lunes, 30 de julio de 2012

LA PIARA



Tan lejos que ya no importa...
Arrecifes. James Don

"No se puede pasar", decían. "Es la última parada... aunque se quede dormido, allá lo despiertan". Y me pasé. Llegué sin nada o casi sin nada; con una maleta con unas camisas y una carta de recomendación. Pero lo triste no era haber venido con tan poco, lo triste era saber que no me había olvidado de nada. "Sin nada que perder", como dicen. Por eso el viaje: para probar suerte. ¿Quién sabe? Allá no quedaba nada que cuidar y con un poco de suerte me podía tocar algo diferente. Nada del otro mundo, un trabajo, una casita... algo por lo que valiera la pena seguir metido en este baile. Pero no. Me pasé y tuve que terminar en esta ciudad de la que nadie sabe nada para que me despierte un viejo arrugado y gris.
–¡Vamos, m'hijo, ya llegamos!
Levanté la vista y, comido por la noche, pude leer en el cartel el nombre de la estación: "La Piara".
–¿La Piara? ¿Dónde queda esto?
–En el culo del mundo, m'hijo. Bien en el culo, ––dijo el guarda casi por reflejo mientras mascaba un mondadientes deshecho, como si supiera de antemano lo que yo iba a preguntar.
         Siguiéndolo, bajé del vagón. Caminaba despacio, sin ningún apuro y hubiera jurado que iba evitando las rayas de las baldosas, jugando una suerte de rayuela secreta. Iba rengueando y hacía ruido con un manojo enorme de llaves. En la estación no había un alma. El tren estaba apagado y parecía un gigante dormido. Creo no haber visto bajar a ningún otro pasajero, ni siquiera al maquinista.
–Maestro, - le dije al viejo - sabe que me pasé de largo, no venía para acá...
–Nadie venía para acá.
–¿No sabe...
–Pruebe mañana. A la tardecita sale uno; a las seis.- dijo y se metió en una oficina dentro de la estación. Lo último que escuché de él fue el ruido de las llaves cerrando la puerta de acero.
         Miré a un lado y a otro. La ciudad parecía grande, incluso se veía un grupo de edificios altos, de unos diez o quince pisos, pero estaba silenciosa y vacía. ¿Cómo podía ser tan grande una ciudad de la que no había oído hablar nunca? ¿Cuánto me había pasado? Me pregunté entonces si no sería demasiado tarde para encontrar un hotel abierto. Miré mi reloj: dos y diez. Desalentado, comencé a cruzar las vías hacia la ciudad. En medio me encontré con el reloj de la estación. Lo miré distraído: las agujas de hierro negro marcaban las cuatro. Miré otra vez el mío y comprobé que no coincidían.
–¡Ya empezamos mal!– dije y así, sólo y perdido como estaba, me metí en La Piara.

jueves, 26 de julio de 2012

QUINTA PATA AL FORMALISMO RUSO

Por apatía, por costumbre, por imposición y hasta por temor, estamos habituados a interpretar la realidad de un modo automático, diseñado y perpetuado en función de obtener una utilidad directa de los datos y percepciones a los que accedemos. Para Víktor Shklovski, patriarca del Formalismo Ruso y de la crítica moderna, la finalidad del arte sería devolvernos una visión extrañada del objeto; darnos una visión novedosa, compleja y vital del mundo, lograda a partir de la desautomatización de nuestros mecanismos expresivos.
Ahora bien, para toda acción, existe una reacción; la obra de arte, en tanto concreción de un acto, es causa de un efecto particular en el espectador, un efecto estético al que, la mayoría de las veces, denominamos belleza.
¿Pero cuál es la naturaleza de la belleza estética, de este efecto que se produce en el espectador por influjo de la obra artística? Es curioso que nadie parezca haberse detenido, que yo sepa, ante un corolario casi fatal de la afirmación de Shklovski. Este extrañamiento, esta novedosa, compleja y enriquecida forma de expresión o interpretación el mundo, ha de producir, necesariamente, asombro en el espectador. Una sutil, velada y voluptuosa forma del asombro, pero asombro al fin.
Me despido. Tengo una lectura pendiente; voy a ver si Borges logra sorprenderme otra vez.                

viernes, 20 de julio de 2012

SENSUALISMO


"No confío en un dios que no sepa bailar"
Friedrich Nietzsche
Una de las grandes frustraciones de mi vida ha sido mi torpeza física. Hubiese dado casi cualquier cosa por bailar bien o ser hábil en cualquier deporte o, al menos, por tener una postura y un modo de caminar menos desgarbado, pero no. Al parecer, existe una terrible desavenencia entre las leyes físicas y yo. Como diría Ken Robinson, mi cuerpo parece estar diseñado “para llevar mi cabeza a reuniones”.
Este lamento podrá parecer superfluo para muchos, pero lo cierto es que mantengo una lucha encarnizada contra ciertas doctrinas atávicas, opuestas al sensualismo, que han sido teñidas de un supuesto valor moral.
Yo no sé si el alma existe, pero estoy seguro de que el cuerpo sí. La inteligencia puede ser un don maravilloso, pero sólo si es bien utilizada; la belleza, la destreza y la elegancia, lo son siempre… Todos estos atributos, si son poseídos alguna vez, tarde o temprano nos abandonan. Pero nos queda la posibilidad de admirarlos en los demás; de gozarlos intensamente en aquellos que los poseen y hacen de este mundo un lugar tolerable.
Los dejo con el amigo Baryshnikov, como podría dejarlos con Maradona, Peter O'Toole o Rhona Mitra...

PD del 21/7/12: Un amigo me muestra este video hoy. ¿Casualidad?

martes, 17 de julio de 2012

DIARIO DE FRANCO ALVA



17 de julio

“E cadi, lento cadi”


Después de ocho años y medio en Buenos Aires ––los ocho años y medio más arduos de mi agotadora existencia–– finalmente terminé de cursar mi cuarto año de Medicina. O casi. Todo un logro, si se piensa en lo difícil que es moverse en un ámbito académico sin adquirir, al menos por ósmosis, algún tipo de conocimiento; una inmunidad de casi nueve años no es, entonces, moco de pavo. Sin embargo, es posible que mis últimos tres años vaya a cursarlos en menos tiempo, debido a que mi padre me transmitió ayer, telefónicamente y del modo más vehemente del que es capaz, su firme decisión de omitir todo envío de efectivo a quien suscribe. Y cuando digo “del modo más vehemente del que es capaz”, nadie más que yo entiende a qué me refiero; nadie más que yo puede, a su vez, sentirse más a gusto con el carácter lacónico de ese comunicado ni, verbigracia, con su carácter meramente telefónico.
Mi padre es un Escribano Público Nacional. Es posible que nadie sepa muy bien lo que eso quiere decir; la mayoría de las personas tiene ya caracterizada la figura de un abogado, de un médico, de un arquitecto y, en los mejores casos, hasta de un ingeniero agrónomo, pero la feliz escasez de escribanos conspira en contra de su adecuada tipificación. Sin embargo, no existe una gran complejidad en su naturaleza: imaginen por un momento un abogado o una especie de abogado, al que le fuera conferido el derecho de determinar qué cosa es verdad y qué cosa no. ¿Se hacen ya una idea? ¿Pueden hacerse a la idea de un abogado capaz de determinar que sus mentiras son, por imperio de la ley, de la sacrosanta Ley de los hombres, que sus ramplonerías son, en fin, la verdad jurídica incuestionable? Porque eso es lo maravilloso de la justicia humana: no es la verdad, sino la verdad jurídica lo que la sostiene; la que nos deja sin nuestra casa después de un divorcio; la que nos mete en la cárcel por hacer lo que todos hacen; la que determina que nuestro intolerable calvario, luego de nuestra séptima caída y, ya al borde del temible Gólgota, va a quedar en suspenso hasta después de la feria judicial.
Pero ahora que lo pienso, mi destino podría haber sido peor. De acuerdo a la tradición edípica de nuestra sociedad, se espera que todo primogénito siga el camino de su padre o, al menos, todo padre parece esperar eso, sobre todo, si desprecia el camino que su padre eligió. Es una suerte de venganza velada, oculta detrás de una tradición y a la que, muchas veces, se quiere hacer pasar por una suerte de orgullo de casta. Por suerte, el camino egregio de la escribanía no es para cualquier hijo de vecino y ni siquiera lo es para más de un hijo de escribano. Como ustedes ya saben, el cargo de Escribano Público Nacional, con todo lo que le es anejo, constituye el último vestigio monárquico de nuestro sistema republicano y se hereda, de manera disimulada, tristemente obvia, de padre a hijo, de generación en generación y hasta el fin de los tiempos. Y yo (mientras hago una pausa en mis escritos para encenderme un repugnante mentolado que vaya a saber de dónde saqué), con exquisitos endecasílabos borgeanos, agradezco a “el vano azar y las infinitas leyes/ que rigen este sueño, el universo”, no por haber conocido a Alfonso Reyes, sino por un don más sutil: no haber sido el primogénito de mi padre; por no haber sido Agustín Teodoro de Alva (h), futuro Escribano Público Nacional, matrícula veintiséis mil millones treinta y dos mil y pico, en el día de la fecha (en el día de la fecha: ¡qué expresión tan estúpida!), en la ciudad de Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina y ante la autoridad competente… No haber sido, en fin, el imbécil de mi hermano, con sus actas notariales y su cara de no tener la culpa de nada, de no haber pensado siquiera en hacerlo, de no haber pensado; todo lo cual me libró de seguir los pasos de mi venerado padre, según consta en autos.
Pero lo cierto es que ahora no me queda otra cosa más que buscar un trabajo. Supongo que después de veintiséis años de dulce holganza, de mi dolce vita (más propia de Rabelais que de Fellini), de mis no siempre fructíferas aventuras de casanova impúdico (más propias de Filloy que de Fellini), he de resignarme al destino de buscar un trabajo.
¡Y todo después de oto e mezzo ani!
(Las casualidades no dejan de aparecer cuando uno las busca concienzudamente… ––Omitiré decirles, en buen criollo, por dónde me da ese afán de simetría humano. En medicina le decimos escroto y, lamento decepcionarlos, pero no tiene cinco capas epidérmicas).
Además (pienso ahora), voy a tener que optar ––con todo el desgaste mental y emocional que conlleva esto––, cuál va a ser mi especialización médica. Es una lástima que el destino no conspire a mi favor en este sólo aspecto, que, por alguna razón, considero de relativa importancia. Si yo supiera, al menos (¡ah, si supiera!), si tuviera la certeza indubitable de que todos los Escribanos Públicos Nacionales terminarían siendo, eventualmente, mis pacientes, sin dudas, sin el más mínimo grado de duda, optaría por la proctología.  

TÁNTALO



...––Es esa ansiedad extraña de haber perdido un verso con el que soñamos y sentir que ese verso era el mejor… ¿Se entiende?
...––Me temo que no muy bien.
...––¿Escuchó alguna vez eso de: “Ten cuidado con lo que desees”?
...––Sí. Es una frase muy extraña, no?
...––Por supuesto… Más que extraña es estúpida… O para estúpidos, mejor dicho. Uno tiene que tener cuidado con lo que desea, pero por la razón opuesta; porque lo que uno realmente quiere es lo único que no va a conseguir…
...––Entiendo, entiendo… Recuerdo una frase terrible. No me acuerdo dónde la leí. Hasta es posible que la haya escrito yo: “Esas cosas que se vuelven imposibles cuando uno descubre que las desea.”
...Un brillo extraño en los ojos del otro.
...––Exacto… ¿Le quedó uno de esos cigarrillos?
...––No. Este era el último.

sábado, 14 de julio de 2012

LAS CUITAS DEL (NO TAN) JOVEN EZEQUIEL



“¿Por qué no escribir una novela?” Se dijo Ezequiel. “Lo único que hace falta es inteligencia y paciencia. Yo tengo lo primero y mucho tiempo, demasiado, lo que es un gran sustituto de la paciencia. Pero ¿sobre qué? No, ese es el error; después de Joyce y Proust, la pregunta ya no es ‘¿sobre qué?’, sino ‘¿cómo?’. En primer lugar, el hombre moderno ya no tolera al novelista demiurgo, a esa voz única y todopoderosa que nos guía, dándonos todo lo que necesitamos saber para que su vasto plan funcione. No, eso no... si algo tiene que evitar la novela moderna es eso, el novelista padre, el novelista Dios, el que nunca nos miente, el que nunca nos oculta nada, si no es por nuestro bien, si no es para que su universo tenga una finalidad. El novelista debe estar perdido al igual que el lector y, parafraseando a Wilde, quien quiera dar una salida al laberinto, que lo haga bajo su propio riesgo. El novelista debe ser, también, un ser contingente, alguien que busca también su sentido, su razón primera y que, para que esta nueva novela funcione, debería negarse a convertirse en un filósofo, debería saber detenerse a tiempo. No se trata solamente de un lector activo, sino también de un lector existencialmente adulto, de uno que asuma valientemente la inutilidad del arte, el caos de la novela que lee. Que asuma a la novela como un barco a la deriva, en medio de una tormenta incontenible, sin esperar que esta amaine, sin esperar salvación alguna, porque eso es el mundo. 
“Durante siglos hemos buscado en el arte el consuelo a ese sinsentido. Luego, la vanguardia, jugó con la idea de expresarlo, pero lo hizo con cobardía, jugando a que todo era una simple broma, porque no se asumía como arte, sino como un no-arte. El nuevo novelista debe asumirse como artista y como hombre, pero nunca como un mesías; nunca como el guía que conoce las respuestas y que nos tranquiliza, asegurándonos que todo va a salir bien. Al contrario, debería ser capaz de convencernos, desde la primera página, de que nada va a salir bien. Debe detenerse a cada instante a preguntarle a sus personajes, a la literatura misma (al propio lector, de ser posible), hacia dónde ir, cuál es el precio de haber llegado a donde llegamos. 
“Imagino una novela imposible, sin personajes, sin argumento, tan sólo un autor; un autor preguntándose cómo se escribe una novela; no respondiéndolo, como Unamuno, sino preguntándoselo, preguntándoselo desesperadamente. 
“Así tendría que escribir. 
“¿Habré empezado ya?”

viernes, 13 de julio de 2012

DER WORT




...En alemán hay palabras para todo. ¿Habrá alguna para referirse a un sueño terrible que no deja de ser irónico? Me vendría bien para definir los últimos quince años de mi vida.