domingo, 8 de febrero de 2009

LA UTILIDAD DEL ARTE





...Hastiado de las imposiciones burguesas de su tiempo y de la asfixiante tiranía de su padre, Andrew Phelps abandonó Londres en busca de aventura. Como todo joven aristócrata, tenía algo de romántico y de ácrata, y no imaginaba, en su infinita pasión, otro escenario posible para su cercenado espíritu poético, más que la imponente savana africana o la tumultuosa India. Fue la atracción mística de esta última, así como las ventajas hoteleras, lo que terminó por convencerlo. No pudiendo costear su viaje ante la negativa de su padre de darle un solo chelín para lo que consideraba una empresa "sumamente estúpida", se enroló en un barco mercante, donde ensayó sus primeros, torpes, versos y conoció el rigor de la vida de los comunes, caracterizado por la mala comida y la extraña costumbre del trabajo. Del barco, según lo planeado, huyó apenas tocó puerto en Bombay, llevando consigo solamente sus versos, su buena botella de scotch, y su tabaco. El escaso dinero que ganó a bordo, lo invirtió en un boleto de tren a Nueva Delhi, la meta de todos sus anhelos.
...El tren no era muy diferente de un tren inglés; de hecho, era un tren inglés, pero el ámbito sórdido de sus vagones se le antojaba magnífico. Eligió el último vagón, por sentir en él un extraño clima de peligro y aventura. Algunas mujeres viejas, unos soldados y algún que otro comerciante eran sus compañeros de viaje. Andrew era el único europeo. A su lado, se sentó un joven hindú de rostro increíblemente bello y mirada oscura y penetrante. Sus manos y brazos denotaban una fuerza sorprendente. Andrew hubiese querido hablar con él, pero el muchacho no sabía una palabra de inglés. Sin embargo, supo a las claras que aquel interés era recíproco, puesto que el hindú perdía su profunda mirada una y otra vez en él, con extraña insistencia. Aún, en su ingenuidad, Andrew no adivinaba nada siniestro en aquel ímpetu.
...Nueva Delhi resultó en una decepción. Calles atestadas de comerciantes, parias mutilados pidiendo limosnas en nombre de dioses e ídolos bochornosos, calor, humedad y gallinas fue todo lo que vio. Compró, con el poco dinero que le quedaba, un potaje irreconocible para comer que, de inmediato lo enfermó. Se sintió perdido en aquel infierno. Pero nada, resolvió, lo haría dar marcha atrás antes de conquistar su destino. “Antes de volver a Londres, prefiero morir”, se dijo a sí mismo. Entonces, como si se tratase de una extraña respuesta divina, se topó con el joven hindú del tren que, gentilmente, se dispuso a ahorcarlo con una fina tela de seda, de modo de ahorrarle el vergonzoso regreso a casa. Inútil era resistirse a la dádiva de los dioses y a la fuerza descomunal del hindú, pero Andrew lo intentó, más por condescendencia o costumbre que por convicción. En el forcejeo, su bolso cayó al suelo, dejando a la vista su tabaco, su scotch y las cuartillas de papel con sus versos. El hindú, entonces, habló con crueldad, dejando escapar entre dientes lo que sin duda era una imprecación espantosa. En ese momento, el joven inglés perdió el conocimiento.
...Despertó en la Embajada Británica, minutos después, donde supo que su padre había hecho los arreglos para que volviese de inmediato a Londres. Avergonzado, aceptó las recriminaciones de dos cónsules, dos coroneles, tres secretarios de cancillería y un despachante de aduanas. Fue a este último, un galés enorme y simpático, al que le dijo:
...-Por suerte, el bellaco me dio por muerto y huyó.
...El galés lo miró sorprendido.
...-¿No se lo dijeron aún?- Le dijo al fin-; el bellaco, como usted dice, era nada más y nada menos que un tug; un asesino ritual. Por eso intentó estrangularlo en vez de valerse de una espada; su dios les prohibe derramar la sangre de su víctima. No crea que debe al azar su vida; el destino del alma de un tug, según su espantosa creencia, depende de la cantidad de hombres que logre asesinar en vida; eso los vuelve implacables. Si ese bellaco lo hubiera querido muerto, usted, joven Phelps, ya lo estaría.
...-Pero, entonces-, dijo Andrew- ¿cómo explica que no lo esté?
...-Es muy simple- Agregó el galés cortesmente-: Los tugs tienen restricciones al momento de elegir a sus víctimas; no pueden matar a otros tugs, a ningún hombre santo, a fabricantes de aceite (curiosamente) ni a poetas, lo que, si me pregunta a mí, es mucho más curioso aún… Los versos que usted dejó caer en ese callejón, joven Phelps, fueron los que le salvaron la vida. ¡Y agradezca a Dios, puesto que he visto esos versos, que el tug no supiera una palabra de inglés!

Aloir Edef.
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10 comentarios:

Fede dijo...

;)

SH dijo...

¿Cómo toca la flauta sin soplarla?

Ego... dijo...

Esta posando.. jeje

Ego... dijo...

Vaya!! Me gustó la historia. No la conocía. Curiosa, divertida e incluso sorprendente.
Es un arte lo de los relatos breves eh?
Saludos

Fogel dijo...

Los caminos de Alá son inescrutables...menos mál que no se le cayó a nuestro agraciado poeta la lista del supermercado, sino ya era boleta!!! Y no es azarosa la doctrina de los Tug, es que ellos saben bien que el mundo puede prescindir de un arquitecto o de un médico, pero si queremos salvar lo que queda de este planeta, los únicos verdaderamnete indispensables son los poetas...
(Una cursileria de mi parte...)

Abrazos para todos.

Carolina dijo...

Querido Fogel: Los poetas y los fabricantes de aceite. Sino ¿cómo comeriamos papas fritas?

Un beso a Aloir

Carolina dijo...

Querido Fogel: Los poetas y los fabricantes de aceite. Sino ¿cómo comeriamos papas fritas?

Un beso a Aloir

Darth Tater dijo...

¿Dos coroneles? ¿fabricantes de aceite? ¿Tugs? Parece un relato salido de Las Mil y una noches...

Walter L. Doti dijo...

Lo que este relato demuestra no es la utilidad del arte. Nos habla de la utilidad de hacer cosas, en general.
Nadie duda, claro está, de que fabricar aceite es útil. Pero si alguien no lo tuviera por cierto podría recurrir a un relato similar donde al protagonista se le cayera una credencial del Sindicato de Fabricaciones Óleas.

Repito: hacer. De todo, siempre. ¿cómo era eso de los tiros al cielo? ¿Nos lo comenta?

Por último, ¿el tipo era medio tragasables? ¿un bicurioso, quizás?

Fede dijo...

Lo que enseña este cuento es que los trenes de la India eran (y siguen siendo) fabricados por empresas británicas.

Ahora que escribí sobre los tugs me dieron ganas de escribir, también, sobre los asesinos. Ya veremos.