domingo, 22 de abril de 2012

LA CASA DERRUÍDA

 

Hay que soñarlo todo; los hastiales,
el aljibe que amó la enredadera,
decir la luna de oro en los vitrales...
Elegía a una casa derruida,
Abelardo Castillo

I
La casa derruida era casi una mentira. Quiero decir; era más el intento fallido de una casa que una casa real. Había algo de absurdo en el dibujo imprevisible de sus muros, en sus escaleras (que no parecían ir a ninguna parte), en las ventanas que rehuían el sol indefinido de la tarde y en su patio minúsculo, cubierto de extraños dibujos; algo, en fin, que la hacía ver más bien irreal. Uno, sin planearlo, se le acercaba como a un recuerdo agónico, por un camino de piedras grises, como llovido de ese cielo siempre plomizo y agobiante. No estaba sola, pero todo lo que la rodeaba parecía lejano; unos pocos árboles, acá y allá, se repartían un espacio casi infinito, harto de un silencio bochornoso y sutil; restos de máquinas indescifrables se dispersaban en un caos desdeñoso a ambos lados del camino, por dos o tres kilómetros; y unas cuantas tumbas, casi ocultas y torpemente enfáticas, hacían un débil esfuerzo por volver más lúgubre el paisaje.
Había también (cuando no) un aljibe de piedra y musgo, que contrastaba con la presuntuosa modernidad del resto de la casa y delataba, cruelmente, su vejez.
En ese aljibe me quedé en suspenso la primera tarde, planeando la mejor manera de ayudar o acelerar el trabajo del tiempo: demoler la casa derruida. Un par de notas, de pobre pretensión matemática, se abrían paso, tediosas, en mi cuaderno, cuando me distrajo el tibio ocaso, desarmándose, pesadamente, ahí donde mi mirada decretaba el horizonte de ese mundo. Entonces tuve una duda temerosa; algo había roto la lentitud de la tarde. Primero, fue una forma vaga del frío; después, un viento repentino y elocuente; finalmente la lluvia.  
Por culpa de esa lluvia tuve que quedarme a dormir en la casa.  


II
Mi primer sueño fue un poco melancólico. Yo caminaba por la casa derruida, perdiéndome en pasillos laberínticos, insinuados por muros mutilados y ajenos. La casa, por fin, terminaba, y yo sentía el alivio del que abandona un desierto, apenas traspuse la puerta trasera.
El patio se abría a la caricia de una luna cenicienta y trágica, que derramaba su luz irreal en el camino de piedra y barro. al costado del aljibe. La enredadera rodeaba el muro olvidado.
Desperté buscando el aire que el miedo me había arrancado. Caminé, casi despierto, por la casa, que seguía siendo la casa de un sueño. No sé que buscaba, pero encontré el aljibe; junto a él, la enredadera, que no recordaba haber visto esa tarde. Puse mi mano sobre las hojas que supuse frías y un cálido rubor quemó mi asombro; tenía ese verde afán el frágil calor de un recién nacido.
Volví a la cama, mientras mi temor se transformaba en algo mágica.

*          *          *
Mi segundo sueño fue el muro que lindaba con la loma, y que en la vigilia ya no entorpecía el viento de la tarde desde hacía años. Lo veía levantarse, rehacerse lentamente, como un tímido fénix de cemento. Su sombra fue creciendo donde no había luz.
Burlé, entonces, mi sueño, saliendo de mi cama con un salto. Fui, otra vez, al patio imprevisible y vi el muro del sueño resurgido, ocultando, como ayer, la loma. Volví a probar mi asombro, dejando caer el peso de mi palma sobre la piedra inmóvil; mi mano se hundió como en agua tranquila; vi al muro temblar suavemente por un instante y aquietarse, al final, sin romper nunca el silencio de la noche...

*          *          *
Imagino que existen muchos mecanismos para revelar, poco a poco, los hechos que presencié, pero no tengo intención de poner en juego artificio alguno para ocultar el prodigio; la casa derruida renacía a partir de mis sueños.
Pasaban las horas y los días y, con ellos, los muros se reconstruían, ladrillo por ladrillo; el techo, como una urdiembre mágica, iba cerrando sus párpados para esconder el cielo infinito; el aljibe, rebosante de una lluvia antigua, reflejaba mi nuevo asombro; los pisos recuperaban la lozanía de su juventud olvidada; el jardín se hastiaba del perfume de nuevas, viejas, flores...

*          *          *
¿Quién lo hubiera dicho? El sueño no es un paréntesis en la vida, sino parte de ella; la palabra que hace nacer el poema.

*          *          *
    
Llevo días en la casa; llegué para destruirla y hoy vivo para que viva y resurja. Esa curiosa ironía puebla de humor mis horas, antes oscuras y amargas. Las noches son para mí el milagro de una plácida aventura, no exenta, por supuesto, de peligro. Me despierta el canto de los pájaros por la mañana, ya cansado de dormir; al principio lamentaba estas interrupciones del mundo, pero ahora veo en la vigilia la oportunidad de constatar la consagración del sueño; gozo de la vida nueva que nace en cada mañana, de la promesa interminable de mis días. En fin; aprendí a ser paciente; a dar tiempo a mi tarea y a la vida. Riego las nuevas flores; pintó los nuevos muros; bebo el agua del aljibe; respiro el aire imposible de la casa, que hasta ayer no hablaba más que de muerte.

III
Pero esos primeros días no fueron más que un comienzo.
Ayer tuve un sueño especialmente extraño; soñé con los restos de máquinas que bordean el camino hacia la casa; soñé los hombres y mujeres que vivieron y murieron en ella; soñé hechos de pasión, de sangre y de locura.
Al despertar, no entendía las formas de ese mundo, que parecían deslizarse, confusas, hacia la vigilia. Vuelven a andar las máquinas; las tumbas ya no existen; la casa ha renacido.  
Ahora lo entiendo y espero a los que vuelven.
La casa renace.
Lo digo con esperanza y con un poco de temor.

4 comentarios:

Fede dijo...

No sé... ganas repentinas de postear.

Luzdeana (Diana H.) dijo...

Qué placer cuando nos regala lo que mejor sabe hacer en el blog.
¿No probó con dejarse llevar más seguido por sus ganas repentinas?

Fede dijo...

Es que mantengo mi esperanza de vivir de la literatura y no soy precisamente prolífico. Por eso mezquino un poco y posteo lo más logrado por efecto de resignación paulatina. ;)

Luzdeana (Diana H.) dijo...

Vivir de la literatura, esa "amante ingrata", es para muy pocos (conozco gente que escribe sin pausa y lo hace de lo mejor, y sin embargo apenas logra ser publicado a veces…) pero quizá mientras alguna de esas vanas actividades le llena el estómago (que no es poco decir), puede darse el lujo de no renunciar a su pasión de escribir, para no ser tan sumiso con esta vida perra, vio... :)