que pueden resultarles interesantes. Entonces van en busca de esos libros, que leen pacientemente para no quedar como incultos, y descubren allí casi por primera vez el aspecto "mágico" de la lectura, la posibilidad que el arte de la escritura da de describir psicologías, de pintar lugares y de imaginar mundos posibles. En síntesis, el deslumbramiento no lo genera la ciencia ficción, sino la lectura. Y se trata de un encanto que estas personas mantendrán durante toda su vida, pues no leen tanto como llegar a advertir que esta práctica es lenta, aburrida e incompatible con un espíritu inquieto.