viernes, 27 de abril de 2012

TRISTE AMOR DE POBRE (SAMBA)


Así....
Con esos pedazos 
que quedan de mí
con esos pedazos 
de sombra que soy
Así voy 
cantando mi canción

Así...
Con esta mirada
que busca otra piel
y anhela otros ojos
de pena y de miel
Así voy
cantando mi canción

Sin saber tu nombre aún
yo sueño contigo
Sin saber tu nombre
yo ya soy tu amigo 

Así...
Mirando a la muerte
en un nuevo adiós
rezando a la Virgen
rogándole a Dios
Así voy
cantando mi canción

Así...
Con esta tristeza
de ya no saber
si estás a mi lado
y no te puedo ver
Así voy 
cantando mi canción

Sin saber tu nombre aún
yo sueño contigo
Sin saber tu nombre
yo ya soy tu amigo

¡Triste amor de pobre!
¡Sin que el tiempo sobre!

Así... Así... Así voy

martes, 24 de abril de 2012

INTERESANTE


interesante adj. Aplícase a aquello que, por el momento, supera nuestra capacidad de comprensión / Dotado de interés, es decir; lo que produce el asombro inagotable de descubrir que el universo de lo cognoscible no es equivalente al universo de lo conocido / Para el necio, nada; para el sabio, todo / Lo opuesto a nuestra intuición, lo alejado de la tranquilidad, el cuervo blanco de la feria / “Todo empieza a tener interés una vez que descubrimos su existencia” André Gide / El peldaño ausente / (:O / Lo dado, sobre todo cuando empieza a estar apartado de lo comúnmente dado / Todo aquello que se revela como finamente humorístico y que no provoca risa / La pieza que pisa dos trebejos y el transeúnte inesperado que patea el tablero, así como la patada en sí, en especial, cuando nos es dada en el culo mismo / La nota fuera de la escala musical que justifica el uso de la escala / El segundo de silencio, previo e inevitable, antes del beso con el cosmos / Todo objeto en el mundo. El mundo.    

lunes, 23 de abril de 2012

DEL ENTUSIASMO Y LOS PEDANTES


Confía en aquellos que buscan la verdad;
desconfía de los que ya la han encontrado
André Gide


Ha de ser triste, muy triste, ir por la vida creyendo que las grandes gestas de los pueblos son, forzosamente, un error. Porque si es triste creer que el Quijote no era más que un loco corregible, mucho más triste, infinitamente triste, es ir por el mundo creyendo que Sancho ––Sancho pueblo–– es un tonto. Le llaman a este mal pedantería y, tristemente, anda muy difundida en este mundo. El pedante desprecia todo tipo de acción por impura; como si esta impureza, esta contradicción y ese poco de locura y de error, no fueran, no solo propios de todo acto heroico, sino también deseable en sí misma… ¡Y todo acto de un pueblo es, por definición, heroico!  
¿Y por qué deseable? Es que hay una enorme sabiduría, quizás intransferible, en no temer a la falta y al error; porque por cada error heroico en este mundo, hay tantos aciertos anejos, que a veces es imposible llevar la cuenta. Porque, si bien es cierto que el Quijote confundió a los molinos con gigantes, también es cierto que liberó, en un bosque de la Mancha, al criado bajo el látigo del labriego y forzó al verdugo a pagarle su salario (Quijote, I, IV) y cierto es que liberó también a los esclavos que iban a los galeotes (Quijote I, XXII) y llamó doncellas a las meretrices de la venta (Quijote I, II). ¿Y es posible hacer todo esto sin confundir, alguna que otra vez, gigantes con molinos? ¿El que pasa impávido ante las aspas de un molino, se detiene después ante el agravio e interviene? ¿No hace falta, acaso, para desfacer tuertos, contar con una fuerza, un impulso, que va más allá de la razón, más allá del sentido común; ese sentido común que se detiene, siempre, a juzgar la ingerencia real de un acto en el mundo? ¿No requiere, en fin, el heroísmo un cierto olvido de la sensatez?
A esta otra fuerza le dan en llamar entusiasmo y los pedantes le temen más que a nada en el mundo; el pedante teme al error y al ridículo, porque su único tesoro, su única arma, consiste en no participar de ninguna creencia, de modo de no estar nunca equivocado… Por eso nunca hay que confundir el escepticismo del melancólico ––de aquel que desespera por no poder creer––, del escepticismo del pedante ––que hace una vanagloria de su no creer––; el primero, busca siempre la verdad, el segundo (aunque lo niegue) está seguro de haberla encontrado.
Los grandes hombres y los grandes pueblos no tienen sentido del ridículo, sino sentido de lo heroico; y el uno ––es hora ya de admitirlo–– excluye, necesariamente, al otro. Aquellos que, con toda justicia, con toda dignidad humana, viven la vida con el temor de no ser lo suficientemente valientes, harían mejor en desprenderse de su sentido del ridículo, antes que del miedo, sin el cual no hay coraje posible; porque el valor, finalmente, no es más que la superación del miedo y no su ausencia.
¡Fuera, entonces, el ridículo! ¡Fuera el miedo al error y a la contradicción! Haríamos bien en montarnos, como aquel loco hidalgo, a un rocín flaco y viejo, en forjarnos una armadura de cartón y hacernos de armas olvidadas, cubiertas de orines (Quijote I, I); en valernos de una bacía de barbero por casco y juzgarlo un soberbio yelmo (Quijote I, XXI); o en armarnos con la rama de un árbol, una vez rota nuestra lanza (Quijote I, VIII).    
Porque andan por ahí ciertos pedantes diciendo que hay pueblos más serios que el nuestro ––pueblos donde no tienen cabida ni Quijote ni Sancho. Nos quieren hacer creer que existen pueblos que no sufren, no sueñan, ni cometen errores; nos quieren hacer creer que existen pueblos que viven bajo el yugo de la Pura Razón, que es la peor de las locuras y la menos pura de las razones. Y yo no creo que existan pueblos así y, si los hay, pobre de ellos; porque serán, sin dudas, muy serios, pero habrán de ser muy poco heroicos.
El supuesto estereotipo de estos pueblos (según estos pedantes) es un tal Hamlet, que se pierde en devaneos interminables y no actúa hasta que ya es demasiado tarde. ¡Pero qué distinto el Hamlet de estos pedantes al Hamlet de Shakespeare, que era un príncipe trágico y melancólico!
Y, como ya dijimos, el escepticismo de los melancólicos proviene de su desesperación de no poder creer; la duda de Hamlet, en fin, nace de no poder tomar por real el fantasma de su padre. Este príncipe no era un pedante, sino un desesperado; no temía al ridículo, porque un hombre que teme al ridículo no se finge loco y, mucho menos, ante sus enemigos. Pero, además, este príncipe actuó… Un minuto antes de la muerte, pero actuó. Y un minuto antes de la muerte no es tarde; mientras el corazón late, nunca es demasiado tarde para actuar. Y no puede haber pedantería en aquel que dice: ¡Hay algo más en el cielo y en la tierra, Horacio, de lo que ha soñado tu filosofía! (Hamlet I, V)  
La grandeza de Hamlet está en su duda y la duda es cosa muy seria… ¡Y hasta los pedantes, que no saben nada, saben eso! El problema de estos pedantes es que son capaces de dudar de todo, salvo de que los demás puedan tener razón y no ellos; y lo que es peor; están absolutamente convencidos de que sus adversarios son incapaces, a su vez, de toda duda… Y cuando se tiene una absoluta certeza sobre eso, sobre el fanatismo de nuestros adversarios, de nada sirve dudar del resto, porque la batalla contra uno mismo ––la madre de todas las batallas–– ya está perdida.
Dijimos que Hamlet era un príncipe trágico y melancólico; y nos faltó decir que es ese aspecto trágico de su duda lo que lo salva; la suya es una duda orientada hacia la posibilidad del propio error, y no tanto hacia el error del otro… ––Otro hombre trágico y, posiblemente, también un poco loco, llamó alguna vez a mirar menos la paja en el ojo ajeno y un poco más la viga en el propio. 
La duda y la reflexión son necesarias y fructíferas, siempre y cuando no se transformen en un calambre del espíritu; mientras no existan sólo para alimentarse a sí mismas, matando la acción futura que tendría que ser su fin. Una duda eternizada es un cáncer vital; como el agua salada, se bebe con ansiedad, pero en vez de aliviar nuestra sed, la empeora, volviéndola intolerable.
Es preferible correr el riesgo opuesto al del escepticismo. La locura del Quijote, por ejemplo, es la locura del entusiasta; no consistía sino en confundir verdades poéticas con verdades fácticas; aquello a lo que Keats mentaba con eso de: Belleza es Verdad; Verdad Belleza… ¿Por qué no habrían de ser ciertas las historias de los caballeros andantes, si suponían un mundo más justo y valeroso? ¿Y quién sabrá si el propio Platón no acabó por creer, realmente, en la Atlántida, de tanto desearla y a fuerza de imaginarla apasionadamente?
Ciertos desequilibrios y cierto grado de ingenuidad, lindantes a la fantasía e, incluso, a la locura, son inevitables y deseables en un hombre… La salud mental es algo bien valioso, a no dudarlo; siempre y cuando no suponga una perfecta adaptación a la realidad; tan perfecta, en fin, que termine pareciéndose, peligrosamente, a la resignación o a la conformidad. Lo único que podemos inferir sobre el primer hombre que habló, sobre el primero que intentó dominar el fuego o valerse de una rueda, es que debe haber pasado por un loco en su tribu, antes de volverse un sabio o un profeta.   
Esa duda de la que hablamos, siempre necesaria, no debe paralizar nuestros actos; y el entusiasmo no es opuesto a ella, como el valor no lo es al miedo, por más que chillen los pedantes que, finalmente, no parecen buscar más que excusas para estarse quietos o ––lo que es peor–– para fingir estar quietos; como aquel Bachiller Sansón Carrasco al traicionar al Quijote… ¡Y al traicionar a Sancho!
Todo error, toda falta, corre el albur de ser subsanable; no así una eterna omisión, sin importar lo loables o sensatas que sean sus razones. Todo acto requiere, en fin, de una certeza, de una convicción, al menos momentánea; y la vida, lo niegue quien lo niegue, exige de actos… Y exige, sobre todo, de pasión, de amor y de entusiasmo… ¡Y hay que seguir andando, aunque ladren los perros y los pedantes!

Ladran, Sancho*

*Esa frase tan famosa que Crevantes nunca escribió



domingo, 22 de abril de 2012

LA CASA DERRUÍDA

 

Hay que soñarlo todo; los hastiales,
el aljibe que amó la enredadera,
decir la luna de oro en los vitrales...
Elegía a una casa derruida,
Abelardo Castillo

I
La casa derruida era casi una mentira. Quiero decir; era más el intento fallido de una casa que una casa real. Había algo de absurdo en el dibujo imprevisible de sus muros, en sus escaleras (que no parecían ir a ninguna parte), en las ventanas que rehuían el sol indefinido de la tarde y en su patio minúsculo, cubierto de extraños dibujos; algo, en fin, que la hacía ver más bien irreal. Uno, sin planearlo, se le acercaba como a un recuerdo agónico, por un camino de piedras grises, como llovido de ese cielo siempre plomizo y agobiante. No estaba sola, pero todo lo que la rodeaba parecía lejano; unos pocos árboles, acá y allá, se repartían un espacio casi infinito, harto de un silencio bochornoso y sutil; restos de máquinas indescifrables se dispersaban en un caos desdeñoso a ambos lados del camino, por dos o tres kilómetros; y unas cuantas tumbas, casi ocultas y torpemente enfáticas, hacían un débil esfuerzo por volver más lúgubre el paisaje.
Había también (cuando no) un aljibe de piedra y musgo, que contrastaba con la presuntuosa modernidad del resto de la casa y delataba, cruelmente, su vejez.
En ese aljibe me quedé en suspenso la primera tarde, planeando la mejor manera de ayudar o acelerar el trabajo del tiempo: demoler la casa derruida. Un par de notas, de pobre pretensión matemática, se abrían paso, tediosas, en mi cuaderno, cuando me distrajo el tibio ocaso, desarmándose, pesadamente, ahí donde mi mirada decretaba el horizonte de ese mundo. Entonces tuve una duda temerosa; algo había roto la lentitud de la tarde. Primero, fue una forma vaga del frío; después, un viento repentino y elocuente; finalmente la lluvia.  
Por culpa de esa lluvia tuve que quedarme a dormir en la casa.  


II
Mi primer sueño fue un poco melancólico. Yo caminaba por la casa derruida, perdiéndome en pasillos laberínticos, insinuados por muros mutilados y ajenos. La casa, por fin, terminaba, y yo sentía el alivio del que abandona un desierto, apenas traspuse la puerta trasera.
El patio se abría a la caricia de una luna cenicienta y trágica, que derramaba su luz irreal en el camino de piedra y barro. al costado del aljibe. La enredadera rodeaba el muro olvidado.
Desperté buscando el aire que el miedo me había arrancado. Caminé, casi despierto, por la casa, que seguía siendo la casa de un sueño. No sé que buscaba, pero encontré el aljibe; junto a él, la enredadera, que no recordaba haber visto esa tarde. Puse mi mano sobre las hojas que supuse frías y un cálido rubor quemó mi asombro; tenía ese verde afán el frágil calor de un recién nacido.
Volví a la cama, mientras mi temor se transformaba en algo mágica.

*          *          *
Mi segundo sueño fue el muro que lindaba con la loma, y que en la vigilia ya no entorpecía el viento de la tarde desde hacía años. Lo veía levantarse, rehacerse lentamente, como un tímido fénix de cemento. Su sombra fue creciendo donde no había luz.
Burlé, entonces, mi sueño, saliendo de mi cama con un salto. Fui, otra vez, al patio imprevisible y vi el muro del sueño resurgido, ocultando, como ayer, la loma. Volví a probar mi asombro, dejando caer el peso de mi palma sobre la piedra inmóvil; mi mano se hundió como en agua tranquila; vi al muro temblar suavemente por un instante y aquietarse, al final, sin romper nunca el silencio de la noche...

*          *          *
Imagino que existen muchos mecanismos para revelar, poco a poco, los hechos que presencié, pero no tengo intención de poner en juego artificio alguno para ocultar el prodigio; la casa derruida renacía a partir de mis sueños.
Pasaban las horas y los días y, con ellos, los muros se reconstruían, ladrillo por ladrillo; el techo, como una urdiembre mágica, iba cerrando sus párpados para esconder el cielo infinito; el aljibe, rebosante de una lluvia antigua, reflejaba mi nuevo asombro; los pisos recuperaban la lozanía de su juventud olvidada; el jardín se hastiaba del perfume de nuevas, viejas, flores...

*          *          *
¿Quién lo hubiera dicho? El sueño no es un paréntesis en la vida, sino parte de ella; la palabra que hace nacer el poema.

*          *          *
    
Llevo días en la casa; llegué para destruirla y hoy vivo para que viva y resurja. Esa curiosa ironía puebla de humor mis horas, antes oscuras y amargas. Las noches son para mí el milagro de una plácida aventura, no exenta, por supuesto, de peligro. Me despierta el canto de los pájaros por la mañana, ya cansado de dormir; al principio lamentaba estas interrupciones del mundo, pero ahora veo en la vigilia la oportunidad de constatar la consagración del sueño; gozo de la vida nueva que nace en cada mañana, de la promesa interminable de mis días. En fin; aprendí a ser paciente; a dar tiempo a mi tarea y a la vida. Riego las nuevas flores; pintó los nuevos muros; bebo el agua del aljibe; respiro el aire imposible de la casa, que hasta ayer no hablaba más que de muerte.

III
Pero esos primeros días no fueron más que un comienzo.
Ayer tuve un sueño especialmente extraño; soñé con los restos de máquinas que bordean el camino hacia la casa; soñé los hombres y mujeres que vivieron y murieron en ella; soñé hechos de pasión, de sangre y de locura.
Al despertar, no entendía las formas de ese mundo, que parecían deslizarse, confusas, hacia la vigilia. Vuelven a andar las máquinas; las tumbas ya no existen; la casa ha renacido.  
Ahora lo entiendo y espero a los que vuelven.
La casa renace.
Lo digo con esperanza y con un poco de temor.

sábado, 21 de abril de 2012

LA MALQUERIDA (VIDALITA)


Yo te quise tanto
vidalita
me has pagao con pena
y es tu ausencia ahora
vidalita
mi triste condena

Cosas de la vida
vidalita
que sea uno el que quiera
y otro el que abandona
vidalita
aunque el otro muera

Dije de la vida
vidalita
porque no es mi fuerte
tejer las palabras
vidalita
debí decir muerte

Ya son muchas veces
vidalita
que pasé al olvido...
Malaya mi suerte
vidalita
que no me han querido

lunes, 16 de abril de 2012

EL CAMINO NO ELEGIDO


Durante años, me sostuvo en la vida la idea de que había elegido un camino difícil y, muchas veces, desalentador, pero un camino que creía mío. Ahora, miro hacia atrás y veo que me deparó mucho dolor y que no  encontré en él lo que buscaba. Me pregunto si será posible salir de ese camino. Me pregunto si, realmente, quiero hacerlo. Hasta hoy, este poema de Robert Frost sintetizaba lo que podríamos llamar mi destino. ¿Qué poema tendría que ser mi nueva brújula? ¿Qué meta tendría que proponerme? 



Dos caminos se habrían en un bosque amarillo, 
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve quieto 
Mirando por uno de ellos tan lejos como pude, 
Hasta donde se perdía en la espesura;
Entonces tomé el otro, imparcialmente, 
Y habiendo tenido quizás la elección correcta, 
Porque era tupido y requería uso; 
Aunque en cuanto a lo que vi allí 
Hubiera elegido cualquiera de los dos.
Y ambos esa mañana yacían igualmente, 
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día! 
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante, 
Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.
Debo estar diciendo esto con un suspiro 
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se habrían en un bosque y yo, 
Yo tomé el menos transitado, 
Y eso hizo toda la diferencia.

DE MUSSET O EL DESENGAÑO





....La anécdota es muy conocida y probablemente falsa; las anécdotas que mejor expresan el caráctar de un hombre (sobre todo si ese hombre es un genio), suelen ser poco fidedignas. 
....Cierta vez, vaya a saber si en una casa de campo de aire aristocrático o en uno de esos lugares a los que los historiadores dudosos siempre dan en llamar "los salones de sociedad de la época", Frédéric Chopin fue instado a tocar el piano. Voy a ahorrarles devaneos literarios: se negó de inmediato. Momentos después, las luces desaparecieron de la habitación y todos escucharon, sorprendidos, las notas de una pieza del compositor. Cuando la luz volvió, alguien (que no era Chopin) tocó las últimas notas al piano y recibió el aplauso de los presentes. La cara de Chopin no expresaba, precisamente, alegría al decir:
....--Si va a tocar a Chopin, al menos tóquelo como si fuera Chopin.
....Lo primero que pienso cuando alguien me recuerda esta anécdota, es si yo sería capaz de darme cuenta de que el que tocaba no era Chopin. Me pregunto, en fin, si sería capaz de reconocer a un genio si lo viera. No ser un genio es un dolor compartido por la mayoría de los hombres, pero no ser capaz de reconocer a uno, es ya un mal terrible, que recibe, en el mejor de los casos, el nombre de "mediocridad".
....Una vez salvado o confesado este primer temor, voy a imponerme mi tarea de literato. 
....Dejen que ponga a volar mi imaginación un poco. Me gustaría creer que esa noche estuvieron presentes George Sand y Alfred de Musset. Me gustaría, incluso, creer que el interés de George Sand por Chopin empezó esa noche. Y creer que, tiempo después, de Musset recordaría esa frase y que, al encontrarse a Chopin en París, tuvo que morderse la lengua para no decir lo que a casi todos nos queda por decir en estos casos:
....--Si vas a quererla, al menos querela como lo hubiera hecho yo.
....O mucho mejor; me gustaría creer que no sintió eso, que se alegró de que su lugar fuera ocupado por Chopin y que siguió adelante con su vida, porque ¿qué más puede pedir uno que ser reemplazo por Chopin? 
....Les deseo ser correspondidos. Si eso no es posible, les deseo sentir que se merecían serlo y que el lugar que no fue suyo fue ocupado por alguien digno. Les deseo, al menos, que sientan el noble impulso de creer que fue así. 
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viernes, 13 de abril de 2012

ESE VANO OFICIO DE MELANCÓLICOS


"Si no sabes decirlo, no lo sabes"
Antiguo adagio romulano


....Ayer me encontré con una de esas personas que habla como si se hubiera empachado con galletitas de la fortuna. Hablaba mucho sobre la sinceridad en el arte. Era amigo de un amigo, así que no dije nada, pero pensé: "La sinceridad en el arte vendría a ser creer que la forma estorba, que la forma no habla. Es decir; no entender en lo absoluto qué cosa es el arte." 
....Es cuando fondo y forma se confunden cuando el arte sucede.*
....Yo no sé si ejerzo bien el arte que elegí (este vano oficio de melancólicos**), pero sé que lo comprendo un poco mejor... El flaco me pareció bastante chanta y bastante estúpido, como toda la gente que cree que pensar es coleccionar figuritas y sacarlas a relucir en el momento oportuno. Pensar no es volver por el camino seguro; pensar es aventurarse al error, ir a donde nunca antes se fue. Se los dice alguien que, de vez en cuando, piensa.

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* Perdón; este vino me poso hegeliano.
** Prometo escribir algo bueno con este título del cual no soy digno.
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