domingo, 22 de marzo de 2009

PROMESAS



Promesas que se cumplen aunque ya no importe.

viernes, 13 de marzo de 2009

PERROS Y GATOS

Todo acto inmoral puede ser justificado cuando demonizamos a nuestro enemigo; esa es la gran ventaja del maniqueísmo. James Bond y John Rambo se ven obligados a comportarse como monstruos porque combaten monstruos. Y es que, desde esa postura moral, es muy fácil crear un héroe; nada más necesitamos oponerlo a un enemigo siniestro y asunto terminado.

Pero una vez abandonada esta estructura, demasiado previsible e infantil, la moral del protagonista se ve mucho más expuesta a la crítica del espectador y con ella, por transitividad, la propia moral de su creador. Porque cualquiera de nosotros, en tanto artista, puede crear un personaje ruin, lo difícil (lo imposible, diría yo), es crear un personaje que sea más noble que nosotros.

Si consideramos justificable una acción inmoral (por egoísmo o por perversión o, justamente, por maniqueísmo), no vamos a ver razón de censurarla en nuestro héroe. La delación, el engaño, la mentira, el crimen y la crueldad, toda vez que no estamos "salvando al mundo", se muestran tal cual son y el artista revela su concepción moral a través de su concepción de la moral de su héroe.

Y este problema salta a la vista incluso cuando la estructura maniquea no está del todo bien construida. Es decir, cuando el antagonista no es lo suficientemente malvado como para justificar la perversidad del protagonista. Eso es muy común en las telenovelas o culebrones, donde a un acto de crueldad por parte del “malo”, le responde siempre un acto de crueldad o maldad superior, de modo en que sólo reconocemos al “bueno” porque se nos señala arbitrariamente como “el bueno”.

Se podrá objetar que no es necesario que el protagonista sea un héroe, toda vez que podemos valernos de la figura del antihéroe. Pero quizás lo interesante sea asumir el desafío, porque llevaría a una introspección del creador de su propia moralidad. ¿Puede crearse un personaje noble sin un archienemigo? ¿Cómo regularíamos sus actos? ¿Qué aspectos de la moral dominante nos veríamos obligados a cuestionar?

Este tema me parece muy interesante, porque relaciona de un modo puramente estético (si es que existe tal cosa) moral y estética. Porque, de haber dado en la tecla, tendríamos que admitir que es imposible crear héroes verosímiles sin tener cierta estatura moral, o, al menos, sin ser capaces de poner en cuestionamiento la moral dominante y nuestra propia moral. 

miércoles, 11 de marzo de 2009

LA OTRA INTELIGENCIA

Este blog participa del culto a la inteligencia, pero de una inteligencia crítica, cuestionadora, incómoda, políticamente incorrecta... En fin, del tipo de inteligencia que, fatalmente, transforma el mundo en su sólo ejercicio. 

Nada más lejano a esa Diosa Inteligencia (que parece habitar el Empíreo), demasiado santurrona como para ensuciarse de mundo. Esa dudosa inteligencia de los progres, aséptica, peinada a la moda, híbrida y estática... Conservadora

De vez en cuando, deberíamos probar el sano ejercicio de tener razón, de ser engreídos, de no pedir permiso, de no estar de acuerdo con nada ni con nadie, de sentirse un poco incómodo ante un juicio unánime. 

Un buen comienzo sería no sentirse obligado a comentar este post, ni siquiera a terminar de leerlo. O enojarse porque sí, per che mi piacce. Todo, menos darme la razón como a un loco, como si todo diera lo mismo.

Para eso hay otros blogs... ¡Y son tantos!

domingo, 8 de marzo de 2009

MÚSICA DE CALESITA, OP 223 DE LUCIO A LUCERO



A fines de 1904, Lucio A Lucero viaja al Reino de Bohemia en donde alterna su labor de compositor con diversos trabajos de albañilería. Iosef Kytarista, un virtuoso de la época, oye hablar del joven compositor sudamericano e, interesado por su origen excéntrico, le pide que componga una pieza para guitarra solista. Así nace “Música de calesita, Op 223” Kytarista, decepcionado, tanto por la calidad de la composición como por la falta de colorido folklórico de la pieza, que no era más que una mala imitación de la música bohemia de la época, la tocó muy pocas veces. 

Hoy, gracias a la colaboración de la Embajada de la República Checa, logramos obtener la siguiente grabación, la cual no había sido vista hasta hoy por los estudiosos de la obra de Lucero.

Lucio A Lucero

miércoles, 4 de marzo de 2009

MUERTE Y RESURRECCIÓN DE DIOS


Muerte

A fines del s XIX, Friedrich Nietzsche decretó: “Dios ha muerto”. Esta afirmación, contra lo que muchos puedan creer, no era para él una buena noticia*: el hombre había quedado sólo en el universo. Con ese Dios, que el hombre había construido a su imagen y semejanza y no a la inversa, se había perdido la única posibilidad de determinar un absoluto desde el que fuese posible regular el comportamiento moral. Y esto implicaba algo incluso más terrible: ya no había un sentido de ser de las cosas, ni una finalidad para nuestra existencia. Y Nietzsche, como todos los hombres, sabía que era imposible existir sin un principio regulador; en fin: sin una razón para vivir. Su respuesta ante este problema, al parecer insoluble, fue sorprendente: el hombre debía ser su propio Dios y asumir la responsabilidad sobre su existencia. Nacía así el superhombre, que sería capaz de elegir cuál sería el sentido que le daría a su vida, sentido desde el que construiría su propia moral.



Resurrección

A principios del s XX y, siguiendo en parte los pasos del filósofo alemán, Miguel de Unamuno afirmó que ningún hombre podía aceptar la idea de morir del todo. Nietzsche podría decirnos que Unamuno no había hecho más que elegir un “sentido provisorio” para su existencia, pero lo cierto es que la afirmación de Unamuno pretendía tener un carácter universal. La elección era, posiblemente, arbitraria, pero venía a subsanar el dolor esencial de nuestra existencia. Nuestra vida no era intolerable porque se hubiera perdido un principio regulador, sino porque se había perdido a Dios en tanto generador de inmortalidad. No otra cosa es Dios, porque, si bien lo vemos, el premio de nuestro comportamiento moral en esta vida es, en toda religión, una vida futura inmortal. Todo hombre cree, incluso muchos ateos, que algo de nosotros (el alma o lo que fuera) sobrevive a la muerte de la carne. Y el que no lo cree, precisamente por no creerlo y aunque lo niegue, lo desea con una pasión incontenible. Ahí estaba para declararlo, una y mil veces citado, Baruch Spinoza: "todo ser persevera en su ser", lo que significa, entre otras cosas, que todo lo vivo quiere seguir estando vivo. Y el hombre sabe que morirá y ese conocimiento, según nos revela Spinoza y nuestro sentido común, es uno con el deseo conciente o inconciente de seguir viviendo. Para solucionar este nuevo problema, el de la falta de inmortalidad, Unamuno resucitó al muerto. Salvo que, como buen superhombre que era, no se conformó con recuperar al Dios de las escrituras, sino que creó un Dios a su imagen y semejanza, uno que le venía "de perillas".     

Paradigmas

Durante mucho tiempo creí, junto con muchos otros hombres, que con Nietzsche había caído un paradigma de razonamiento, por el cual el hombre se permitía pensar un mundo sin Dios. Pero lo cierto es que la idea de un Dios es indisoluble con la de la inmortalidad. Dios no es otra cosa sino un dador de inmortalidad, de modo que nada más se podría hablar de un nuevo paradigma si Dios muriese del todo, es decir, si aceptasemos que, junto con Él, deberíamos renunciar también a la idea de que algo de nosotros perdure tras la muerte. Ser ateo y creer que trascendemos nuestra vida física constituye, en fin, una contradicción en términos.


Afirmación caprichosa (?)*** 

Detrás de esta aceptación de la muerte física como aniquilación absoluto y definitivo del individuo como tal, nada más queda un camino** para el hombre o, si se quiere, para el superhombre: el camino de la Atanatosofía, que es, al fin de cuentas, una síntesis entre ámbos pensamientos. Síntesis, porque es en el afán de inmortalidad donde mejor se encuentra expresada la voluntad de poder y porque este afán no es dejado en manos de ninguna fuerza extraña, humana o divina. Anhelar la inmortalidad y perseguirla por todas las vías, racionales e irracionales, pero no rendirse nunca ante lo que se nos aparece como inevitable, se aparece como gesto fatal ante la existencia. Todo lo demás (incluido el estoicismo; principalmente, el estoicismo) es, en palabras de Unamuno: “escamoteo de profesional de la filosofía” o jactancia de resignado o de cínico.

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*Ni buena, ni mala; era, simplemente, la verdad y, como tal, tenía que ser asumida.
**Un camino nada más, porque la resignación, presupone no asumir la vida.
***Curiosamente, si hubiera escrito "volitiva" en vez de caprichosa. ¿En qué cambiaría?

lunes, 2 de marzo de 2009

MIENTRAS SE ME OCURRE ALGO...



Música para el pie izquierdo.