Era tarde ya y la luz se desparramaba suavemente por
el vagón como una caricia de pereza y de sueño. El traqueteo del tren sobre las
vías, el juego inconstante del viento sobre su cara y su pelo, el bullicio
apagado y constante (esa lejana algarabía que hay siempre en los trenes), la
insistente monotonía del paisaje, todo parecía confabularse para que él durmiera.
Pero Manuel padecía esa curiosa enfermedad que suele sobrevenir a muchos
estudiantes; esa suerte de ocio expectante, de continuo alerta, que parece
atarlos a la conciencia y a un cansancio imperioso. No podía permitirse cerrar
los ojos ni dejar pasar un solo estímulo ante ellos sin atraparlo, sin
desmenuzarlo y gozarlo violentamente, desgajando de cada mínima percepción un
caudal inacabable de sensualidad, de furioso arrobamiento.
Ocio, humor, literatura, pelusas de ombligo, revisionismo cultural, filosofía de potrero, perejilismo intelectual, chismografía anacrónica, musicología hipoacúsica, helenismo en pantuflas y otras incontinencias verbales...
domingo, 13 de mayo de 2018
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