Conocí al ajeno por azar. Esta expresión, tantas veces
usada a la ligera, no puede ser más exacta; sólo por azar, en el sentido más
estricto, puede uno conocer al ajeno. Una tarde cualquiera entré a mi
biblioteca vacía (o que suponía vacía) y me lo encontré sentado ante mi
escritorio. Nada en él, salvo su imposible presencia, era llamativo. Daba la
impresión de ser un hombre más bien vulgar, con algo de intelectual venido a
menos y de oficinista anticuado. Mostró él una desganada sorpresa al verme; me
explicó que ese era, claramente, su turno de ocupar la biblioteca y, por ende,
la inconveniencia de mi irrupción. Ante mi queja burguesa, se encargó de
desasnarme en tono burocrático: desde tiempo inmemorial, todo ajeno ocupa las
habitaciones de su involuntario anfitrión en su ausencia y un obstinado plan
cósmico evitaba el tipo de encuentros desagradables que acababa de producirse. Ante
mi estupor, me preguntó, sin ironía alguna, a qué había adjudicado yo, hasta
entonces, la suma de pequeñas inconsistencias de mi realidad cotidiana: la pérdida o rotura inexplicable de algún
utensilio de menor importancia, el movimiento casi imperceptible de ese
incómodo adorno (regalo de un tío o cuñado), el gasto siempre desmedido de
tabaco, café o yerba mate en la casa… Mucho debí preguntar esa tarde, y no lo
hice. Una temerosa inquietud, una vaga congoja, estuvo presente todo el tiempo
que compartí con el ajeno en ese, nuestro único encuentro; no tardé en dejar la
habitación, urgido por la sospecha de una imprecisable profanación. De más está
decir, que no volví a ver al ajeno; durante meses, adquirí la estéril, absurda,
previsión de golpear antes de entrar, aun sabiéndome solo en casa. Algunas
tardes de hastío, no sé si con la intención de escapar de mi melancolía o de
solazarme en ella, pienso en ese hombre gris y especular, condenado a compartir
mis íntimos espacios, mi adocenada rutina y mi soledad…