lunes, 23 de abril de 2012

DEL ENTUSIASMO Y LOS PEDANTES


Confía en aquellos que buscan la verdad;
desconfía de los que ya la han encontrado
André Gide


Ha de ser triste, muy triste, ir por la vida creyendo que las grandes gestas de los pueblos son, forzosamente, un error. Porque si es triste creer que el Quijote no era más que un loco corregible, mucho más triste, infinitamente triste, es ir por el mundo creyendo que Sancho ––Sancho pueblo–– es un tonto. Le llaman a este mal pedantería y, tristemente, anda muy difundida en este mundo. El pedante desprecia todo tipo de acción por impura; como si esta impureza, esta contradicción y ese poco de locura y de error, no fueran, no solo propios de todo acto heroico, sino también deseable en sí misma… ¡Y todo acto de un pueblo es, por definición, heroico!  
¿Y por qué deseable? Es que hay una enorme sabiduría, quizás intransferible, en no temer a la falta y al error; porque por cada error heroico en este mundo, hay tantos aciertos anejos, que a veces es imposible llevar la cuenta. Porque, si bien es cierto que el Quijote confundió a los molinos con gigantes, también es cierto que liberó, en un bosque de la Mancha, al criado bajo el látigo del labriego y forzó al verdugo a pagarle su salario (Quijote, I, IV) y cierto es que liberó también a los esclavos que iban a los galeotes (Quijote I, XXII) y llamó doncellas a las meretrices de la venta (Quijote I, II). ¿Y es posible hacer todo esto sin confundir, alguna que otra vez, gigantes con molinos? ¿El que pasa impávido ante las aspas de un molino, se detiene después ante el agravio e interviene? ¿No hace falta, acaso, para desfacer tuertos, contar con una fuerza, un impulso, que va más allá de la razón, más allá del sentido común; ese sentido común que se detiene, siempre, a juzgar la ingerencia real de un acto en el mundo? ¿No requiere, en fin, el heroísmo un cierto olvido de la sensatez?
A esta otra fuerza le dan en llamar entusiasmo y los pedantes le temen más que a nada en el mundo; el pedante teme al error y al ridículo, porque su único tesoro, su única arma, consiste en no participar de ninguna creencia, de modo de no estar nunca equivocado… Por eso nunca hay que confundir el escepticismo del melancólico ––de aquel que desespera por no poder creer––, del escepticismo del pedante ––que hace una vanagloria de su no creer––; el primero, busca siempre la verdad, el segundo (aunque lo niegue) está seguro de haberla encontrado.
Los grandes hombres y los grandes pueblos no tienen sentido del ridículo, sino sentido de lo heroico; y el uno ––es hora ya de admitirlo–– excluye, necesariamente, al otro. Aquellos que, con toda justicia, con toda dignidad humana, viven la vida con el temor de no ser lo suficientemente valientes, harían mejor en desprenderse de su sentido del ridículo, antes que del miedo, sin el cual no hay coraje posible; porque el valor, finalmente, no es más que la superación del miedo y no su ausencia.
¡Fuera, entonces, el ridículo! ¡Fuera el miedo al error y a la contradicción! Haríamos bien en montarnos, como aquel loco hidalgo, a un rocín flaco y viejo, en forjarnos una armadura de cartón y hacernos de armas olvidadas, cubiertas de orines (Quijote I, I); en valernos de una bacía de barbero por casco y juzgarlo un soberbio yelmo (Quijote I, XXI); o en armarnos con la rama de un árbol, una vez rota nuestra lanza (Quijote I, VIII).    
Porque andan por ahí ciertos pedantes diciendo que hay pueblos más serios que el nuestro ––pueblos donde no tienen cabida ni Quijote ni Sancho. Nos quieren hacer creer que existen pueblos que no sufren, no sueñan, ni cometen errores; nos quieren hacer creer que existen pueblos que viven bajo el yugo de la Pura Razón, que es la peor de las locuras y la menos pura de las razones. Y yo no creo que existan pueblos así y, si los hay, pobre de ellos; porque serán, sin dudas, muy serios, pero habrán de ser muy poco heroicos.
El supuesto estereotipo de estos pueblos (según estos pedantes) es un tal Hamlet, que se pierde en devaneos interminables y no actúa hasta que ya es demasiado tarde. ¡Pero qué distinto el Hamlet de estos pedantes al Hamlet de Shakespeare, que era un príncipe trágico y melancólico!
Y, como ya dijimos, el escepticismo de los melancólicos proviene de su desesperación de no poder creer; la duda de Hamlet, en fin, nace de no poder tomar por real el fantasma de su padre. Este príncipe no era un pedante, sino un desesperado; no temía al ridículo, porque un hombre que teme al ridículo no se finge loco y, mucho menos, ante sus enemigos. Pero, además, este príncipe actuó… Un minuto antes de la muerte, pero actuó. Y un minuto antes de la muerte no es tarde; mientras el corazón late, nunca es demasiado tarde para actuar. Y no puede haber pedantería en aquel que dice: ¡Hay algo más en el cielo y en la tierra, Horacio, de lo que ha soñado tu filosofía! (Hamlet I, V)  
La grandeza de Hamlet está en su duda y la duda es cosa muy seria… ¡Y hasta los pedantes, que no saben nada, saben eso! El problema de estos pedantes es que son capaces de dudar de todo, salvo de que los demás puedan tener razón y no ellos; y lo que es peor; están absolutamente convencidos de que sus adversarios son incapaces, a su vez, de toda duda… Y cuando se tiene una absoluta certeza sobre eso, sobre el fanatismo de nuestros adversarios, de nada sirve dudar del resto, porque la batalla contra uno mismo ––la madre de todas las batallas–– ya está perdida.
Dijimos que Hamlet era un príncipe trágico y melancólico; y nos faltó decir que es ese aspecto trágico de su duda lo que lo salva; la suya es una duda orientada hacia la posibilidad del propio error, y no tanto hacia el error del otro… ––Otro hombre trágico y, posiblemente, también un poco loco, llamó alguna vez a mirar menos la paja en el ojo ajeno y un poco más la viga en el propio. 
La duda y la reflexión son necesarias y fructíferas, siempre y cuando no se transformen en un calambre del espíritu; mientras no existan sólo para alimentarse a sí mismas, matando la acción futura que tendría que ser su fin. Una duda eternizada es un cáncer vital; como el agua salada, se bebe con ansiedad, pero en vez de aliviar nuestra sed, la empeora, volviéndola intolerable.
Es preferible correr el riesgo opuesto al del escepticismo. La locura del Quijote, por ejemplo, es la locura del entusiasta; no consistía sino en confundir verdades poéticas con verdades fácticas; aquello a lo que Keats mentaba con eso de: Belleza es Verdad; Verdad Belleza… ¿Por qué no habrían de ser ciertas las historias de los caballeros andantes, si suponían un mundo más justo y valeroso? ¿Y quién sabrá si el propio Platón no acabó por creer, realmente, en la Atlántida, de tanto desearla y a fuerza de imaginarla apasionadamente?
Ciertos desequilibrios y cierto grado de ingenuidad, lindantes a la fantasía e, incluso, a la locura, son inevitables y deseables en un hombre… La salud mental es algo bien valioso, a no dudarlo; siempre y cuando no suponga una perfecta adaptación a la realidad; tan perfecta, en fin, que termine pareciéndose, peligrosamente, a la resignación o a la conformidad. Lo único que podemos inferir sobre el primer hombre que habló, sobre el primero que intentó dominar el fuego o valerse de una rueda, es que debe haber pasado por un loco en su tribu, antes de volverse un sabio o un profeta.   
Esa duda de la que hablamos, siempre necesaria, no debe paralizar nuestros actos; y el entusiasmo no es opuesto a ella, como el valor no lo es al miedo, por más que chillen los pedantes que, finalmente, no parecen buscar más que excusas para estarse quietos o ––lo que es peor–– para fingir estar quietos; como aquel Bachiller Sansón Carrasco al traicionar al Quijote… ¡Y al traicionar a Sancho!
Todo error, toda falta, corre el albur de ser subsanable; no así una eterna omisión, sin importar lo loables o sensatas que sean sus razones. Todo acto requiere, en fin, de una certeza, de una convicción, al menos momentánea; y la vida, lo niegue quien lo niegue, exige de actos… Y exige, sobre todo, de pasión, de amor y de entusiasmo… ¡Y hay que seguir andando, aunque ladren los perros y los pedantes!

Ladran, Sancho*

*Esa frase tan famosa que Crevantes nunca escribió



2 comentarios:

Fede dijo...

––Lo siento mucho, pero no alcanzo a entender la diferencia ––dijo [Ivanov] ––. Quizás seas tan amable en explicarme.
––Por supuesto ––repuso Rubashov ––. Hubo una vez un matemático que dijo que el álgebra era una ciencia para gente perezosa, porque uno no conoce el valor de X, pero opera con él como si lo conociese. En nuestro caso, X representa a las masas anónimas, al pueblo. La política es el arte de hacer operaciones con esta X, sin preocuparse por conocer su verdadera naturaleza, mientras que hacer historia consiste en dar a X el valor exacto que debe tener en la ecuación.
Arthur Koestler, El cero y el infinito

Fede dijo...

Ahora que lo pienso, quizás mi problema ha sido siempre vincularme con Sansón Carrasco confundiéndolo con el Quijote.